PARTE 2: LA MUJER DEL MEDALLÓN.

El disparo hizo eco entre los edificios mojados.

La pequeña gritó desesperada mientras Carlos caía lentamente de rodillas.

Pero sus brazos nunca dejaron de protegerla.

La camioneta aceleró para escapar antes de que llegaran las patrullas.

Las sirenas ya iluminaban toda la avenida.

—¡Papá, no me dejes! —sollozó la niña, aferrándose a su cuello.

Carlos respiraba con enorme dificultad.

Con una mano ensangrentada acarició su cabello.

—Mi estrella… prometí que nunca volverían a separarnos.

Los paramédicos corrieron hacia ellos.

Uno de los policías persiguió a la camioneta negra mientras otro acordonaba la escena.

Antes de perder el conocimiento, Carlos abrió lentamente la mano.

Dentro seguía la pequeña medalla que la niña había llevado desde que tenía memoria.

—Nunca… la pierdas… —susurró.

Horas después, en el hospital, los médicos luchaban por salvarle la vida.

La niña permanecía sentada frente al quirófano, abrazando aquella medalla con todas sus fuerzas.

Una anciana enfermera se acercó para tranquilizarla.

Al ver el colgante, su expresión cambió por completo.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Dónde conseguiste esto?

La niña levantó la mirada.

—Siempre estuvo conmigo. La señora del orfanato decía que apareció en mi ropa cuando era un bebé.

La enfermera rompió a llorar.

—Es imposible…

Sacó una fotografía vieja que llevaba años guardando en su cartera.

En ella aparecía una joven sosteniendo exactamente la misma medalla.

La niña abrió los ojos con sorpresa.

—Se parece mucho a mí…

La enfermera asintió lentamente.

—Porque esa mujer era tu madre.

En ese instante, la puerta del quirófano se abrió.

El cirujano salió con el rostro serio.

Carlos había sobrevivido.

Pero aún permanecía inconsciente.

Antes de que alguien pudiera celebrar la noticia, un agente de policía entró apresuradamente al hospital.

—Necesitamos hablar con la familia de inmediato.

Todos guardaron silencio.

El agente colocó una carpeta sobre la mesa.

Dentro había fotografías tomadas después de la persecución.

La camioneta había sido abandonada.

No encontraron a ninguno de los atacantes.

Solo apareció un teléfono móvil completamente intacto.

La pantalla seguía encendida.

Había un único mensaje sin borrar.

“Fracastaron. La niña sigue viva.”

Debajo del texto aparecía el nombre del destinatario.

La enfermera dejó escapar un grito ahogado.

Porque ese nombre pertenecía a alguien que llevaba diez años visitando el hospital… fingiendo buscar a una niña desaparecida.

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