PARTE 2: ESTA VEZ, LA TRAMPA ERA PARA EMILY

Emily sonreía mientras los empleados del centro médico se acercaban a mí.
—Será mejor que repitan los análisis —dijo—. Si Claire realmente está ocultando algo, los resultados aparecerán.

Yo permanecí sentada.

No discutí.

No grité.

Solo miré la botella vacía que estaba sobre la mesa.

—De acuerdo —respondí.

Emily pareció sorprendida.

—¿De acuerdo?

—Sí.

Daniel me miró.

—Claire, ¿estás segura?

Asentí.

—Completamente.

Porque antes de beber aquella agua había hecho algo que Emily jamás imaginó.

Había fotografiado la botella.

Había anotado la hora.

Y, sobre todo, había enviado una copia de la fotografía a una persona que conocía perfectamente los procedimientos del centro médico.

Mi antiguo profesor, el doctor Harris.

Un especialista que había trabajado durante años en el departamento de evaluación.

Y tenía otra sorpresa.


Mientras una enfermera preparaba el segundo análisis, mi teléfono vibró.

Un mensaje.

“Ya tengo los resultados del laboratorio independiente. No entres todavía.”

Sonreí.

Emily me observaba desde el otro lado de la sala.

—¿Por qué sonríes?

—Por nada.

La enfermera regresó.

—Señorita Carter, necesitamos que nos acompañe.

Me levanté.

Pero antes de entrar al laboratorio, escuché una voz.

—Esperen.

Era el doctor Harris.

Emily se puso rígida.

—¿Qué hace usted aquí?

Él la miró.

—Me llamaron para supervisar el procedimiento.

—No es necesario.

—Precisamente por eso.

Sacó una carpeta.

—Hay una irregularidad.

Emily palideció.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué irregularidad?

El doctor Harris colocó varias fotografías sobre la mesa.

Una mostraba el supuesto amuleto.

Otra, la botella.

La tercera mostraba un registro de seguridad.

—La cámara del estacionamiento registra a Emily acercándose al vehículo antes de que Claire llegara.

Emily respondió inmediatamente:

—Solo estaba colocando sus cosas.

El doctor Harris negó.

—No según el video.

Colocó una última imagen.

Era una captura ampliada.

Emily aparecía sosteniendo la botella.

Y en la otra mano tenía el mismo pequeño sobre que había caído de la carpeta.

El silencio fue inmediato.

Emily miró a Daniel.

—Esto no significa nada.

Daniel no respondió.

Yo sí.

—Entonces explícanos qué significa.

Ella apretó los labios.

—Claire, estás interpretando todo mal.

—No.

Saqué mi teléfono.

—Lo que estoy interpretando mal es por qué llevas diez años diciéndome que tuve mala suerte.

Emily se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

La miré directamente.

—Sé lo que hiciste hace diez años.

Su rostro perdió todo color.

Daniel me miró.

—Claire…

—Encontré tu publicación.

Emily dio un paso atrás.

—¿Qué publicación?

—La que escribiste contando cómo manipulaste mi examen, cómo destruiste mi relación con Daniel y cómo utilizaste tus contactos para perjudicarme después.

Emily comenzó a negar con la cabeza.

—Eso no era yo.

—Tu fotografía estaba ahí.

—Podía ser alguien usando mi nombre.

—También aparecían detalles que solo tú conocías.

No respondió.

Daniel parecía completamente confundido.

—¿Qué está pasando?

Lo miré.

—Tu relación conmigo no terminó por casualidad.

Emily cerró los ojos.

—Claire…

—Ella la destruyó.

Daniel se volvió hacia Emily.

—¿Es verdad?

Ella comenzó a llorar.

—Yo te quería.

Daniel retrocedió.

—Eso no responde mi pregunta.

—Tú siempre la elegías a ella.

—Porque era mi amiga.

—¡Y yo también era tu amiga!

Su voz se quebró.

—No soportaba que todo le saliera bien.

El doctor Harris permaneció en silencio.

Emily finalmente confesó.

Había manipulado el primer examen diez años atrás.

Había difundido rumores.

Había provocado malentendidos entre Daniel y yo.

Y había utilizado contactos para influir en una oportunidad laboral posterior.

Pero había algo que todavía no sabíamos.

—¿Por qué hiciste esto otra vez? —pregunté.

Emily me miró.

—Porque pensé que, si fallabas ahora, volverías a desaparecer.

Sentí un escalofrío.

—¿Desaparecer?

—Sí.

—¿Y Daniel?

Emily bajó la cabeza.

—Pensé que esta vez sería mío.

Daniel cerró los ojos.

—Nunca fui tuyo.

Aquellas cuatro palabras destruyeron la última defensa de Emily.


La investigación interna comenzó ese mismo día.

El centro médico revisó todos los registros.

La evidencia del video fue entregada a las autoridades.

Mi antiguo examen también fue reabierto.

Y los documentos demostraron que Emily había manipulado información años atrás.

Pero esta vez había cometido un error.

Había dejado demasiadas pruebas.

La botella.

El sobre.

Los registros.

Las cámaras.

Y su propia confesión.


Semanas después, recibí la confirmación oficial.

Mi plaza había sido aprobada.

La misma oportunidad que Emily había intentado robarme diez años antes finalmente era mía.

Pero cuando miré el documento, no sentí la felicidad que había imaginado.

Sentí alivio.

Porque comprendí que no necesitaba recuperar diez años.

Necesitaba dejar de vivir como si todavía estuviera atrapada en ellos.

Daniel vino a verme.

—¿Puedo entrar?

Asentí.

Se sentó frente a mí.

—Lo siento.

—Tú no hiciste lo que ella hizo.

—Pero le creí.

—Éramos jóvenes.

—Aun así.

Guardé silencio.

Entonces preguntó:

—¿Hay alguna posibilidad de que algún día podamos volver a empezar?

Lo miré.

Esta vez no necesitaba responder inmediatamente.

—Tal vez.

Daniel sonrió.

—Eso es más de lo que esperaba.


Emily desapareció de nuestras vidas.

La investigación siguió su curso y tuvo que responder por las decisiones que había tomado.

Yo no la perseguí.

No necesitaba venganza.

Había recuperado algo mucho más importante.

Mi futuro.

Meses después, entré por primera vez en mi nueva oficina.

Sobre el escritorio coloqué una fotografía.

No era de Daniel.

No era de Emily.

Era una fotografía mía tomada el día en que recibí mi acreditación.

La observé durante unos segundos.

Diez años atrás, Emily había decidido que podía escribir mi destino.

Esta vez no.

Guardé el documento en un cajón y sonreí.

Porque finalmente entendí la verdad.

Ella me había robado diez años en mi primera vida.

Pero en esta, solo consiguió demostrarme cuánto había perdido mientras intentaba controlar la mía.

Y cuando cerré la puerta de mi oficina, no miré atrás.

No necesitaba hacerlo.

Mi vida ya no pertenecía a Emily.

Ni a Daniel.

Ni a nadie.

Por primera vez, pertenecía completamente a mí.

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