Parte 2: LA BODA QUE CAMBIÓ TODO

El fin de semana de la boda llegó demasiado rápido.

Cuando entré al salón del hotel en Chicago, intenté concentrarme en Sophie, en las flores, en la música y en cualquier cosa que no fuera buscarlo.

Pero entonces escuché una voz detrás de mí.

—Emma.

Me quedé inmóvil.

Nathan.

Me giré lentamente.

Seguía siendo él, pero algo había cambiado. Llevaba un traje oscuro, tenía el cabello ligeramente más largo y una expresión que no recordaba haber visto nunca en su rostro.

Nervios.

—Hola —dije.

—Hola.

Durante unos segundos ninguno supo qué decir.

Entonces Nathan sonrió.

—Sigues pidiendo café con leche helado de vainilla, medio dulce.

Mi corazón dio un vuelco.

—Y tú sigues tomando americano negro.

—Sí.

—Algunas cosas no cambian.

Nathan bajó la mirada.

—Otras sí.

Antes de que pudiera responder, Sophie apareció y prácticamente me arrastró hacia el grupo de damas de honor.

Durante toda la tarde intenté convencerme de que aquel encuentro no significaba nada.

Pero cuando comenzó la recepción, Nathan se acercó nuevamente.

—¿Podemos hablar?

—No creo que sea buena idea.

—Por favor.

Lo seguí hasta una terraza vacía.

El ruido de la fiesta quedó amortiguado detrás de las puertas.

Nathan respiró profundamente.

—Sé que me evitaste durante dos años.

—No te evité.

Me miró con incredulidad.

—Emma, fingiste estar enferma seis veces.

—Cinco.

Por primera vez, soltó una pequeña risa.

Pero enseguida volvió a ponerse serio.

—Te extrañé.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Nathan…

—Déjame terminar.

Asentí.

—Después de aquella cafetería, pensé que necesitabas espacio. Luego pasaron semanas. Después meses. Y cada vez que intentaba acercarme, desaparecías.

—Porque me dolía.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Nathan dio un paso hacia mí.

—Tienes razón. No lo sabía entonces. Pero durante estos dos años intenté entender por qué perder a mi mejor amiga me estaba afectando tanto.

Me quedé callada.

—Y descubrí algo —continuó—. Yo también confundí lo que sentía por ti.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando me dijiste que me amabas, entré en pánico porque tenía miedo de perderte. Pensé que si aceptaba lo que sentía y salía mal, te perdería para siempre.

—Pero me perdiste de todos modos.

Su rostro se contrajo.

—Sí.

Antes de que pudiera decir algo más, Sophie apareció en la puerta.

—Emma, necesito hablar contigo. Ahora.

La seguí al interior.

—¿Qué pasa?

Sophie me tomó de las manos.

—Hay algo que nunca te conté.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué?

—Nathan me pidió tu dirección hace seis meses.

Parpadeé.

—¿Para qué?

—Quería enviarte una carta.

—¿Una carta?

Sophie asintió.

—La escribió tres veces. Nunca se atrevió a enviarla.

Entonces metió la mano en su bolso y sacó un sobre doblado.

—Me pidió que te lo entregara si algún día ustedes volvían a hablar.

Miré mi nombre escrito en la parte delantera.

Emma.

Reconocí inmediatamente la letra de Nathan.

Abrí el sobre con manos temblorosas.

No leí todo.

Solo una frase bastó para detenerme.

“No sé cuándo dejaste de ser solamente mi mejor amiga, pero sé que fue mucho antes de que tuvieras el valor de decírmelo.”

Levanté la mirada.

Nathan estaba al otro lado del salón.

Y entonces comprendí el último giro.

No había venido a la boda solamente para hablar conmigo.

Había venido decidido a decirme la verdad.

Salí hacia él.

—¿La escribiste?

Nathan asintió.

—Sí.

—¿Por qué nunca la enviaste?

—Porque tenía miedo.

—¿De mí?

—De que me dijeras que ya era demasiado tarde.

Lo miré durante varios segundos.

—¿Y ahora?

Nathan se acercó.

—Ahora prefiero saber la verdad, aunque duela.

Respiré profundamente.

—Yo ya no soy la mujer que salió de aquella cafetería.

—Lo sé.

—Y no puedo prometerte que todo vuelva a ser como antes.

—No quiero que vuelva a ser como antes.

Se detuvo frente a mí.

—Quiero algo diferente.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Estás seguro?

—Por primera vez en mi vida, sí.

Entonces Nathan tomó mi mano.

No hubo una declaración perfecta.

No hubo música romántica ni aplausos.

Solo dos personas que habían perdido dos años intentando protegerse del mismo sentimiento.

—Emma —susurró—, me enamoré de ti cuando todavía pensaba que solamente eras mi mejor amiga.

Sonreí entre lágrimas.

—Te tomó bastante tiempo darte cuenta.

—Lo sé.

—Dos años.

—Lo sé.

—Eres un idiota.

Nathan sonrió.

—También lo sé.

Me reí.

Y por primera vez en mucho tiempo, la risa no dolió.

Después de la boda, no nos convertimos mágicamente en una pareja perfecta.

Fuimos despacio.

Tuvimos conversaciones difíciles.

Hablamos de lo que pasó, de lo que sentimos y de todo aquello que habíamos dejado sin decir.

Nathan incluso volvió conmigo a aquella cafetería detrás de Northwestern.

Se sentó frente a mí y pidió su americano negro.

Yo pedí mi café con leche helado de vainilla.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

Miré por la ventana.

—De haberte amado, no.

Él sonrió.

—Yo tampoco.

Entonces tomé su mano sobre la mesa.

Dos años atrás había salido de ese lugar creyendo que había perdido a mi mejor amigo para siempre.

Ahora entendía algo diferente.

A veces, alejarse de alguien no significa dejar de amarlo. Significa darte el espacio necesario para descubrir si esa persona está dispuesta a encontrarte a mitad del camino.

Nathan lo había hecho.

Y esta vez, cuando me miró, no hubo miedo en sus ojos.

Solo amor.

El amor que ambos habíamos tardado demasiado en reconocer.

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