PARTE 2
Laura no tocó la copa.
La mujer de negro dejó la bandeja sobre la mesa y la observó con una serenidad inquietante.
—¿No tienes sed? —preguntó.
—Quiero marcharme.
—Eso depende de lo que estés dispuesta a confesar.
Carlos soltó el brazo de Laura y se acomodó el saco como si aquella reunión fuera una cena de negocios.
—No exageres, Victoria. La estás asustando.
La mujer sonrió.
—Ese era tu propósito al traerla aquí.
Laura miró a ambos.
—¿De qué estáis hablando?
Victoria tomó las llaves doradas y las hizo girar alrededor de su dedo.
—Carlos te ha mentido. Pero no eres la primera mujer a la que trae a esta casa.
Laura sintió un nudo en el estómago.
—Me dijo que estaba divorciado.
—También les dijo lo mismo a las otras.
Carlos golpeó la mesa.
—Basta.
Victoria no se inmutó.
—Todas entraron por esa puerta creyendo que él era el dueño. Todas desaparecieron de su vida después de descubrir la verdad.
Laura miró hacia el pasillo oscuro.
—¿Qué verdad?
Victoria señaló las tres copas.
—Bebe y te la contaré.
—No voy a beber nada.
—Bien. Entonces todavía conservas algo de inteligencia.
Carlos dejó escapar una risa seca.
—No hay nada en el vino. Solo intenta manipularte.
Victoria tomó una de las copas y bebió lentamente.
Después empujó otra hacia Carlos.
—Adelante.
Él no la tocó.
Laura comprendió de inmediato que el peligro no estaba dentro de las copas.
Estaba entre las tres personas sentadas alrededor de aquella mesa.
—¿Por qué me ha traído aquí? —preguntó.
Victoria miró a Carlos.
—Porque cree que tienes algo que le pertenece.
Laura retrocedió.
—No tengo nada suyo.
—Las llaves —respondió Carlos.
El corazón de Laura se detuvo por un instante.
Hacía dos semanas, Carlos había dejado accidentalmente un pequeño llavero dorado dentro de su bolso. Ella quiso devolvérselo, pero él le aseguró que no era importante.
Las mismas llaves que Victoria sostenía en ese momento.
Laura abrió su bolso y comenzó a buscar.
El llavero ya no estaba.
—Me las quitaste —susurró.
Carlos sonrió.
—Necesitaba que pareciera que tú las habías robado.
Victoria cerró los dedos alrededor de las llaves.
—Carlos quería culparte de haber entrado en una habitación prohibida.
—¿Qué hay dentro?
Ninguno respondió.
Entonces el olor a quemado se intensificó.
Una alarma comenzó a sonar en la cocina.
Victoria se levantó rápidamente.
—No es la cena.
Corrió hacia el pasillo.
Carlos intentó detenerla, pero Laura le bloqueó el paso.
—¿Qué has hecho?
Él la empujó contra una silla y salió detrás de Victoria.
Laura se recompuso y los siguió.
Al final del corredor había una puerta de madera oscura con tres cerraduras diferentes. Una columna de humo escapaba por debajo.
Victoria introdujo la primera llave.
Después la segunda.
Cuando intentó utilizar la tercera, descubrió que estaba doblada.
—La has cambiado —dijo mirando a Carlos.
—No sé de qué hablas.
—Solo tú conocías el mecanismo.
El humo comenzó a llenar el pasillo.
Laura tomó un pesado candelabro y golpeó la cerradura.
La madera resistió el primer impacto.
—Ayúdame —ordenó a Carlos.
Él retrocedió.
—No deberíamos abrirla.
Victoria lo miró con horror.
—Tú provocaste el incendio.
Carlos corrió hacia la salida principal.
Pero el candado electrónico seguía bloqueado.
Golpeó la pantalla una y otra vez mientras la alarma aumentaba de intensidad.
Laura volvió a golpear la puerta.
Esta vez la cerradura cedió.
La habitación estaba llena de humo, pero las llamas todavía no se habían extendido por completo.
En el centro había una mesa cubierta de documentos.
Junto a la pared, varias fotografías mostraban a Carlos con distintas mujeres.
Laura reconoció algunos lugares.
Hoteles.
Restaurantes.
Aeropuertos.
Cada fotografía tenía una fecha y una cantidad escrita en la parte posterior.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Victoria tomó una carpeta antes de que el fuego pudiera alcanzarla.
—Son mujeres a las que Carlos convenció para invertir en empresas falsas.
Laura sintió que el cuerpo se le enfriaba.
Meses atrás, él también le había pedido dinero para un supuesto proyecto inmobiliario.
