PARTE 2
La puerta se cerró detrás de Valeria y los niños.
Mateo permaneció de rodillas en la sala, incapaz de respirar con normalidad.
Durante cinco años había llevado a los pequeños al colegio, cuidado sus fiebres y consolado sus pesadillas. Ahora una hoja de laboratorio parecía convertir cada recuerdo en una burla.
Tomó el informe y lo leyó otra vez.
“Probabilidad de paternidad biológica: excluida.”
No había ninguna duda.
Al menos eso creyó.
El teléfono comenzó a sonar sobre la mesa. Era el doctor Salcedo, director del laboratorio.
Mateo rechazó la llamada.
El hombre insistió tres veces.
Finalmente respondió.
—¿Qué quiere?
—Señor Mateo, no tome ninguna decisión hasta que podamos hablar personalmente.
—El resultado es bastante claro.
—La prueba excluye su paternidad, pero encontramos una anomalía que requiere una segunda muestra.
Mateo apretó el informe.
—¿Qué clase de anomalía?
—Su perfil genético no coincide con el registrado en su expediente médico.
El silencio cayó sobre la habitación.
—Eso no tiene sentido.
—La muestra que usted entregó pertenece a un hombre con un grupo sanguíneo diferente al indicado en sus registros de nacimiento.
Mateo miró el sobre como si de repente escondiera algo peligroso.
—¿Está diciendo que cambiaron la muestra?
—No. La muestra es suya. El problema podría estar en su identidad médica.
El doctor explicó que el laboratorio había comparado el ADN con un análisis realizado años atrás durante una operación de Mateo. Ambos perfiles pertenecían a personas distintas.
—Necesitamos repetir todo desde el principio —concluyó—. También convendría examinar a sus padres.
Mateo colgó con las manos heladas.
Intentó llamar a Valeria.
Ella no respondió.
Mientras tanto, Valeria caminaba por la calle con los niños, buscando un taxi bajo la lluvia.
El mayor, Daniel, levantó la vista.
—¿Papá ya no nos quiere?
Valeria se agachó frente a ellos.
—Mateo está enfadado conmigo. Vosotros no tenéis la culpa de nada.
—Pero dijo que no era nuestro padre.
La pregunta le rompió el corazón.
Mateo no era su padre biológico.
Pero había sido el único hombre que los niños reconocían como tal.
Valeria los llevó a casa de su hermana y regresó sola a la vivienda para recoger medicamentos y documentos.
Cuando entró, encontró a Mateo frente a la mesa, con varios informes extendidos.
—Los niños están a salvo —dijo ella—. Solo he venido por sus cosas.
—¿Quién es el padre?
Valeria cerró los ojos.
—Se llama Adrián.
—Tu exnovio.
—Sí.
Mateo apretó los dientes.
—¿Sabías que ambos eran suyos?
—Sí.
La confesión volvió a golpearlo.
—Entonces todo fue una mentira.
—No todo.
Valeria explicó que Adrián desapareció cuando supo que ella estaba embarazada del primer niño. Regresó años después, cuando nació el segundo, prometiendo reconocerlos.
Pero nunca cumplió.
—¿El segundo también fue concebido mientras estabas conmigo?
Ella negó.
—Daniel y Samuel son gemelos.
Mateo quedó desconcertado.
Los niños tenían casi dos años de diferencia en sus documentos.
Valeria sacó una carpeta.
—Samuel no es mi hijo biológico.
Mateo la miró fijamente.
—¿Qué estás diciendo?
Samuel era hijo de la hermana de Valeria, fallecida poco después del parto. Para evitar que el niño acabara en una institución, Valeria lo registró como suyo utilizando documentos falsos proporcionados por un médico.
—Cuando te conocí, ya cuidaba de Daniel y Samuel —explicó—. Te dije que ambos eran míos porque temía que los separaran.
—También me dijiste que yo era el padre.
—Eso fue imperdonable.
Mateo apartó la mirada.
Valeria no intentó justificarse.
—Tenía miedo de perder la familia que construimos. Cada año que guardaba silencio hacía la verdad más difícil.
—Me quitaste la posibilidad de elegir.
—Lo sé.
Mateo recordó algo.
—¿Por qué hiciste la prueba ahora?
Valeria palideció.
—Yo no la pedí.
El informe había llegado aquella mañana dentro de un sobre sin remitente. Mateo creyó que se trataba del resultado solicitado por una clínica donde los niños habían realizado análisis rutinarios.
Pero él jamás había pedido una prueba de paternidad.
—¿Quién obtuvo nuestras muestras? —preguntó.
Valeria abrió su bolso y sacó una carta recibida días antes.
—Adrián regresó.
El hombre exigía dinero a cambio de no reclamar legalmente a Daniel. También aseguraba conocer la verdadera identidad de Samuel.
Mateo leyó los mensajes.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque temía que descubrieras todo.
—Y ahora ha enviado la prueba para destruirnos.
Valeria asintió.
La puerta principal se abrió.
La madre de Mateo entró sin llamar.
Doña Elena sostenía otra copia del informe.
—No permitas que esa mujer vuelva a engañarte —dijo—. Yo contraté el laboratorio.
Mateo se levantó.
—¿Cómo consiguió nuestras muestras?
—Un cepillo de dientes tuyo y cabellos de los niños.
Valeria la miró con horror.
