Parte 2: LA SECRETARIA QUE TODOS SUBESTIMARON

Larkin se detuvo frente a mí.

Durante tres años había pasado junto a mi escritorio sin mirarme más de dos segundos.

Ahora parecía incapaz de apartar los ojos.

—Penelope…

Thomas apareció detrás de él con una sonrisa burlona.

—¿Quién es ella?

Lo miré.

—La secretaria que invitaste a tu fiesta.

Su sonrisa desapareció.

Larkin recuperó la compostura.

—¿Podemos hablar?

—Claro.

Me condujo hacia un balcón privado.

—No esperaba esto.

—Ese era el objetivo.

—¿Qué objetivo?

Sonreí.

—Que nadie esperara nada de mí.

Antes de que pudiera responder, Thomas salió al balcón.

—Tenemos un problema.

Larkin se volvió.

—¿Qué pasó?

Thomas le entregó un teléfono.

—Alguien está vaciando una de nuestras cuentas.

Larkin palideció.

—¿Cuál?

Thomas mencionó el número.

Yo reconocí la cuenta inmediatamente.

—No la están vaciando —dije.

Ambos me miraron.

—¿Qué dijiste? —preguntó Larkin.

—Están moviendo el dinero.

—¿Y cómo sabes eso?

Señalé el teléfono.

—Porque la transferencia tiene tres errores.

Thomas soltó una carcajada.

—¿Tres errores?

—El primero: la cantidad no coincide con el patrón habitual. El segundo: utilizaron una cuenta puente que llevaba dieciocho meses inactiva. Y el tercero…

Tomé el teléfono.

—La persona que hizo esto cree que ustedes todavía utilizan el sistema antiguo.

Larkin me miró fijamente.

—¿Puedes rastrearlo?

—Sí.

—Hazlo.

Me senté frente a una computadora.

En menos de cuatro minutos encontré la ruta.

El dinero terminaba en una empresa registrada en Nueva Jersey.

Thomas sonrió.

—Lo sabía. Tenemos un traidor.

Negué.

—No.

Larkin frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—La empresa es una pantalla.

Hice clic nuevamente.

—El verdadero beneficiario está aquí.

Apareció un nombre.

Thomas Steves.

El salón quedó en silencio.

Thomas retrocedió.

—Eso es absurdo.

Larkin lo miró.

—¿Es tu cuenta?

—¡No!

Me levanté.

—No es tu cuenta.

Thomas respiró aliviado.

Entonces añadí:

—Es una cuenta creada utilizando tu identidad.

Su rostro cambió.

—¿Qué?

—Alguien quiere que parezca que robaste dinero.

Larkin se volvió hacia mí.

—¿Quién?

Miré los registros.

—Todavía no lo sé.


Una hora después, Larkin cerró todas las puertas del hotel.

Nadie podía salir.

Los hombres del sindicato revisaron teléfonos, cámaras y registros.

Yo permanecí junto a la ventana.

Entonces vi algo.

—Larkin.

—¿Sí?

—¿Quién organizó esta gala?

—Mi abogado.

—¿Quién contrató al personal?

—La agencia de Thomas.

Miré a Thomas.

—¿Todos?

—Sí.

—Entonces tenemos un problema.

Saqué una fotografía del registro de empleados.

—Este hombre no existe.

Señalé un nombre.

—El camarero que llevó las bebidas a la mesa principal.

Thomas negó.

—Yo revisé personalmente al personal.

—Entonces alguien falsificó la lista.

Larkin miró la fotografía.

—Encuéntrenlo.


Veinte minutos después localizaron al supuesto camarero en el estacionamiento.

Intentó escapar.

Los guardias lo detuvieron.

Larkin se acercó.

—¿Quién te envió?

El hombre permaneció callado.

Yo observé su reloj.

Había una pequeña marca grabada.

Una serpiente.

Reconocí el símbolo.

—Larkin.

Él me miró.

—¿Qué?

—Ese símbolo pertenece a los hombres de Victor Hale.

Larkin se quedó inmóvil.

Victor Hale era el rival que llevaba dos años intentando entrar en los negocios de Larkin.

—Entonces no vinieron por el dinero —dijo Larkin.

Negué.

—Vinieron por los registros.

Thomas abrió los ojos.

—¿Qué registros?

Lo miré.

—Los financieros.

Thomas palideció.

—Pero están en la oficina.

—No todos.

Larkin me miró.

—¿Dónde están los demás?

Respondí tranquilamente:

—Conmigo.

El silencio fue inmediato.

—¿Tú los tienes?

—Los he estado protegiendo durante tres años.

Larkin parecía no entender.

—¿Por qué?

Lo miré directamente.

—Porque sabía que algún día alguien intentaría destruirlos.

Entonces llegó el verdadero giro.

Saqué una memoria USB de mi bolso.

—Y también tengo pruebas de que Victor Hale lleva años intentando infiltrarse en tu organización.

Larkin tomó el dispositivo.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Porque no confiaba en nadie.

—¿Ni siquiera en mí?

Lo miré.

—Especialmente en ti.

Él bajó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque durante tres años me trataste como si fuera invisible.

Larkin permaneció en silencio.

Finalmente dijo:

—Me equivoqué.


La policía llegó después de que Larkin entregara las pruebas.

Victor Hale fue detenido junto con varios de sus colaboradores.

Thomas quedó completamente exonerado.

Pero Larkin hizo algo que nadie esperaba.

Al día siguiente entró en mi oficina.

—Quiero ofrecerte un puesto.

—¿Cuál?

—Directora de auditoría interna.

Lo miré.

—No.

Larkin arqueó una ceja.

—¿No?

—Quiero algo mejor.

—¿Qué?

—Una participación real en la empresa y autoridad independiente sobre las cuentas.

Él sonrió.

—Aceptado.

—Y otra cosa.

—Dime.

—No volveré a usar zapatos grises.

Larkin soltó una carcajada.

—Eso también está aceptado.


Tres meses después, mi vida había cambiado por completo.

Ya no era la secretaria invisible.

Era una de las personas más respetadas dentro de la organización.

Había pagado parte de mis préstamos estudiantiles y había comenzado a construir una vida que no dependía de esconderme.

Pero lo más inesperado ocurrió una noche.

Larkin me invitó a cenar.

No a una gala.

No a una reunión.

Solo a cenar.

—¿Esto es una reunión de negocios? —pregunté.

—No.

—¿Entonces?

Respiró profundamente.

—Quiero conocerte.

Sonreí.

—Llevas tres años trabajando conmigo.

—No.

Me miró.

—Llevas tres años trabajando delante de mí.

Hizo una pausa.

—Ahora quiero conocer a la mujer que estaba detrás de ese escritorio.

Lo observé durante unos segundos.

—Está bien.

—¿Eso significa que aceptas?

—Significa que puedes empezar preguntándome qué me gusta comer.

Larkin sonrió.

—Perfecto.

Salimos juntos.

Y mientras caminábamos por Manhattan, entendí algo.

Durante tres años había creído que desaparecer era la única manera de sobrevivir.

Pero aquella noche descubrí que hacerme invisible no había sido una debilidad. Había sido mi mayor ventaja.

Todos habían subestimado a la secretaria.

Todos excepto la mujer que finalmente había decidido dejar de esconderse.

Y cuando Larkin tomó mi mano, no sentí que estuviera entrando en el mundo de alguien poderoso.

Sentí que, por primera vez, estaba construyendo uno propio.

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