El anciano se desplomó sobre la alfombra mientras el salón estallaba en gritos.
La secretaria corrió hacia él.
—¡No respira con normalidad!
El impostor sonrió con absoluta tranquilidad.
—Ya es demasiado tarde.
Los hombres de negro intentaron sujetarlo.
Pero, en un movimiento inesperado, sacó una pequeña cápsula de humo de su bolsillo y la lanzó al suelo.
Una espesa nube gris cubrió la habitación.
Cuando el humo comenzó a disiparse, el joven había desaparecido.
—¡Cierren todas las salidas! —ordenó el tío Shen con el poco aliento que le quedaba.
Los médicos privados de la familia llegaron apenas unos minutos después.
Tras administrarle un antídoto de emergencia, consiguieron estabilizar su pulso.
El anciano abrió lentamente los ojos.
—No… busquen al falso sobrino.
Busquen al verdadero.
Uno de los guardaespaldas dio un paso al frente.
—Hemos registrado toda la mansión.
No está.
Entonces la secretaria recordó algo.

—Hace una hora desapareció la señal de las cámaras del sótano.
Todos corrieron hacia el nivel inferior.
Tras una pesada puerta metálica encontraron una habitación completamente oscura.
Atado a una silla permanecía un joven inconsciente.
Al acercarse, el tío Shen sintió que el corazón se le detenía.
En la parte posterior del cuello brillaba una pequeña marca de nacimiento.
El auténtico heredero.
Los médicos rompieron las ataduras y comenzaron a atenderlo.
El muchacho abrió lentamente los ojos.
—Llegaron… demasiado tarde…
—¿Quién hizo esto? —preguntó el anciano.
El joven apenas podía hablar.
—No actuaba solo…
Le entregó un pequeño botón dorado que había arrancado durante el forcejeo.
El tío Shen lo observó con atención.
Aquel botón llevaba grabado el escudo exclusivo del consejo directivo de la empresa familiar.
Solo cinco personas utilizaban aquel uniforme.
Todos estaban presentes en la mansión.
El anciano levantó lentamente la mirada.
Cinco ejecutivos permanecían inmóviles en el salón principal.
Uno de ellos acababa de perder el color del rostro.
Antes de que pudiera escapar, sonó un disparo desde el jardín.
Las ventanas explotaron en mil pedazos.
Un francotirador acababa de abrir fuego contra la familia.
Mientras los guardaespaldas protegían al patriarca, el verdadero heredero pronunció unas últimas palabras antes de volver a perder el conocimiento.
—El impostor… solo era… el primer peón…
Entonces todos comprendieron que la lucha por la herencia nunca había sido un simple fraude.
Era el inicio de una conspiración preparada durante más de veinte años.