La oficina estaba completamente vacía cuando crucé la puerta principal a las once y media de la noche.
Las luces de Navidad seguían encendidas en la recepción.
Durante años había pedido que nadie trabajara en Nochebuena.
Aquella era la primera excepción.
Mi secretaria ejecutiva, Isabel Romero, ya me esperaba en la sala de juntas.
No llevaba vestido de fiesta.
Llevaba un portátil, tres archivadores y una expresión que jamás le había visto.
—He visto las cámaras de seguridad de la casa de los Collins —dijo en cuanto entré.
La miré sorprendido.
—¿Cómo?
—El sistema de la urbanización pertenece a uno de nuestros contratos de mantenimiento. El administrador me llamó porque alguien había forzado una puerta.
Guardó unos segundos de silencio.
—Vi cómo dejaban a Sofía fuera con ese frío.
Sentí que la mandíbula volvía a tensarse.
Isabel deslizó una carpeta hacia mí.
—Solo dime una palabra.
Abrí el expediente.
Los nombres aparecían uno detrás de otro.
Martín Collins.
Linda Collins.
Los dos hermanos de Claire.
Sus esposas.
Sus hijos mayores.
Primos.
Cuñados.
Sobrinos.
Cuarenta y siete personas contratadas por Whitaker Construcciones únicamente porque Claire me había pedido que ayudara a su familia.
Recordé perfectamente aquella conversación.
“Solo necesitan una oportunidad.”
“Prometo que te demostrarán que merecen la confianza.”
Durante ocho años nunca revisé personalmente sus contratos.
No quise avergonzar a Claire.
Ahora comprendía que había confundido generosidad con debilidad.
—¿Rendimiento? —pregunté.
Isabel abrió otra carpeta.
Las cifras hablaban por sí solas.

Absentismo.
Retrasos.
Vehículos utilizados para asuntos personales.
Material desaparecido.
Horas extraordinarias falsas.
Informes manipulados.
Había advertencias internas que jamás llegaron hasta mi despacho.
Todos asumían que eran intocables.
Porque decían ser “la familia del director”.
Lo