El repartidor descendió los primeros escalones intentando convencerse de que todo había terminado.
Trescientos años de búsqueda.
Miles de rostros equivocados.
Y ahora una simple calcomanía.
Soltó una amarga sonrisa.
—Qué ridículo…
Ajustó la correa de la bolsa térmica y sacó su teléfono para confirmar la entrega.
La joven seguía observándolo desde la puerta.
No sabía por qué.
Algo en la tristeza de aquel desconocido le resultaba inquietantemente familiar.
Bajó la vista hacia el vaso de té con leche.
En la tapa había una pequeña nota escrita a mano.
“Gracias por existir.”
Frunció el ceño.
Ella jamás había visto ese mensaje en un pedido.
Corrió hacia las escaleras.
—¡Espera!
El hombre se detuvo lentamente.
—¿Sí?
—¿Nos conocemos de algún lugar?
Él negó con una sonrisa cansada.
—No.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Solo soy un repartidor.
La joven sintió una extraña decepción.
No entendía por qué.
En ese instante, el vaso resbaló accidentalmente de sus manos.
El té con leche cayó sobre el suelo.
El líquido frío salpicó su muñeca.
Instintivamente levantó la mano para limpiarse.
Entonces ocurrió algo imposible.
Debajo del lugar donde había estado pegada la calcomanía comenzó a aparecer una tenue luz dorada.
Los dos quedaron inmóviles.
Una delicada figura en forma de loto fue surgiendo lentamente bajo la piel.
No era pintura.
No era tinta.
Brillaba como si hubiera permanecido dormida durante siglos.
El repartidor dejó caer el casco.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No…
Su voz apenas era un susurro.
—Esta vez… es real.

La joven observó la marca con el corazón acelerado.
Nunca había visto algo semejante.
—¿Qué está pasando?
Antes de que él pudiera responder, un estruendo sacudió todo el edificio.
Las luces comenzaron a parpadear.
El aire se volvió insoportablemente frío.
En el pasillo apareció una grieta oscura que parecía rasgar el propio espacio.
De su interior emergió una figura cubierta con una armadura negra.
Sus ojos brillaban con un intenso color carmesí.
El recién llegado clavó la mirada en la joven.
Después sonrió lentamente.
—Al fin te encontré.
El repartidor dio un paso al frente para protegerla.
Su expresión había cambiado por completo.
Ya no parecía un simple repartidor.
Sus ojos reflejaban la misma autoridad que un antiguo guerrero inmortal.
—Trescientos años huyendo de ti…
Su voz retumbó con una fuerza desconocida.
—Y todavía no has aprendido a rendirte.
El hombre de la armadura desenvainó una espada negra.
—Esta vez, ninguno de los dos escapará.