PARTE 2: EL DISPARO REVELÓ QUIÉN HABÍA PREPARADO LA TRAMPA

Elena cerró los ojos al escuchar la detonación.

Durante un segundo, nadie se movió.

Después, el arma cayó al suelo.

Mateo se llevó una mano al brazo, sorprendido, mientras una mancha oscura comenzaba a extenderse por la manga de su chaqueta. El disparo no había venido de él.

La verdadera dueña de la casa seguía en la escalera, inmóvil, con el cuchillo todavía en la mano.

Elena miró hacia la entrada.

Un hombre permanecía detrás de los cristales rotos, apuntando con una pistola hacia Mateo.

—Aléjate del arma —ordenó con voz firme.

Mateo retrocedió hasta chocar contra la mesa.

—¿Tú?

El desconocido entró lentamente en la cocina. Llevaba un abrigo empapado por la tormenta y una cicatriz atravesaba su mejilla izquierda.

Elena lo reconoció.

Era Samuel, antiguo socio de su esposo fallecido.

Un hombre al que todos creían muerto desde hacía ocho años.

—No puede ser —murmuró ella.

Samuel no apartó la mirada de Mateo.

—Tu hijo se aseguró de que todos pensaran eso.

La mujer de la escalera descendió con cautela.

—Samuel fue quien me avisó de que Mateo pensaba huir esta noche —explicó—. Lleva meses reuniendo pruebas.

Mateo soltó una risa nerviosa.

—¿Pruebas de qué? No podéis demostrar nada.

Samuel sacó una pequeña grabadora de su bolsillo.

La voz de Mateo llenó la habitación.

En la grabación, él hablaba de cuentas ocultas, documentos falsificados y transferencias realizadas usando el nombre de su propia madre.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

—¿Usaste mi identidad?

Mateo la miró con desesperación.

—Lo hice para protegernos.

—¿Protegernos de quién?

—De todos los que querían quitarnos lo que nos pertenecía.

La propietaria de la casa dejó el cuchillo sobre una mesa.

—Esta casa nunca perteneció a tu familia. Mateo falsificó la escritura y vació las cuentas de mi padre después de su muerte.

Elena volvió la mirada hacia su hijo.

—Me dijiste que la habías comprado legalmente.

—Madre, escúchame. Todo lo hice para que nunca volvieras a vivir en la pobreza.

—No —respondió ella con lágrimas en los ojos—. Lo hiciste porque nunca tuviste suficiente.

A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.

Mateo miró la ventana abierta.

Calculó la distancia.

Samuel advirtió su intención.

—No lo intentes.

Pero Mateo empujó la mesa contra él y corrió hacia el pasillo. La mujer intentó cerrarle el paso, pero él la apartó y subió las escaleras.

—¡Mateo! —gritó Elena.

Los tres lo siguieron hasta el piso superior.

La puerta del despacho estaba abierta.

Mateo revolvía frenéticamente los cajones y llenaba una bolsa con dinero, pasaportes y documentos.

—Todo termina aquí —dijo Samuel desde el umbral.

Mateo sacó otra arma de debajo del escritorio.

Elena se interpuso entre ambos.

—Baja eso, hijo.

—Apártate.

—No.

Él apretó la mandíbula.

—No entiendes lo que está en juego.

—Entiendo que estás dispuesto a destruir a cualquiera para salvarte.

Mateo levantó el arma.

Sin embargo, no apuntó hacia Samuel.

Apuntó hacia un cuadro colgado en la pared.

Disparó contra el marco y una pequeña caja metálica cayó al suelo.

Dentro había varias memorias digitales.

—Ahí está toda la verdad —dijo Mateo—. Pero no solo sobre mí.

Samuel palideció.

Mateo sonrió al darse cuenta.

—Dile a mi madre por qué fingiste tu muerte.

Elena miró a Samuel.

—¿De qué está hablando?

Samuel bajó lentamente el arma.

—Tu esposo y yo descubrimos una red de desvío de fondos. Pensamos que Mateo era solo un mensajero.

—Pero luego descubriste que yo dirigía una parte —añadió Mateo—. Y en lugar de denunciarme, quisiste quedarte con el dinero.

Samuel negó con la cabeza.

—Eso es mentira.

Mateo recogió una de las memorias y se la lanzó a Elena.

—Mírala tú misma.

Las sirenas se detuvieron frente a la casa.

Los agentes comenzaron a golpear la puerta principal.

Elena introdujo la memoria en el ordenador del despacho.

Apareció un video antiguo.

En las imágenes, Samuel hablaba con Mateo dentro de aquella misma habitación. Ambos discutían sobre cómo repartir varias cuentas secretas.

La fecha era posterior a la supuesta muerte de Samuel.

Elena sintió que el mundo se derrumbaba.

—Los dos estabais juntos.

Samuel dio un paso hacia el ordenador.

—Elena, puedo explicarlo.

Mateo levantó nuevamente el arma.

—No habrá tiempo para explicaciones.

Antes de que pudiera disparar, la policía irrumpió en el pasillo y le ordenó soltarla.

Mateo miró la ventana.

Después miró a su madre.

Por primera vez, parecía realmente asustado.

—Mamá, ellos no han venido por mí.

Uno de los agentes entró en el despacho y apuntó directamente hacia Samuel.

—Queda detenido por el asesinato de Julián Ortega.

Elena dejó escapar un grito.

Julián era su esposo.

Samuel levantó las manos lentamente.

—Esto es un error.

El agente colocó una carpeta sobre el escritorio.

Dentro había fotografías, registros telefónicos y una declaración firmada.

La firma pertenecía a Mateo.

Elena comprendió entonces la verdad más dolorosa.

Su hijo había entregado a Samuel para salvarse.

Pero el agente abrió una segunda carpeta.

—Y usted, Mateo, queda detenido como autor intelectual.

La sonrisa del joven desapareció.

Elena miró a los dos hombres que habían destruido su familia durante años.

Mientras los esposaban, la propietaria de la casa encontró otra memoria escondida dentro de la caja metálica.

En la etiqueta había una sola frase escrita a mano:

“PARA ELENA, CUANDO DESCUBRA QUIÉN MATÓ REALMENTE A SU ESPOSO”.

Elena levantó la vista.

Mateo y Samuel ya no parecían enemigos.

Ambos miraban aquella memoria con el mismo terror.

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