PARTE 2: RODRIGO REGRESÓ CON UN DOCUMENTO QUE PODÍA DEJARNOS EN LA CALLE

Durante varios minutos, ninguno de nosotros dijo una sola palabra.

Marta ayudó a doña Elena a sentarse en la sala, mientras Mateo recogía los restos del plato roto. La anciana seguía temblando, no solo por lo ocurrido, sino por algo que todavía no se atrevía a confesar.

—Abuela, ya no tienes que protegerlo —dijo Mateo—. Cuéntanos todo.

Elena miró a su hija con tristeza.

—Rodrigo no me trataba así solamente cuando tú no estabas.

Marta sintió un dolor profundo en el pecho.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace más de un año.

La anciana explicó que Rodrigo le quitaba parte de su pensión, escondía sus medicamentos y amenazaba con enviarla a una residencia si decía algo.

Marta se cubrió el rostro con las manos.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque él decía que te abandonaría y que perderías la casa.

Mateo se levantó de golpe.

—Esta casa es de la abuela. Él no puede quitársela.

Doña Elena bajó la mirada.

—Eso creía yo.

En ese momento, unos faros iluminaron las ventanas.

Un automóvil se detuvo frente a la vivienda.

Rodrigo había regresado.

No venía solo.

Un hombre con traje gris bajó junto a él sosteniendo una carpeta negra. Detrás apareció una mujer que llevaba una cámara pequeña.

Rodrigo golpeó la puerta con fuerza.

—¡Abrid! He venido a recuperar lo que me pertenece.

Mateo se acercó a la entrada, pero Marta lo detuvo.

—No hagas ninguna locura.

Ella abrió la puerta solo lo suficiente para mirar afuera.

—Te dije que te fueras.

Rodrigo levantó unos documentos.

—Esta casa está a mi nombre.

Doña Elena dejó escapar un gemido.

Marta tomó las hojas con las manos temblorosas. Allí figuraba una supuesta venta de la vivienda realizada meses atrás.

En la última página aparecía la firma de su madre.

—Yo nunca firmé eso —susurró Elena.

Rodrigo sonrió.

—Entonces demuéstralo.

El hombre del traje gris dio un paso adelante.

—Soy representante de una empresa de inversión. Según estos documentos, el señor Rodrigo es el propietario legal.

Mateo examinó la firma.

—Está falsificada.

—Eso tendrá que decidirlo un juez —respondió el representante.

Rodrigo miró triunfante hacia el interior.

—Tenéis veinticuatro horas para marcharos.

La mujer de la cámara comenzó a grabar.

Marta comprendió que Rodrigo quería mostrar a los vecinos que había ganado. Quería convertir la humillación de la familia en un espectáculo.

Pero doña Elena se puso lentamente de pie.

—Esperad.

Caminó hasta su habitación y regresó con una vieja caja de madera.

Dentro guardaba recibos, fotografías y documentos de muchos años atrás.

Sacó una escritura amarillenta y se la entregó a Mateo.

—Tu abuelo dejó una condición antes de morir.

El joven leyó en voz alta.

La casa no podía venderse sin la firma presencial de Elena y de sus dos hijos.

Marta levantó la mirada.

—Yo nunca firmé nada.

Rodrigo perdió la sonrisa.

—Ese documento ya no tiene validez.

—Sí la tiene —dijo una voz desde la acera.

Un hombre mayor se acercó apoyado en un bastón.

Era don Julián, el antiguo notario del barrio.

—Yo redacté esa cláusula.

Rodrigo retrocedió.

El notario señaló la supuesta venta.

—Y también puedo asegurar que este sello no pertenece a mi oficina.

Los vecinos comenzaron a salir de sus casas.

La cámara que Rodrigo había llevado para humillarnos ahora estaba grabando su mentira.

Mateo llamó a la policía.

El representante de la empresa intentó marcharse, pero doña Elena lo reconoció.

—Tú estabas aquí la noche en que Rodrigo me obligó a poner el dedo sobre unos papeles.

El hombre palideció.

Marta se volvió hacia su esposo.

—¿La obligaste a firmar?

—Solo quería asegurar nuestro futuro.

—No —respondió ella—. Querías vender la casa y quedarte con el dinero.

Rodrigo intentó arrebatar la escritura original, pero Mateo se interpuso.

—No vuelvas a acercarte a mi abuela.

Las patrullas llegaron pocos minutos después.

Los agentes revisaron los documentos y encontraron varias irregularidades. El supuesto representante confesó que Rodrigo le había pagado para falsificar la operación.

Marta pidió una orden de protección.

Rodrigo fue esposado mientras seguía gritando que la casa también le pertenecía.

Antes de subir a la patrulla, miró a doña Elena con odio.

—Todavía no sabes lo que firmaste realmente.

La anciana quedó inmóvil.

Después de que se lo llevaron, Mateo revisó cuidadosamente todos los papeles de la caja.

En el fondo encontró un sobre sellado con el nombre de Marta.

Dentro había una prueba bancaria y una carta escrita por su padre antes de morir.

Marta comenzó a leerla en voz alta.

La carta revelaba que Rodrigo no había llegado a la familia por casualidad.

Años atrás, su padre lo había contratado para investigar la desaparición de una gran cantidad de dinero.

Pero Rodrigo nunca resolvió el caso.

Se casó con Marta, entró en la casa y pasó años buscando algo escondido entre sus paredes.

Doña Elena llevó una mano al pecho.

—Ahora comprendo por qué nunca quería marcharse.

Mateo levantó la última hoja.

En ella había un dibujo de la cocina y una marca roja debajo del suelo donde Rodrigo había arrojado la sopa.

Los tres regresamos lentamente a aquella habitación.

Mateo retiró una baldosa suelta.

Debajo encontró una pequeña caja metálica.

Dentro había dinero antiguo, cuentas bancarias y una fotografía que hizo llorar a doña Elena.

Rodrigo aparecía junto al padre de Marta.

La fecha de la imagen correspondía a la noche anterior a su muerte.

Y en el reverso había una frase escrita con su propia letra:

“Si algo me ocurre, Rodrigo será el responsable”.

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