Claire apenas durmió aquella noche.
No fue solo por el dolor que todavía le oprimía el abdomen, sino por la forma en que Adrian había pronunciado aquellas últimas palabras.
“Tus problemas también son míos.”
Nadie había dicho algo parecido por ella.
Nunca.
A la mañana siguiente despertó antes del amanecer. Como cada día, salió de la cama procurando no hacer ruido. Preparó el café exactamente como le gustaba a Adrian, revisó la agenda que la ama de llaves dejaba sobre la encimera y se aseguró de que todo estuviera perfecto antes de que él bajara.
Cuando Adrian entró en la cocina, se detuvo.
Claire seguía pálida.
—¿Cómo te sientes?
Ella sonrió con esa sonrisa pequeña que parecía pedir disculpas por existir.
—Mucho mejor.
Adrian no respondió.
Se acercó, apoyó dos dedos sobre su muñeca y comprobó su pulso.
Después le tocó la frente.
—Todavía tienes fiebre.
Claire bajó la mirada.
—No quería preocuparte.
Él cerró los ojos un instante.
Aquella respuesta volvía a irritarlo de una forma que no conseguía explicar.
Antes de salir de casa llamó a su asistente.
—Cancela todas mis reuniones de hoy.
—¿Señor Blackwood? Tiene la negociación con Harrison Group…
—He dicho que la canceles.
Colgó sin esperar respuesta.
Claire lo observó sorprendida.
—No hace falta que…
—Hace falta.
Fue la primera vez que ella comprendió que Adrian no estaba acostumbrado a discutir.
Simplemente decidía.
Horas después, el médico privado confirmó que solo se trataba de una fuerte inflamación provocada por el estrés y el agotamiento.
—¿Estrés? —repitió Adrian con el ceño fruncido—. Mi esposa vive aquí desde hace un mes. ¿Qué podría estar estresándola?
El médico dudó.
—Eso tendría que responderlo ella.
Cuando quedaron solos, Adrian se volvió hacia Claire.
—¿Qué ocurre?
Ella negó inmediatamente.
—Nada.
—Claire.
—De verdad…
Su voz se quebró antes de terminar la frase.
Adrian comprendió que no conseguiría respuestas presionándola.
Así que decidió buscarlas por otro camino.
Aquella misma tarde ordenó a su jefe de seguridad investigar discretamente todo el pasado de Claire Bennett.
No quería informes públicos.
Quería la verdad.
Dos días después, una carpeta negra apareció sobre el escritorio de su despacho.
El detective permaneció de pie.
—Señor Blackwood… quizá debería prepararse antes de leer esto.
Adrian levantó una ceja.
No recordaba la última vez que alguien le hubiera dicho aquello.
Abrió la carpeta.
La primera fotografía mostraba a una Claire de apenas diez años limpiando sola el enorme comedor de la mansión Bennett mientras otros niños celebraban una fiesta de cumpleaños.
La segunda la mostraba sirviendo la mesa durante una cena familiar.
No era una empleada.
Era una niña.
Siguió pasando páginas.
Informes escolares donde siempre aparecía la misma anotación.
“La alumna rechaza participar en actividades por miedo a molestar.”
Facturas médicas jamás utilizadas.
Cartas de aceptación para universidades que nunca llegaron a sus manos.
Y finalmente una declaración firmada por una antigua institutriz.
“La señorita Claire fue criada haciéndole creer que debía agradecer cada comida porque realmente no pertenecía a la familia Bennett. La convencieron durante años de que cualquier error bastaría para echarla de la casa.”
Adrian dejó de leer.
Por primera vez en muchos años sintió algo muy parecido a la rabia.
No una rabia impulsiva.
Una fría.
Peligrosa.
La misma que había destruido empresas enteras.
Marcó un número.
—Quiero toda la información financiera de los Bennett.
—¿Algún motivo en particular, señor?
—Porque acaban de convertirse en mi prioridad.
Mientras tanto, Claire recibió una llamada inesperada.
Su madre adoptiva.
—Ven a casa esta tarde.
No era una invitación.
Era una orden.
Claire acudió sola.
Al entrar en la mansión sintió el mismo miedo de siempre.
Todo seguía igual.

Los mismos cuadros.
Las mismas escaleras.
La misma sensación de no pertenecer allí.
Su padre adoptivo ni siquiera la saludó.
Su madre dejó una carpeta sobre la mesa.
—Firma.
Claire abrió el documento.
Era una renuncia definitiva a cualquier derecho relacionado con la familia Bennett.
Aunque legalmente nunca había sido heredera, el documento la obligaba además a guardar silencio sobre ciertos asuntos familiares.
—¿Por qué ahora?
Su madre sonrió con frialdad.
—Porque ya conseguiste lo que queríamos.
Claire levantó lentamente la vista.
—¿Qué quieres decir?
—Casarte con Adrian Blackwood.
El corazón le dio un vuelco.
—No entiendo…
—Claro que lo entiendes.
Su padre habló por primera vez.
—Necesitábamos esa alianza.
Ahora ya no eres necesaria.
Aquellas palabras fueron exactamente iguales a las que Claire había temido escuchar durante toda su vida.
Sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—Siempre fui… ¿solo un intercambio?
Ninguno respondió.
Porque no hacía falta.
El silencio era la respuesta.
Con manos temblorosas dejó la carpeta sobre la mesa.
—No voy a firmar.
Su madre soltó una carcajada.
—¿De verdad crees que Adrian seguirá contigo cuando descubra quién eres realmente?
Claire salió de la mansión sin mirar atrás.
Las lágrimas le impedían ver la carretera.
No sabía que, a unos metros de distancia, un automóvil negro permanecía estacionado desde hacía veinte minutos.
Dentro, Adrian observaba todo.
Había llegado para recogerla.
Y acababa de escuchar, a través del micrófono instalado por su equipo de seguridad, cada una de las palabras pronunciadas dentro de aquella casa.
Sus nudillos se volvieron blancos alrededor del volante.
Luego marcó un único número.
—Convoca una reunión extraordinaria del consejo Bennett para mañana a primera hora.
Su asistente dudó.
—¿Va a comprar acciones de la empresa?
Adrian miró a Claire, que caminaba sola bajo la lluvia intentando contener el llanto.
Entonces respondió con una calma que helaba la sangre.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Voy a comprar la empresa entera.