PARTE 2: LA RECTORA QUE NADIE RECONOCÍA

Mauricio Castañeda bajó del automóvil con la seguridad de un hombre acostumbrado a que los demás se apartaran cuando él caminaba.

Traje gris oscuro.

Corbata azul.

Dos asistentes detrás.

Y aquella sonrisa tranquila que parecía decir que cualquier problema dentro de la universidad podía resolverse antes de que alguien tuviera tiempo de formular una pregunta.

Renata corrió hacia él.

—¡Tío!

Mauricio abrió los brazos.

—¿Qué pasó?

Renata señaló hacia mí.

—Esa mujer me agredió, rompió mi teléfono y ahora pretende hacerse la víctima.

Yo levanté una ceja.

—Tu sobrina acaba de destruir mi teléfono.

Mauricio ni siquiera me miró.

—Señorita, acompáñeme a mi oficina.

—No.

El jefe de seguridad se tensó.

Mauricio finalmente levantó los ojos hacia mí.

—¿Perdón?

—He dicho que no.

—Usted está dentro de una propiedad universitaria sin acreditación.

—Y tú estás utilizando tu cargo para intervenir en un asunto personal.

Alrededor de nosotros se hizo un silencio extraño.

Algunos estudiantes seguían grabando.

Mauricio dio un paso hacia mí.

—No sé quién cree que es.

Sonreí.

—Ese es precisamente el problema.

Renata soltó una carcajada.

—Tío, no pierdas el tiempo. Seguro es una estudiante intentando llamar la atención.

Miré mi reloj.

8:57.

Me quedaban tres minutos.

No quería llegar tarde a mi propia presentación.

Pero entonces vi algo que me hizo cambiar de opinión.

Mauricio llevaba en la mano una carpeta azul.

La misma carpeta cuyo número de referencia aparecía en el expediente anónimo que había recibido la noche anterior.

Contratos del nuevo centro financiero.

Pagos a una empresa llamada Castañeda Consultores.

Transferencias a una fundación inexistente.

Y una serie de facturas que superaban ampliamente el valor real de las obras.

No necesitaba abrir aquella carpeta para saberlo.

La había visto en fotografías.

—Qué interesante —murmuré.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

Renata intervino:

—Tío, haz que se vaya.

—Eso haré.

Levantó la mano.

—Arturo, acompáñela a la salida.

El jefe de seguridad se acercó.

Yo no retrocedí.

—Arturo.

El hombre se detuvo.

—¿Sí?

—¿Has revisado las cámaras?

Miró a Mauricio.

Después a Renata.

—No es necesario.

—Entonces acabas de admitir que estás tomando una decisión sin investigar un incidente.

Nadie respondió.

Saqué de mi bolso una tarjeta.

No era una credencial de estudiante.

No era una identificación común.

Era una tarjeta negra con un sello dorado.

La extendí.

Arturo la miró.

Su rostro cambió.

Mauricio también la vio.

Y durante un segundo, por primera vez desde que había llegado, perdió la seguridad.

Renata no entendió nada.

—¿Qué pasa?

Arturo tomó la tarjeta con manos temblorosas.

Leyó el nombre.

Después levantó la cabeza.

—Doctora Elena Valdés…

Mauricio palideció.

Renata soltó una risa.

—¿Y qué?

Arturo tragó saliva.

—Presidenta del Consejo de Administración de la Universidad Metropolitana.

El silencio fue absoluto.

Renata dejó de sonreír.

Mauricio miró nuevamente la tarjeta.

—No.

—Sí —respondí.

Entonces guardé la tarjeta.

—Y desde las nueve de la mañana, rectora.

Renata dio un paso atrás.

—Eso no puede ser.

—¿Por qué?

—La rectora es una mujer mayor.

—Esa era la rectora anterior.

Una estudiante detrás de nosotros soltó un grito.

—¡Es ella!

Otro estudiante levantó el teléfono.

—¡La nueva rectora!