Ella se había negado.
—Por eso comenzó a presionarme.
—Cuando no quisiste darle dinero, decidió utilizarte como culpable —explicó Victoria—. Planeaba quemar estos documentos y decir que entraste aquí para robarlos.
Carlos apareció en la puerta con el rostro desencajado.
—¡Dadme esa carpeta!
Se lanzó sobre Victoria.
Laura se interpuso y recibió el golpe en el hombro.
La carpeta cayó al suelo.

Los documentos se dispersaron entre el humo.
Victoria empujó a Carlos contra la pared y recogió un pequeño dispositivo negro que había quedado oculto debajo de los papeles.
—Esto era lo que realmente buscabas.
Carlos palideció.
—Dámelo.
—Aquí están todas las transferencias, las grabaciones y los nombres de tus socios.
Laura miró a Victoria.
—¿Por qué no lo entregaste antes a la policía?
La mujer bajó la voz.
—Porque uno de sus socios trabaja dentro de la comisaría.
Carlos aprovechó la distracción y arrancó el dispositivo de sus manos.
Después corrió hacia una ventana lateral.
Victoria tomó las llaves doradas y presionó un pequeño botón oculto.
Las persianas metálicas descendieron de golpe.
Carlos quedó atrapado.
—Las llaves no solo abren puertas —dijo ella—. También controlan toda la casa.
El sonido de sirenas comenzó a escucharse en el exterior.
Carlos miró a Victoria con incredulidad.
—Dijiste que no podíamos llamar a la policía.
—No llamé a la comisaría local.
Las puertas principales se desbloquearon.
Varios agentes vestidos con uniformes especiales entraron en la mansión acompañados por bomberos.
Carlos intentó esconder el dispositivo dentro de su saco, pero uno de los agentes lo redujo.
—Carlos Mendoza, queda detenido por fraude, extorsión e intento de destrucción de pruebas.
Laura observó cómo le colocaban las esposas.
—¿Cuánto tiempo llevabas planeando esto? —preguntó.
Carlos la miró con odio.
—Desde el día en que rechazaste invertir.
Victoria entregó la carpeta al agente al mando.
—Aquí está todo.
Cuando los bomberos controlaron el incendio, Laura se sentó en los escalones de la entrada. Todavía temblaba.
Victoria se acercó y colocó una manta sobre sus hombros.
—Siento haberte utilizado para obligarlo a cometer un error.
Laura levantó la mirada.
—¿Tú también me trajiste aquí?
—Sabía que Carlos planeaba convertirte en su nueva víctima. Necesitaba detenerlo antes de que desapareciera con las pruebas.
—Entonces ¿nunca fuiste su esposa?
Victoria guardó silencio.
Después sacó una fotografía quemada de su bolsillo.
En ella aparecía junto a Carlos durante una boda celebrada muchos años atrás.
—Sí fui su esposa.
—¿Y ahora?
—Legalmente, sigo siéndolo.
Laura sintió vergüenza.
—Yo no sabía nada.
—Lo sé.
Victoria miró hacia la mansión.
—Carlos llevaba años diciendo que yo estaba muerta.
Laura recordó las palabras que él había pronunciado al inicio de la noche.
“Mi esposa ha vuelto.”
No había sido una broma.
Carlos realmente creía que Victoria jamás regresaría.
Uno de los agentes salió con una caja metálica.
—Señora Victoria, encontramos esto detrás de la pared.
Ella abrió la caja.
Dentro había varios pasaportes, joyas y teléfonos antiguos.
También había una pequeña libreta con nombres y fechas.
Laura leyó el último nombre escrito en la lista.
Era el suyo.
Junto a él aparecía una fecha futura y una sola palabra:
Desaparición.
Laura sintió que las piernas le fallaban.
—Pensaba matarme.
Victoria negó lentamente.
—No exactamente.
Pasó varias páginas hasta encontrar otra lista.
—Estas mujeres no están muertas.
—¿Entonces dónde están?
Victoria señaló un nombre repetido junto a varias direcciones internacionales.
—Carlos no trabajaba solo. Entregaba identidades, cuentas bancarias y documentos a una organización que hacía desaparecer personas para utilizar sus nombres.
Laura levantó la vista, horrorizada.
—¿Quién dirige esa organización?
Victoria cerró la libreta.
—La misma persona que me ayudó a fingir mi muerte y regresar esta noche.
Un coche negro permanecía estacionado al otro lado de la calle.
La ventanilla trasera descendió lentamente.
Dentro había una mujer mayor observándolas.
Laura reconoció su rostro.
Era su propia madre.
La mujer a la que llevaba cinco años creyendo muerta.