Mientras Alejandro permanecía inmóvil con el teléfono entre las manos, la coordinadora del salón respiró hondo.
—Señor Salazar, el saldo pendiente supera los tres millones de pesos. Si no se liquida ahora mismo, tendremos que suspender el servicio.
El murmullo recorrió las mesas como una ola.
Valeria dejó caer lentamente la copa de champaña.
—Alejandro… dijiste que todo estaba cubierto.
Teresa intentó mantener la sonrisa.
—Debe ser un error del banco.
Alejandro volvió a introducir otra tarjeta.
Rechazada.
Sacó una tercera.
Rechazada.
El gerente del recinto apareció acompañado por dos supervisores.
—Necesitamos una solución inmediata.
La música dejó de sonar.
Los meseros dejaron de servir los platos.
Los invitados comenzaron a levantarse de sus asientos.
Alejandro marcó mi número.
Escuchó únicamente el mensaje automático.
El usuario ha bloqueado este contacto.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—No puede ser…
Entonces abrió la aplicación bancaria.
La cuenta conjunta seguía existiendo.
Pero el saldo era exactamente el que le pertenecía legalmente.
El dinero que durante años había salido de mi salario, mis bonos y mis ahorros ya no estaba.
Nunca había sido suyo.
Teresa le arrebató el teléfono.
—¡Llama a Lucía!
—Está bloqueándome.
Valeria empezó a llorar.
—Van a cancelar mi boda.
El gerente negó con cortesía.
—La ceremonia terminó.
Pero la recepción continuará únicamente cuando el pago quede cubierto.
En ese instante, varios proveedores comenzaron a acercarse.
El florista.
El fotógrafo.
La empresa de iluminación.
Todos repetían la misma pregunta.

—¿Quién va a pagar?
Rodrigo, el recién esposo de Valeria, observó a Alejandro con incredulidad.
—Pensé que tú te encargabas de todo.
Alejandro bajó la mirada.
Por primera vez no tenía ninguna respuesta.
Mientras tanto, yo caminaba lentamente por la Piazza Navona.
El teléfono permanecía en modo avión.
No sabía que Alejandro ya había intentado llamarme cuarenta y siete veces.
Ni que Teresa había enviado mensajes a todos los familiares diciendo que yo había sufrido “una crisis nerviosa”.
Ni que Valeria culpaba a su propio hermano por prometer un dinero que jamás tuvo.
Entré en una pequeña cafetería.
Pedí un espresso.
Cuando encendí el teléfono unos minutos después, apareció un único correo nuevo.
La remitente era la directora financiera de mi empresa.
“Lucía, siguiendo tus instrucciones, hoy también quedaron canceladas todas las tarjetas corporativas adicionales autorizadas por Alejandro Salazar.”
“Además, detectamos algo que debes conocer de inmediato.”
Abrí el archivo adjunto.
Había decenas de transferencias.
Pagos repetidos.
Facturas falsas.
Durante más de cuatro años, Alejandro había utilizado mis empresas para cubrir discretamente los gastos personales de su madre y de su hermana.
Vacaciones.
Automóviles.
Tarjetas de lujo.
Incluso parte de aquella boda.
Pero el último documento era el más grave.
Una transferencia programada para ejecutarse al día siguiente.
Cinco millones de pesos.
Destino: una cuenta bancaria abierta únicamente tres semanas antes.
El titular de esa cuenta no era Alejandro.
Ni Teresa.
Ni Valeria.
Era una mujer cuyo nombre jamás había escuchado.
Y según la investigación preliminar…
Llevaba dos años siendo la verdadera pareja de mi esposo.
Lee la Parte 3.