—Entró en nuestra casa.
—Protegí a mi hijo.
Mateo colocó el informe frente a ella.
—El laboratorio encontró una anomalía en mi ADN.
Doña Elena quedó inmóvil.
—Los laboratorios también cometen errores.
—Mi perfil actual no coincide con el de mi expediente médico infantil.
La mujer retrocedió.
Mateo comprendió que su madre sabía algo.
—¿Quién soy?
—Eres mi hijo.
—Entonces acepta hacerte una prueba.
Doña Elena se negó inmediatamente.
Aquella reacción fue una confesión silenciosa.
Mateo llamó al doctor y concertó nuevos análisis. Valeria también entregó muestras de los niños para esclarecer completamente el caso.
Dos días después llegaron los resultados.
Adrián era el padre biológico de Daniel.
Samuel era hijo de la hermana fallecida de Valeria.
Pero el descubrimiento más grave estaba en la tercera página.
Doña Elena no tenía ningún vínculo biológico con Mateo.
—¿Me adoptaste? —preguntó él.
Ella comenzó a llorar.
—No fue una adopción.
Treinta años atrás, doña Elena había dado a luz a un niño que murió pocas horas después. En la misma clínica, otra mujer tuvo un bebé sano y desapareció durante la noche.
Un médico corrupto ofreció cambiar los documentos a cambio de dinero.
—Yo estaba destruida —dijo Elena—. Tu padre aceptó el trato.
Mateo retrocedió con repulsión.
—¿Robasteis un bebé?

—Nos dijeron que tu madre te había abandonado.
El doctor Salcedo entregó un archivo antiguo recuperado del hospital.
La mujer no había abandonado a su hijo.
Había sufrido una complicación y permaneció inconsciente durante varios días. Al despertar, le informaron que el bebé había muerto.
Pasó décadas creyendo aquella mentira.
—¿Sigue viva? —preguntó Mateo.
El médico asintió.
—Y lleva años buscándolo.
Su nombre era Teresa Robles.
Mateo reconoció el apellido.
Adrián, el padre biológico de Daniel, también se apellidaba Robles.
Valeria comprendió la conexión antes que nadie.
—Adrián sabía quién eras.
Los mensajes de extorsión no buscaban únicamente dinero.
Adrián había descubierto que Mateo era el hijo desaparecido de su propia tía Teresa.
Eso convertía a Mateo y Daniel en parientes biológicos.
—¿Por qué no lo reveló directamente? —preguntó Mateo.
Valeria revisó los documentos.
La familia Robles poseía una importante herencia que debía pasar al hijo perdido de Teresa. Si Mateo aparecía, Adrián perdería el control de varias propiedades que administraba desde hacía años.
Por eso había enviado la prueba.
Quería destruir el matrimonio, apartar a los niños y mantener a Mateo demasiado herido para investigar su pasado.
Mateo sintió una profunda vergüenza.
—Los eché bajo la lluvia exactamente como él esperaba.
Valeria guardó silencio.
—No puedo borrar lo que hice —continuó él—. Pero tampoco puedo dejar que los niños paguen por nuestras mentiras.
Fue a buscar a Daniel y Samuel.
Cuando los vio, se arrodilló frente a ellos.
—Lo que dije anoche estuvo mal.
Daniel lo miró con tristeza.
—¿Ya no eres nuestro papá?
Mateo respiró profundamente.
—No soy vuestro padre biológico. Pero si vosotros me lo permitís, quiero seguir siendo la persona que os cuida, os escucha y está presente.
Samuel corrió a abrazarlo.
Daniel tardó un poco más.
Después también rodeó su cuello con los brazos.
Mateo no perdonó de inmediato a Valeria.
Ella había mantenido una mentira durante años y tendría que enfrentar las consecuencias legales por los documentos falsificados de Samuel.
Pero ambos acordaron proteger a los niños y decirles la verdad de una forma apropiada.
Adrián fue detenido después de intentar vender una de las propiedades pertenecientes a Teresa.
Los investigadores encontraron pagos al mismo médico que había falsificado el nacimiento de Mateo.
Doña Elena también quedó bajo investigación por la apropiación ilegal del bebé, aunque afirmó haber creído que la madre biológica lo había abandonado.
Semanas después, Mateo conoció a Teresa.
La mujer entró en la habitación con una fotografía de un recién nacido entre las manos.
—Te busqué durante treinta años —dijo.
Mateo no supo cómo llamarla.
No podía recuperar de golpe una relación que nunca había tenido.
Pero cuando ella le mostró una pulsera del hospital con su fecha de nacimiento, sintió que una pieza perdida de su vida finalmente encontraba su lugar.
La prueba de ADN había destruido su matrimonio perfecto.
También había revelado que aquel matrimonio nunca fue la única familia construida sobre una mentira.
Sin embargo, antes de terminar la investigación, el doctor Salcedo encontró una última irregularidad.
La muestra original atribuida a Mateo no había sido recogida de su cepillo de dientes.
Procedía de sangre almacenada en la clínica privada de doña Elena.
Y pertenecía a otro hombre.
Un hombre que compartía exactamente la mitad del ADN de Mateo.
Tenía un hermano gemelo.
Alguien había sido separado de él la misma noche de su nacimiento.
Y según los registros del hospital, aquel segundo bebé había crecido usando el nombre de Adrián Robles.