En cuestión de segundos comenzaron a escucharse murmullos por todo el patio.

Mauricio parecía haber perdido la capacidad de hablar.

Yo miré mi reloj.

9:01.

—Llegamos tarde.

Me giré hacia la entrada.

—Arturo, quiero las grabaciones de las últimas dos horas en mi oficina. También quiero un informe de por qué un guardia permitió que alguien destruyera propiedad ajena sin revisar las cámaras.

Arturo asintió inmediatamente.

—Sí, rectora.

Renata me agarró del brazo.

—Espere.

La miré.

—¿Qué?

Su voz había cambiado.

Ya no era arrogante.

—Yo no sabía quién era usted.

—Eso no cambia lo que hiciste.

—Mi familia ha donado treinta millones de pesos a esta universidad.

—Lo sé.

—Mi padre está en el Consejo Financiero.

—También lo sé.

Renata parpadeó.

—Entonces…

—Precisamente por eso vamos a revisar todo.

Su rostro perdió color.

Mauricio intervino rápidamente.

—Doctora Valdés, creo que podemos resolver esto de manera privada.

—No.

—Fue un malentendido.

—Tampoco.

—Renata reaccionó impulsivamente.

—Y tú abusaste de tu cargo.

Mauricio cerró la mandíbula.

—Eso es una acusación seria.

—No es una acusación.

Me acerqué.

—Todavía.

Después entré al edificio.

La ceremonia comenzó diez minutos tarde.

Cuando subí al escenario, el auditorio estaba lleno.

Profesores.

Investigadores.

Estudiantes.

Representantes empresariales.

Miembros del consejo.

Y, en la primera fila, Mauricio Castañeda.

A su lado estaba Renata.

Ya no llevaba los lentes oscuros.

No apartaba los ojos de mí.

El presidente interino del Consejo se levantó.

—Es un honor presentar a la doctora Elena Valdés, quien asumirá hoy la rectoría de nuestra universidad.

Los aplausos llenaron el auditorio.

Me acerqué al micrófono.

—Buenos días.

Miré lentamente al público.

—No voy a hablar hoy de mi trayectoria.

Algunas personas sonrieron.

—Tampoco voy a hablar de los títulos que tengo ni de las instituciones que he dirigido.

Hice una pausa.

—Quiero hablar de algo mucho más sencillo.

Respiré.

—El poder no consiste en conseguir que nadie pueda decirte que no.

El auditorio quedó en silencio.

—El poder consiste en poder escuchar un “no” sin castigar a quien lo pronuncia.

Miré directamente hacia Mauricio.

Después hacia Renata.

—Y una institución educativa pierde su propósito cuando el dinero compra privilegios, cuando los apellidos reemplazan al mérito y cuando quienes tienen autoridad creen que las reglas existen para los demás.

El aplauso que siguió fue mucho más fuerte.

Renata bajó la cabeza.

Pero yo todavía no había terminado.

—A partir de hoy, todas las donaciones, contratos y concesiones de esta universidad serán sometidos a una auditoría independiente.

El auditorio volvió a murmurar.

Mauricio se puso de pie.

—¡Esto es absurdo!

Todos lo miraron.

Yo permanecí tranquila.

—Si alguien considera que una auditoría es absurda, puede abandonar esta sala.

Mauricio no respondió.

Volvió a sentarse.

Después de la ceremonia, entré en mi nueva oficina.

Arturo llegó diez minutos después con una memoria USB.

—Rectora.

—Déjala ahí.

—Hay algo más.

Lo miré.

—¿Qué?

—Revisé las cámaras.

Abrió su computadora.

—La señorita Salgado sí empujó a una estudiante esta mañana.

—¿Qué estudiante?

Arturo dudó.

—A usted.

Asentí.

—Eso ya lo sabemos.

—Hay otra cosa.

Abrió una grabación.

La imagen mostraba a Renata hablando con una mujer antes de que yo llegara.

No era una de sus amigas.

Era una empleada administrativa.

Renata le entregaba un sobre.

