Parte 2: LA VIDA QUE ALEJANDRO HABÍA OCULTADO

Laura me llamó esa misma tarde.

—Sofía, encontré algo. Y creo que deberías sentarte.

—Habla.

—Claudia Serrano no es simplemente una compañera de trabajo. Estuvo casada con Alejandro hace cinco años.

Sentí que el aire se me escapaba.

—¿Qué dijiste?

—Se divorciaron antes de que tú lo conocieras. Pero hay algo más. Ella tiene una empresa registrada en Berlín.

Abrí los documentos que había guardado del banco.

—¿Qué tipo de empresa?

—Consultoría financiera. Y Alejandro aparece como representante legal.

Cerré los ojos.

Entonces comprendí que Alemania no era un destino de trabajo. Era un plan.

Esa noche, Laura me envió otro archivo.

Era una copia de un contrato.

Alejandro había comprado una propiedad en Múnich tres semanas antes.

El pago inicial era exactamente de 600.000 yuanes.

La misma cantidad que aparecía en la transferencia.

Pero había algo que no encajaba.

La propiedad estaba registrada a nombre de Claudia.

—No puede ser —murmuré.

Entonces Laura volvió a llamar.

—Sofía, todavía falta algo.

—¿Qué?

—Revisé los documentos de la empresa. Alejandro no figura como socio. Solo como representante.

—¿Entonces quién es el dueño?

Laura guardó silencio unos segundos.

—Tú.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo que yo?

—La empresa está vinculada a una sociedad que fue creada con documentos tuyos. Tu nombre aparece como beneficiaria.

Me quedé mirando la pantalla.

Alejandro había usado mi identidad para construir una empresa en Alemania.

Pero todavía no entendía por qué.

Dos días después recibí un correo de un abogado alemán.

Decía que representaba a una firma que había detectado movimientos financieros sospechosos relacionados con Alejandro.

Lo llamé inmediatamente.

—¿Qué está pasando?

—Señora Sofía, su esposo solicitó hace meses una línea de crédito utilizando documentos financieros de su matrimonio.

—¿Para qué?

—Para comprar varias propiedades y trasladar activos fuera del país.

Mi estómago se contrajo.

—¿Y Claudia?

—La señora Serrano colaboró con él durante la investigación.

—¿Es su amante?

Hubo un silencio.

—No exactamente.

Me quedé inmóvil.

—Entonces, ¿qué es?

—Su socia.

Aquella respuesta cambió todo.

El abogado me explicó que Claudia había sido la primera esposa de Alejandro y que ambos habían mantenido negocios juntos después del divorcio.

El viaje a Alemania no era una escapada romántica. Era el último paso de una operación financiera que llevaba meses preparando.

Pero había un detalle que Alejandro no había previsto.

Su error había sido utilizar mi nombre.

El abogado me envió todos los documentos.

Había contratos falsificados, solicitudes de crédito y transferencias.

Y también una confesión.

Claudia había comenzado a sospechar que Alejandro planeaba dejarla con todas las deudas cuando la operación terminara.

Por eso había enviado la fotografía de los boletos a Laura.

Ella quería que yo descubriera la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

—¿Entonces Claudia me ayudó? —pregunté.

—Sí —respondió el abogado—. Y está dispuesta a declarar.

Al día siguiente, Claudia me llamó.

No quería contestar.

Pero finalmente lo hice.

—¿Por qué me enviaste los boletos?

—Porque Alejandro pensaba que podía engañarnos a las dos.

—¿Y qué quería conseguir?

—Todo. Tu dinero, mis propiedades y la empresa.

Me quedé callada.

—¿Por qué debería creerte?

—Porque tengo los documentos que pueden demostrarlo.

Tres semanas después, Alejandro regresó.

No llegó con la seguridad del hombre que había partido hacia Alemania.

Llegó acompañado por un abogado.

Cuando abrió la puerta de nuestro departamento, me encontró sentada en la sala.

Sobre la mesa había una carpeta.

—Sofía…

—Siéntate.

—Puedo explicarlo.

—Ya no necesito explicaciones.

Él miró los documentos.

Su rostro perdió el color.

—¿Cómo conseguiste eso?

—De la misma forma en que tú conseguiste mi dinero. Revisando documentos.

—No entiendes lo que pasó.

—Entonces explícame por qué usaste mi identidad para pedir créditos.

No respondió.

—Explícame por qué transferiste 600.000 yuanes para una propiedad que nunca estuvo a tu nombre.

Silencio.

—Y explícame por qué Claudia está dispuesta a declarar contra ti.

Alejandro bajó la cabeza.

Por primera vez en ocho años, no tenía ninguna respuesta.

—Yo solo quería empezar de nuevo —susurró.

—Podías haber pedido el divorcio.

—Tenía miedo de perderlo todo.

Lo miré fijamente.

—Y por miedo a perderlo todo, decidiste quitármelo todo a mí.

El proceso legal duró varios meses.

Las transferencias fueron rastreadas.

Los documentos falsificados quedaron registrados.

Los créditos fueron congelados.

Y gracias a las pruebas que Claudia entregó, las autoridades pudieron demostrar que Alejandro había organizado la operación mucho antes de aquel viaje.

Los 600.000 yuanes fueron recuperados.

También recuperé el resto de los fondos que él había intentado mover.

El divorcio fue inevitable.

Pero, contra todo lo que había imaginado aquella mañana en el aeropuerto, no terminó destruida.

Terminó libre.

Vendí nuestra antigua casa y compré un departamento pequeño cerca del mar.

No necesitaba una mansión.

No necesitaba millones.

Necesitaba volver a reconocerme.

Un año después, Laura vino a visitarme.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —me dijo mientras tomábamos café.

—¿Qué?

—Que todo empezó porque viste dos boletos de avión.

Sonreí.

—No. Todo empezó porque durante ocho años confié en alguien que no merecía mi confianza.

Laura levantó su taza.

—Entonces, ¿qué aprendiste?

Miré por la ventana.

El mar brillaba bajo el sol.

—Que perder a una persona no siempre significa perder tu vida.

Hice una pausa.

—A veces significa recuperarla.

Y aquella vez, cuando mi teléfono vibró, no sentí miedo.

Era un mensaje del abogado.

Los últimos trámites estaban terminados.

Todo mi dinero estaba de vuelta. La empresa había sido disuelta. Alejandro ya no tenía ningún vínculo legal conmigo.

Apagué el teléfono.

Respiré profundamente.

Por primera vez en muchos años, no tenía que preocuparme por dónde estaba mi marido, con quién viajaba ni qué secreto escondía.

Mi vida finalmente me pertenecía.

Y eso valía mucho más que los 2,9 millones de yuanes que había transferido aquella mañana.

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