Parte 2: EL TERMO QUE ESCONDÍA SIETE AÑOS DE MENTIRAS

Arturo contuvo la respiración dentro de la despensa.

Daniela permaneció inmóvil a pocos centímetros de la puerta.

Durante unos segundos creyó que lo había descubierto.

Pero ella solo observó el pequeño refrigerador.

Frunció el ceño.

Comprobó que el candado seguía cerrado.

Después bebió otro vaso de agua y salió de la cocina.

Arturo esperó cinco minutos más antes de regresar silenciosamente a su habitación.

No durmió.

Al amanecer escondió el frasco de vidrio dentro del maletín donde antes guardaba planos de construcción.

A las siete, Mauricio apareció con el termo rojo.

—Buenos días, mamá.

Como todas las mañanas, intentó acercar la bebida a los labios de Elena.

Pero Arturo intervino.

—Hoy no.

Mauricio levantó la vista.

—¿Por qué?

—El doctor dijo que antes quiere revisar todas las medicinas.

Durante un instante, el rostro de su hijo perdió completamente la expresión.

Solo duró un segundo.

Después volvió a sonreír.

—Claro.

No hay problema.

Pero Arturo ya había visto suficiente.

Tomó discretamente el frasco y salió de la casa con la excusa de hacer unos trámites.

Dos horas después, el laboratorio privado llamó directamente al doctor Ledesma.

El médico pidió que Arturo regresara de inmediato.

Cuando entró al consultorio, el neurólogo cerró la puerta con llave.

Colocó los resultados sobre la mesa.

—El líquido contiene altas concentraciones de haloperidol, sedantes de larga duración y compuestos metálicos.

Arturo sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Eso puede provocar…?

—Confusión.

Pérdida de memoria.

Lentitud cognitiva.

Temblores.

Y con el tiempo, un deterioro neurológico muy parecido al que presenta su esposa.

Arturo apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—¿Quiere decir que…?

El médico asintió lentamente.

—Durante años alguien ha estado empeorando deliberadamente su estado.

El mundo pareció detenerse.

Siete años.

Siete años creyendo que el accidente había destruido para siempre a la mujer que amaba.

Y tal vez…

El accidente nunca fue la verdadera causa.

El doctor volvió a hablar.

—Necesita sacarla de esa casa hoy mismo.

Y no le diga absolutamente nada a su hijo.

Arturo regresó antes del anochecer fingiendo absoluta normalidad.

Cenó con Mauricio y Daniela.

Escuchó sus conversaciones.

Observó cómo seguían tratando a Elena como si fuera incapaz de entender una sola palabra.

Pero esa noche ocurrió algo inesperado.

Mientras Arturo ayudaba a su esposa a acostarse, ella sujetó débilmente su muñeca.

Muy despacio.

Con enorme esfuerzo.

Movió apenas los labios.

Él acercó el oído.

La voz era casi imperceptible.

—…Arturo…

Se quedó completamente inmóvil.

Era la primera vez en siete años que pronunciaba su nombre.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera contenerlas.

—Estoy aquí.

Ella volvió a mover los labios.

Solo pudo decir dos palabras más.

—No… Mauricio…

Después volvió a perder la fuerza.

Arturo comprendió que el médico tenía razón.

En algún lugar dentro de aquella mujer seguía existiendo la Elena de siempre.

Solo estaba atrapada.

A la mañana siguiente preparó discretamente dos maletas.

Llamó a un viejo amigo.

El comisario Esteban Rivas.

—Necesito ayuda.

No por la empresa.

Por mi esposa.

Dos horas más tarde, cuando Mauricio regresó de una reunión, encontró la casa rodeada de policías judiciales.

—¿Qué está pasando?

Arturo permanecía junto a Elena.

—Tu madre se va conmigo.

Mauricio intentó avanzar.

Dos agentes se interpusieron.

—Señor, permanezca donde está.

Daniela comenzó a gritar.

—¡Esto es absurdo!

¡Nosotros la hemos cuidado todos estos años!

El doctor Ledesma apareció acompañado de un perito químico.

Mostró los análisis.

—Estos medicamentos jamás fueron prescritos.

El color abandonó lentamente el rostro de Mauricio.

Pero todavía intentó sonreír.

—Alguien quiere tenderme una trampa.

Entonces Arturo sacó el pequeño frasco de vidrio.

—Por eso guardé una muestra antes de que pudieras destruirla.

Toda la sala quedó en silencio.

Sin embargo, el golpe definitivo llegó segundos después.

Uno de los investigadores forenses entró apresuradamente con una carpeta.

—Comisario…

Encontramos algo más.

Todos giraron hacia él.

—¿Qué encontraron?

El investigador abrió lentamente el expediente.

—Revisamos nuevamente las radiografías tomadas hace siete años, el día del supuesto accidente.

Arturo sintió un escalofrío.

El especialista levantó una imagen ampliada.

—Las fracturas que presenta la señora Elena no son compatibles con una caída por las escaleras. Fueron provocadas por un golpe directo recibido antes de caer… y alguien modificó deliberadamente el informe original del hospital.

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