La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas mientras abandonaba la mansión sin mirar atrás.
Sentía que cada gota lavaba una parte del amor que había entregado durante siete años.
A mi lado, Gabriel conducía en silencio.
Había sido el director financiero de la empresa hasta que Marcos lo acusó falsamente de desviar millones y lo despidió delante de todo el consejo.
—Nunca robé un solo euro —dijo sin apartar la vista de la carretera—. Descubrí algo que no debía.
Lo observé con atención.
—¿Qué descubriste?
Gabriel sacó una memoria USB del bolsillo de su chaqueta.
—Una cuenta bancaria secreta abierta en Luxemburgo.
Mi respiración se detuvo.
—¿De quién?
—De Marcos… y de Clara.
El nombre de aquella mujer hizo que la rabia volviera a recorrer mi cuerpo.
Ella no solo me había quitado al hombre que amaba.
También llevaba años ayudándolo a ocultar una inmensa fortuna.
—No pienso quedarme mirando.

Gabriel asintió.
—Mañana habrá una reunión con los inversionistas. Si mostramos esto, perderán el control de la empresa.
A la mañana siguiente entramos en el edificio principal.
Nadie esperaba verme regresar.
Las conversaciones se apagaron al instante.
Marcos sonrió con desprecio.
—Pensé que ya habías entendido que aquí no tienes nada.
Le devolví la mirada.
—Eso está por verse.
Gabriel conectó la memoria al proyector.
La primera pantalla mostró decenas de transferencias ocultas.
La segunda reveló empresas fantasma.
La tercera contenía una lista de sobornos firmados por Marcos.
Los accionistas comenzaron a levantarse de sus asientos.
Clara perdió el color del rostro.
—¡Todo eso es falso!
—Entonces explica por qué tu firma aparece en cada operación —respondió Gabriel.
El presidente del consejo ordenó suspender inmediatamente la reunión.
Dos auditores externos comenzaron a revisar los documentos.
Marcos me señaló con un dedo tembloroso.
—¡Tú preparaste esta trampa!
Negué lentamente.
—No. Tú la construiste durante años.
En ese instante, la secretaria del consejo entró corriendo.
—La policía económica está en la recepción.
El rostro de Marcos se volvió completamente blanco.
Pero, antes de que los agentes pudieran entrar en la sala, él sonrió de forma inesperada.
—Llegaron demasiado tarde.
Sacó un mando a distancia del bolsillo y pulsó un botón.
Todas las pantallas del edificio se apagaron al mismo tiempo.
Los archivos desaparecieron frente a nuestros ojos.
Gabriel quedó inmóvil.
La única copia de las pruebas acababa de borrarse.
O eso era exactamente lo que Marcos quería que creyéramos.
Porque, mientras todos observaban las pantallas negras, yo llevaba una segunda memoria USB escondida dentro del forro de mi bolso.
La verdadera partida acababa de comenzar.