Los dos guardaespaldas avanzaron al mismo tiempo.
Mateo retrocedió hasta quedar contra la enorme puerta de roble.
Sofía sonrió con una tranquilidad aterradora.
—Llévenlo al despacho de mi padre.
Uno de los hombres extendió la mano para sujetarlo.
—Ni un paso más.
Mateo levantó el sobre negro.
—Si me tocan, esto llegará a la policía.
Sofía dejó de sonreír.
—No sabes lo que tienes.
—Lo sé perfectamente.
Sacó una fotografía del interior.
Era una imagen tomada por una cámara de seguridad de la biblioteca.

En ella se veía claramente a Sofía empujando el antiguo jarrón de la dinastía Ming antes de que se hiciera añicos.
Los guardaespaldas intercambiaron una mirada.
—Eso no demuestra nada —respondió Sofía con frialdad—. Solo fue un accidente.
Mateo sacó un segundo documento.
Era una factura de tasación.
El jarrón había sido sustituido meses antes por una réplica idéntica.
El auténtico había desaparecido del inventario familiar.
—Lo vendiste hace seis meses.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Quién te dio esos papeles?
—Papá los escondía en su caja fuerte.
La expresión de Sofía cambió por completo.
—No debiste abrirla.
En ese instante apareció el patriarca de la familia.
Entró en la biblioteca acompañado por su abogado.
Observó el desorden sin mostrar ninguna emoción.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Sofía respondió antes que nadie.
—Mateo perdió el control. Quiere destruir a la familia para proteger a una sirvienta.
El anciano miró a su hijo menor.
—¿Es cierto?
Mateo levantó el sobre.
—No.
Le entregó todos los documentos.
El patriarca comenzó a leer en silencio.
Su rostro fue endureciéndose página tras página.
Las pruebas demostraban que Sofía había vendido el verdadero jarrón a un coleccionista extranjero y después rompió una copia para acusar a Elena del supuesto robo.
Todo había sido planeado para ocultar el desfalco.
El anciano levantó lentamente la vista.
—¿Es verdad?
Sofía guardó silencio.
Aquella respuesta bastó.
—¿Dónde está Elena? —preguntó el patriarca.
Nadie respondió.
Mateo dio un paso adelante.
—Está encerrada en el sótano.
El padre giró hacia los guardaespaldas.
—Traigan las llaves.
Uno de ellos bajó la cabeza.
—No las tenemos.
—¿Quién las tiene?
Todos miraron a Sofía.
Ella dio dos pasos hacia atrás.
—Ya es demasiado tarde.
Mateo sintió que el corazón se detenía.
Corrió hacia el sótano seguido por su padre.
La puerta de hierro estaba cerrada con un grueso candado.
Los guardaespaldas la derribaron a golpes.
Dentro encontraron la habitación completamente vacía.
Solo había una silla caída, unas cuerdas cortadas y el uniforme de Elena abandonado sobre el suelo.
—Ha escapado —murmuró Mateo.
El patriarca negó lentamente.
—No.
Se agachó y recogió un pequeño pendiente ensangrentado.
—Se la llevaron.
En ese momento sonó el teléfono del anciano.
Activó el altavoz.
Una voz distorsionada habló con absoluta calma.
—Si quieren volver a ver a Elena con vida, preparen veinte millones antes del amanecer.
Mateo sintió que todo empeoraba.
Pero la llamada aún no había terminado.
—Y dile a Sofía que deje de buscar el jarrón.
Hubo un breve silencio.
—Porque el verdadero tesoro nunca estuvo dentro del jarrón…
La llamada se cortó.
Todos permanecieron inmóviles.
El patriarca abrió lentamente el doble fondo del sobre negro.
Dentro había un viejo mapa de la mansión y una carta escrita por su difunta esposa.
Solo contenía una frase.
“El mayor secreto de nuestra familia está enterrado bajo la biblioteca. Si alguien encuentra esta carta, significa que ya es demasiado tarde.”