A la mañana siguiente, desperté antes que Andrew.
No había dormido casi nada.
Me quedé mirando el techo mientras una pregunta se repetía en mi cabeza: ¿cuántas veces había confundido sus excusas con amor?
A las siete, Andrew apareció en la puerta con dos tazas de café.
—Buenos días.
Lo miré sin sonreír.
—Tenemos que hablar.
Su expresión cambió.
—¿Sobre Claire?
—Sobre todo.
Dejó el café sobre la mesa.
—Emma, te juro que entre nosotros no pasó nada.
—No te pregunté eso.
—Entonces, ¿qué quieres saber?
Saqué de mi bolso el pequeño papel de la pastelería.
—Quiero saber por qué durante seis años pensé que odiabas esperar, cuando anoche descubrí que podías esperar veinte minutos por una mujer que apenas conoces.
Andrew bajó la mirada.
—No es lo que parece.
—Entonces explícame.
Guardó silencio.
Finalmente dijo:
—Claire me pidió ayuda porque estaba pasando por algo complicado.
—¿Y por eso le llevaste un cóctel?
—Sí.
—¿Y por eso la llevaste a su casa?
—Sí.
—¿Y por eso hablaste con ella durante tres minutos mientras yo estaba en la habitación de al lado?
Andrew palideció.
—¿Escuchaste?
—No necesitaba escuchar las palabras. Necesitaba escuchar el tono.
Él se sentó frente a mí.
—Emma, Claire descubrió algo sobre la empresa. Algo que podía afectar a varios empleados. Estaba asustada.
Fruncí el ceño.
—¿Qué descubrió?
Andrew respiró profundamente.
—Una transferencia de dinero a una cuenta que nadie podía justificar.
Aquello no era lo que esperaba.
—¿Y qué tiene que ver eso contigo?
—Mucho.
Sacó su teléfono y me mostró varios documentos.
El nombre de Claire aparecía como beneficiaria de una transferencia que ella aseguraba no haber autorizado.
—Pensé que alguien estaba intentando incriminarla —dijo—. Por eso decidí ayudarla.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba, pero no lo suficiente.
—¿Y por qué me mentiste?
Andrew no respondió.
Entonces su teléfono vibró.
Era Claire.
Andrew atendió.
—¿Sí?
Su rostro cambió de inmediato.
—¿Qué?
Se puso de pie.
—No abras esa puerta. Quédate donde estás.
Me levanté.
—¿Qué pasó?
Andrew me miró.
—Encontraron al responsable.
—¿Quién?
Su silencio fue suficiente.
—Andrew.
—Mi jefe.
Me quedé helada.
—¿Tu jefe?
—Sí.
El hombre que había aprobado nuestras vacaciones, firmado mi seguro médico y brindado conmigo en la cena de compromiso.
Andrew tomó las llaves.
—Tengo que irme.
—No.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Si vas a meterte en esto, yo voy contigo.
—Es peligroso.
—Y yo llevo seis años esperando a que seas honesto conmigo.
Andrew me sostuvo la mirada.
Por primera vez no discutió.
—Está bien.
Una hora después, Claire nos esperaba en una cafetería.
Pero no estaba sola.
Sobre la mesa había una carpeta gruesa.
—Todo está aquí —dijo ella—. Correos, transferencias y grabaciones.
Andrew abrió la carpeta.
Yo observé los documentos.
Entonces vi algo que me hizo contener la respiración.
—Espera.
Señalé una firma.
—Esta no es de Claire.
Andrew negó con la cabeza.
—No.
La miró nuevamente.
—Tampoco es la de mi jefe.
Claire tragó saliva.
—Entonces, ¿de quién es?
Tomé una fotografía que estaba debajo de los documentos.
Era la firma de Andrew.
El silencio cayó sobre la mesa.
Claire me miró.
Andrew también.
—No puede ser —murmuró él.
Yo recordé la noche anterior.
Su camisa.
La mancha de licor.
Su teléfono.
La llamada.
Y comprendí que había algo que ninguno de los dos había visto.
—Andrew —dije lentamente—, ¿quién tenía acceso a tu oficina?
Él levantó la cabeza.
—Solo mi asistente anterior.
—¿Quién?
—Daniel.
Claire palideció.
—Daniel renunció hace tres meses.
Andrew revisó los documentos.
—Pero seguía teniendo acceso al sistema.
El segundo giro llegó cuando Claire recibió un mensaje.
Daniel había sido detenido esa misma mañana.

Y había confesado.
Había falsificado documentos usando las cuentas de Andrew y de Claire para desviar dinero.
Pero había una última cosa.
Daniel aseguró que alguien dentro de la empresa le había pagado para hacerlo.
Andrew cerró los ojos.
—Mi jefe.
Claire asintió.
La policía ya tenía pruebas suficientes.
El caso quedó resuelto esa misma semana.
Pero para mí quedaba otro problema.
Andrew.
La noche antes de la boda cancelé el evento.
Él vino a verme.
—Emma, por favor.
—No voy a casarme contigo.
Su rostro se quebró.
—¿Por Claire?
Negué.
—Por mí.
—Yo te amo.
—Tal vez.
Respiré profundamente.
—Pero durante años acepté demasiado poco porque tenía miedo de perderte.
Andrew bajó la cabeza.
—¿Entonces todo terminó?
—Nuestro compromiso, sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Y nosotros?
Lo miré durante varios segundos.
—Eso dependerá de si alguna vez aprendes que amar a alguien también significa esperarlo.
Seis meses después, recibí una llamada.
Era Andrew.
—Estoy afuera de la pastelería.
Sonreí sin querer.
—¿Por qué?
—Porque quiero hablar contigo.
—Hay una fila.
—Lo sé.
—Puede durar una hora.
Hubo un silencio.
Entonces respondió:
—Puedo esperar.
Fui hasta la ventana.
Ahí estaba.
Sin traje.
Sin reloj en la mano.
Sin mirar impaciente a los demás.
Solo esperando.
Cuando llegó mi turno, salí.
Andrew sonrió.
—Hola.
—Hola.
—No vine a pedirte que vuelvas conmigo.
Eso me sorprendió.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Aprendiendo a esperar.
Me entregó una pequeña caja.
Dentro había un postre de arroz dulce con pera y flores de osmanthus.
El mismo que mi madre preparaba.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Lo hiciste tú?
—Lo intenté. La primera versión fue horrible.
Me reí.
Él también.
—Emma, no puedo cambiar los seis años que desperdicié. Pero sí puedo decidir qué hacer con los próximos.
Lo miré.
Esta vez no necesitaba promesas.
Solo hechos.
—Podemos empezar con un café.
Andrew sonrió.
—¿Hay fila?
Miré hacia la cafetería.
Había unas quince personas.
—Sí.
Él extendió la mano.
—Entonces esperamos.
Y por primera vez en seis años, no fui yo quien tuvo que esperar por él.
Esperamos juntos.