PARTE 2: EL PADRE QUE REGRESÓ DE LA MUERTE PARA ROMPER EL PACTO

La mujer se quedó inmóvil bajo la lluvia.

El rostro detrás de la ventanilla pertenecía a Gabriel, el hombre al que había enterrado tres años atrás.

—Eso es imposible —susurró Elena.

Gabriel abrió la puerta trasera del coche.

—Sube ahora. Si ese hombre descubre que estoy vivo, nuestro hijo no llegará al amanecer.

Elena reaccionó al escuchar aquellas palabras. Entró en el vehículo con el corazón desbocado y la ropa empapada.

—¿Dónde has estado todo este tiempo?

Gabriel ordenó al conductor avanzar antes de responder.

—Escondido de mi propia familia.

El coche se alejó de la mansión mientras los relámpagos iluminaban la avenida.

—Tu hermano me dijo que habías muerto en un accidente —dijo Elena—. Me mostró fotografías, documentos y hasta tus cenizas.

—Todo era falso.

Gabriel sacó una carpeta de debajo del asiento. Dentro había fotografías, extractos bancarios y varios informes médicos.

—Mi padre descubrió que yo pensaba denunciarlo. Llevaba años robando dinero de las empresas familiares mediante fundaciones falsas. Cuando intenté detenerlo, ordenó que me hicieran desaparecer.

Elena sintió que le faltaba el aire.

—¿Y ahora quiere quedarse con nuestro hijo?

—No solo quiere al niño. Necesita su sangre.

Gabriel abrió uno de los informes médicos y señaló un nombre.

Era el del abuelo del pequeño.

—Está enfermo —continuó—. Necesita un trasplante urgente y nuestro hijo es compatible.

Elena recordó el documento que acababa de firmar bajo la lluvia.

—Me obligó a renunciar a todos mis derechos.

—Precisamente porque necesita controlar cada decisión médica.

Elena comenzó a temblar.

—Dijo que pagaría la operación.

—No existe ninguna operación para salvarlo.

Gabriel le mostró una autorización hospitalaria. El documento permitía trasladar al niño esa misma noche a una clínica privada propiedad de la familia.

—Pretenden sedarlo y utilizarlo como donante sin tu consentimiento.

Elena lanzó un grito ahogado.

—¡Tenemos que volver al hospital!

El conductor aceleró.

Cuando llegaron, dos vehículos negros ya estaban estacionados frente a la entrada de urgencias.

Elena corrió por el pasillo, empujando a quienes se cruzaban en su camino.

La habitación de su hijo estaba vacía.

Solo quedaba la cama deshecha y uno de sus pequeños zapatos sobre el suelo.

—¡¿Dónde está mi hijo?! —gritó.

Una enfermera salió de la sala con el rostro pálido.

—Un hombre presentó documentos de custodia. Dijo ser su abuelo y ordenó el traslado.

Gabriel tomó el papel de autorización.

—¿A qué clínica lo llevaron?

La enfermera señaló una dirección escrita al final.

Gabriel la reconoció inmediatamente.

—No es una clínica —dijo con terror—. Es la antigua casa de recuperación de mi familia.

Elena sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—Entonces tenemos que llamar a la policía.

—La policía local trabaja para mi padre.

Gabriel sacó un teléfono y envió varios archivos.

—Pero antes de regresar preparé una copia de todas las pruebas. Si no confirmo que estamos seguros antes del amanecer, serán enviadas a la prensa y a la fiscalía nacional.

Elena lo miró con rabia.

—¿Por qué no hiciste eso antes?

Gabriel bajó la cabeza.

—Porque él amenazó con matarte a ti y al niño.

La respuesta no alivió su dolor.

—Nos abandonaste.

—Lo sé.

—Me dejaste sola, sin dinero, creyendo que habías muerto.

—Lo sé.

Elena le dio una bofetada.

El sonido resonó en el pasillo vacío.

Gabriel no intentó defenderse.

—Puedes odiarme cuando recuperemos a nuestro hijo —dijo—. Pero ahora necesito que confíes en mí una última vez.

Media hora después llegaron a la propiedad abandonada.

La vieja casa estaba rodeada por hombres armados. Varias luces iluminaban una habitación del segundo piso.

Gabriel condujo a Elena por un túnel de servicio oculto detrás de unos árboles. Había utilizado ese pasadizo durante su infancia.

Entraron en el sótano y avanzaron en silencio hasta escuchar voces.

—El niño está demasiado débil —dijo un médico—. Si hacemos el procedimiento ahora, podría morir.

—Su madre ya firmó —respondió el abuelo—. Su vida me pertenece.

Elena apretó los puños.

Gabriel activó la grabadora de su teléfono.

Subieron las escaleras y llegaron hasta una puerta entreabierta.

Su hijo estaba sobre una camilla, conectado a varios aparatos. Tenía los ojos cerrados y el rostro pálido.

Elena quiso correr hacia él, pero Gabriel la detuvo.

—Esperemos a que confiese todo.

Dentro de la habitación, el anciano dejó el documento firmado sobre una mesa.

—Cuando termine, diremos que el niño no sobrevivió a su enfermedad.

Elena ya no pudo contenerse.

Empujó la puerta con todas sus fuerzas.

—¡Aléjate de mi hijo!

Todos se giraron.

El abuelo abrió los ojos con sorpresa al ver a Gabriel.

—Tú estás muerto.

—Eso intentaste —respondió él.

Los guardias levantaron sus armas, pero en ese instante se escucharon helicópteros sobre la propiedad.

Gabriel mostró su teléfono.

—La grabación acaba de enviarse.

Las ventanas se iluminaron con potentes reflectores. Varias unidades especiales rodearon la casa.

El anciano agarró al niño y colocó una jeringa cerca de su cuello.

—Un paso más y terminaré con todo.

Elena levantó lentamente las manos.

—Déjalo ir. Yo firmé. Tú ganaste.

—Ya no necesito tu firma.

El anciano apretó la jeringa.

Entonces el médico que estaba junto a él le golpeó el brazo. La aguja cayó al suelo.

Gabriel se lanzó sobre su padre mientras Elena corría hacia la camilla.

Los agentes irrumpieron en la habitación segundos después.

El niño abrió débilmente los ojos.

—Mamá…

Elena lo abrazó con cuidado.

—Estoy aquí, mi amor. Nadie volverá a separarnos.

Mientras se llevaban al anciano esposado, este miró a Gabriel con una sonrisa extraña.

—Crees que has ganado, pero todavía no sabes quién ordenó tu desaparición.

Gabriel se detuvo.

—Fuiste tú.

El anciano negó con la cabeza.

—Yo solo obedecí.

Antes de entrar en el vehículo policial, señaló a Elena.

—Pregúntale a su madre quién fue realmente su esposo.

Elena sintió que la sangre se congelaba.

Gabriel la miró esperando una explicación.

Ella permaneció en silencio.

Porque en el viejo sobre arrugado que había llevado a la mansión no solo estaban las pruebas contra aquella familia.

También había una fotografía que demostraba que Gabriel no era quien decía ser.

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