PARTE 2
Mateo abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro encontró tres documentos, una llave pequeña y una carta escrita por su padre pocos días antes de morir.
Doña Leonor intentó acercarse.
—Dame eso inmediatamente.
Mateo retrocedió.
—Ya me quitaste demasiadas cosas.
El viejo sirviente se colocó entre ambos.
—No volverá a tocarlo.
La madrastra soltó una carcajada nerviosa.
—¿De verdad pensáis que un simple papel puede arrebatarme todo lo que construí?
Mateo desplegó el primer documento.
Era el testamento original.
Su padre le dejaba la mansión, las empresas y la mayor parte de las acciones familiares. Leonor solo recibiría una cantidad mensual mientras respetara los derechos del joven.
Pero había una condición adicional.
Si ella intentaba ocultar el testamento, maltratar a Mateo o apropiarse ilegalmente de los bienes, perdería absolutamente todo.
El comedor quedó en silencio.
—Esto no tiene validez —dijo Leonor—. Tu padre estaba enfermo y no sabía lo que firmaba.
Una voz desconocida respondió desde la entrada.
—Estaba en pleno uso de sus facultades.
Un notario entró acompañado por dos abogados y una mujer de traje oscuro.
Doña Leonor palideció.
—¿Quién los dejó entrar?
—Yo los llamé —contestó el viejo sirviente—. El patrón me ordenó entregar el sobre solo cuando usted revelara sus verdaderas intenciones delante de testigos.
La mujer de traje colocó una grabadora sobre la mesa.
Durante los últimos meses, varias cámaras ocultas habían registrado los insultos, las amenazas y el trato degradante contra Mateo.
También habían captado a Leonor buscando documentos en el despacho del difunto y ordenando quemar cajas de archivos.
Ella miró a sus cómplices.
—Decid algo. Todos sabéis que esto es una mentira.
Las dos sirvientas que la habían apoyado bajaron la cabeza.
Una de ellas comenzó a llorar.
—Nos amenazó con despedirnos y dejar a nuestras familias en la calle.
Leonor golpeó la mesa.
—¡Desagradecidas!
Mateo abrió el segundo documento.
Contenía movimientos bancarios realizados después de la muerte de su padre.
Millones habían sido transferidos desde las cuentas de la empresa hacia sociedades controladas por Leonor.
El notario frunció el ceño.
—Estas operaciones no estaban autorizadas.
—Yo administraba la familia —respondió ella—. Tenía derecho.
—No tenía derecho a falsificar la firma de su esposo —dijo uno de los abogados.
La puerta volvió a abrirse.
Dos agentes entraron en el comedor.
Leonor retrocedió.
—No pueden detenerme en mi propia casa.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—Esta nunca fue tu casa.
La mujer perdió el control.
Se abalanzó sobre él intentando arrebatarle la carta, pero los agentes la sujetaron antes de que pudiera alcanzarlo.
—¡Todo esto también me pertenece! —gritó—. ¡Yo soporté a tu padre durante años!
Mateo abrió la carta.
La voz se le quebró al reconocer las palabras de aquel hombre.
“Mateo, si estás leyendo esto, significa que Leonor consiguió apartarte de tu lugar. No confíes en las apariencias. Mi muerte no fue natural y la llave de este sobre abre la habitación que ella nunca quiso que encontraras.”
Todos miraron a la madrastra.
Su rostro quedó completamente blanco.
—Eso es una mentira.
El viejo sirviente señaló el antiguo retrato del fundador colgado junto a la chimenea.
Mateo introdujo la llave en una pequeña cerradura escondida detrás del marco.
La pared emitió un crujido y comenzó a desplazarse.
Detrás apareció una habitación secreta.
En su interior había archivos, frascos de medicamentos, cuentas bancarias y una caja fuerte abierta.
Sobre una mesa descansaba el historial médico del padre de Mateo.
La mujer de traje revisó los documentos.
—Alguien cambió sus medicinas durante los últimos meses de vida.
Mateo sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Ella lo hizo?
El viejo sirviente negó lentamente.
—Doña Leonor compraba los medicamentos, pero otra persona se los administraba.
Los presentes se miraron con inquietud.
En la habitación apareció una fotografía reciente.
Mostraba a Leonor hablando con el médico privado de la familia.
Junto a ellos estaba el hermano mayor de Mateo, Adrián, quien supuestamente vivía en el extranjero desde hacía años.
Mateo observó la imagen con incredulidad.
—Mi hermano dijo que no regresó para el funeral porque estaba enfermo.
Leonor dejó de resistirse.
Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.
—Adrián siempre fue más inteligente que tú.
Mateo abrió el tercer documento.
Era un contrato secreto.
Su hermano había prometido entregar una parte de las empresas a Leonor a cambio de que ella lo ayudara a eliminar a Mateo de la herencia.

—¿Adrián participó en todo esto? —preguntó con la voz rota.
—Él fue quien tuvo la idea —respondió Leonor—. Yo solo hice lo necesario para protegerme.
Los agentes se la llevaron mientras ella continuaba riendo.
—Crees que has ganado porque recuperaste una casa y unas acciones.
Mateo no apartó la mirada.
—He recuperado la verdad.
Leonor se detuvo en la puerta.
—No. Solo encontraste lo que Adrián quería que encontraras.
Horas después, los abogados confirmaron la validez del testamento.
Mateo recuperó legalmente el control de la mansión y de las empresas. También ordenó pagar los salarios retenidos de los sirvientes y abrió una investigación sobre todas las cuentas manipuladas.
Sin embargo, al revisar la habitación secreta, encontró un teléfono escondido dentro de la caja fuerte.
Tenía un único mensaje recibido aquella misma mañana.
El remitente era Adrián.
“Cuando Mateo abra la habitación, activa el plan final. La muerte de nuestro padre fue solo el principio.”
Mateo sintió un escalofrío.
En ese instante, todas las luces de la mansión se apagaron.
Desde el exterior se escuchó el sonido de varios vehículos entrando en la propiedad.
El viejo sirviente miró por la ventana y perdió el color del rostro.
—El señor Adrián ha regresado.
Mateo cerró la mano alrededor del teléfono.
La batalla contra su madrastra había terminado.
Pero la verdadera guerra por el imperio familiar acababa de comenzar.