La mujer lo guardaba rápidamente.

—¿Quién es?

—Mariana Ortega. Trabaja en Finanzas.

Mi expresión cambió.

—¿Qué tiene el sobre?

—No lo sabemos.

Avanzamos la grabación.

Renata se acercó a Mariana y dijo algo.

No se escuchaba con claridad.

Arturo aumentó el volumen.

Entonces una frase quedó perfectamente registrada.

“Mi tío dijo que antes del mediodía tiene que desaparecer el expediente.”

Detuve el video.

—¿Qué expediente?

Arturo negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

—Consígueme una copia de todos los registros que Mariana haya retirado esta semana.

—Sí.

Cuando se fue, llamé a mi secretario.

—Javier.

—¿Sí, doctora?

—Quiero que localices el expediente del Centro Financiero Salgado-Castañeda.

Hubo silencio.

—¿Por qué?

—Porque alguien está intentando hacerlo desaparecer.

Javier tardó unos segundos.

—Elena…

—¿Qué?

—Ese expediente ya no está en el archivo central.

Me levanté lentamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace diez años.

Fruncí el ceño.

—¿Diez años?

—Sí.

Miré hacia la ventana.

Diez años.

La misma cantidad de tiempo que aparecía repetidamente en los documentos que había recibido.

—Javier, necesito saber quién autorizó su traslado.

—Voy a revisarlo.

—No.

—¿No?

—Quiero que lo hagas discretamente.

Colgué.

Entonces escuché tres golpes en la puerta.

Era Renata.

Entró sola.

Ya no parecía la joven arrogante de aquella mañana.

Parecía asustada.

—¿Puedo hablar con usted?

—Siéntate.

Se sentó frente a mí.

Durante varios segundos no dijo nada.

Finalmente susurró:

—Yo no sabía.

—¿Qué no sabías?

—Lo de mis padres.

Me quedé inmóvil.

—Explícate.

Renata comenzó a llorar.

—Mi padre me dijo toda la vida que nuestra familia había donado dinero a esta universidad porque quería ayudar a la educación.

—¿Y?

—Esta mañana escuché a mi madre hablando con él.

Respiró con dificultad.

—Dijo que si usted descubría la verdad, todo se acabaría.

—¿Qué verdad?

Renata me miró.

—La razón por la que mis padres llevan diez años pagando para que nadie revise los archivos antiguos.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué ocurrió hace diez años?

Ella sacó un pequeño sobre de su bolso.

Lo dejó sobre mi escritorio.

—Mi madre me dijo que nunca debía abrirlo.

Lo miré.

En el frente había un nombre.

El mío.

Pero yo no reconocía la letra.

—¿Dónde lo encontraste?

—En el despacho de mi padre.

—¿Por qué me lo das?

Renata bajó la mirada.

—Porque después de lo que ocurrió esta mañana entendí que quizá toda mi vida ha sido una mentira.

Abrí el sobre.

Dentro había una fotografía antigua.

Una fotografía tomada diez años atrás.

En ella aparecían Mauricio Castañeda, el padre de Renata…

y mis propios padres.

Pero había alguien más.

Una mujer joven estaba de pie entre ellos.

La reconocí inmediatamente.

Era Amalia Ferrer.

La diseñadora cuyo vestido yo llevaba esa mañana.

La mujer que había desaparecido diez años atrás.

Le di la vuelta a la fotografía.

Había una fecha.

Y debajo, una frase escrita a mano:

“Si Elena descubre lo que ocurrió aquella noche, los Castañeda perderán todo.”

Sentí un escalofrío.

Renata me miró.

—¿Quién es esa mujer?

No respondí.

Porque acababa de recordar algo que llevaba diez años enterrado en mi memoria.

Amalia no había desaparecido.

Había venido a verme la noche antes de desaparecer.

Y me había entregado exactamente el mismo vestido que llevaba puesto aquella mañana.

Solo que yo jamás había entendido por qué.

Hasta ahora.

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