La cuerda del arco vibró.
El silbido de la flecha atravesó la plaza como un relámpago.
—¡Cuidado! —gritó alguien entre la multitud.
Pero el joven no se movió.
En el último instante levantó la mano derecha y atrapó la flecha en el aire.
El silencio cayó sobre toda la plaza.
Nadie respiraba.
El arquero, oculto sobre el techo de una taberna, abrió los ojos con incredulidad.
Era imposible.
Nadie podía detener una flecha disparada a tan corta distancia.
El joven observó la punta metálica durante unos segundos.
Luego sonrió con tristeza.
—Siguen usando el mismo veneno.
Sus palabras hicieron palidecer al caballero arrodillado.
Aquel veneno solo pertenecía a una orden de guerreros que había desaparecido veinte años atrás.
O, al menos, eso creía todo el reino.
—¡Atrápenlo! —gritó el caballero señalando al tejado.
El arquero intentó escapar.
No llegó muy lejos.
Tres figuras encapuchadas descendieron desde los edificios vecinos y lo rodearon en cuestión de segundos.
La multitud no entendía quiénes eran.
El anciano ciego sí.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Los Guardianes…
El joven levantó lentamente la mirada.
—Pensé que todos habían muerto.
Las tres figuras se arrodillaron al mismo tiempo.
—Jamás abandonamos a nuestro maestro.
Toda la plaza quedó paralizada.
El hombre al que creían un simple guerrero errante era, en realidad, el último Gran Maestro de los Guardianes Reales.
El caballero comenzó a retroceder.
—Eso… eso no puede ser.
El joven dio un paso hacia él.
—¿Recuerdas la noche del torneo?
El rostro del caballero perdió todo el color.
¿Cómo podía olvidarla?
Aquella fue la noche en que envenenó la espada de su rival para convertirse en campeón del reino.
Todos creyeron que el verdadero vencedor había muerto desangrado antes del amanecer.
Pero no había muerto.
Había sobrevivido.
Y había esperado veinte años.
El joven lanzó la flecha rota a los pies del traidor.
—Jamás buscaba venganza.
—Entonces… ¿por qué regresaste?
El joven miró al anciano ciego.
Con enorme respeto, se arrodilló frente a él.
Toda la plaza observó la escena sin comprender.
El supuesto héroe inclinaba la cabeza ante un mendigo.
—Porque él me salvó la vida aquella noche.
El anciano dejó caer el bastón.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Pensé que nunca volvería a verte, muchacho.
El joven tomó con cuidado sus manos.
—Si no me hubieras sacado del río cuando todos me daban por muerto, hoy este reino seguiría creyendo la mentira.
El caballero sintió un sudor frío recorrerle la espalda.
Aquello significaba que existía un testigo.
Un testigo que conocía toda la verdad.
—¡Miente! —gritó desesperado—. Ese viejo está ciego. No pudo ver nada.
El anciano sonrió.
—Es cierto.
Hizo una breve pausa.
—Pero escuché cada palabra que pronunciaste mientras cambiabas las espadas y jurabas que nadie descubriría tu traición.

Los murmullos crecieron entre la multitud.
Los nobles presentes comenzaron a intercambiar miradas.
El joven sacó lentamente un pequeño medallón de plata que llevaba oculto bajo la ropa.
En cuanto el sol iluminó el emblema grabado, varios soldados cayeron de rodillas.
Era el sello personal de la antigua familia real.
El caballero dejó escapar un suspiro tembloroso.
—No…
El joven levantó la vista.
—¿Ahora entiendes por qué no podía morir aquella noche?
El traidor negó con la cabeza.
—Eso significa que tú eres…
Antes de que pudiera terminar la frase, una trompeta resonó desde la entrada de la ciudad.
Las enormes puertas del castillo comenzaron a abrirse.
Decenas de caballeros con armaduras negras entraron en formación perfecta.
Al frente cabalgaba una mujer cubierta con una capa azul.
Cuando desmontó, todos los presentes inclinaron la cabeza.
Era la comandante de la Guardia Imperial.
La mujer caminó directamente hasta el joven, se arrodilló sobre una rodilla y bajó la espada en señal de respeto.
—Mi príncipe…
La plaza entera quedó muda.
Pero el caballero sintió que el verdadero horror apenas comenzaba cuando la comandante pronunció las siguientes palabras.
—Su Majestad ha despertado… y ordena que el verdadero heredero regrese inmediatamente al palacio.