Parte 2:Los Tres Golpes Y La Habitación Sellada

Los tres golpes resonaron por toda la casa.

El sonido fue tan fuerte que nadie se atrevió a hablar.

Ni siquiera Carmen.

Yo seguía sujetando el documento con las manos temblorosas.

La mejilla me ardía por la bofetada.

Pero ya no sentía miedo.

Porque la reacción de Alejandro había confirmado algo importante.

Él conocía aquella historia.

Tal vez no completa.

Pero sí lo suficiente para entender por qué el hombre interesado en alquilar la casa vieja acababa de pronunciar unas palabras imposibles de ignorar.

—Llevo veinte años buscando el cuarto donde murió mi hermana.

El silencio era insoportable.

Mi suegro observó a Carmen.

Carmen evitó su mirada.

Y aquello fue peor que cualquier confesión.

Los tres golpes volvieron a sonar.

Más lentos.

Más firmes.

Como si quien estuviera al otro lado supiera exactamente lo que ocurría dentro.

Mi suegro caminó hacia la puerta.

—Voy a abrir.

—No.

La voz de Carmen apenas fue un susurro.

Pero todos la escucharon.

Y todos comprendieron que estaba aterrorizada.

La puerta se abrió.

Dos personas entraron.

Una mujer de cabello gris.

Y un hombre con una carpeta de documentos.

En cuanto el desconocido que quería alquilar la casa los vio, dejó escapar un jadeo.

—Por fin…

La mujer se acercó lentamente.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Te encontré.

Nadie entendía nada.

Hasta que el hombre de la carpeta mostró una identificación.

Era investigador privado.

Contratado hacía años.

Años.

Mi suegro comenzó a palidecer.

Porque aquello ya no parecía una simple discusión familiar.

Parecía algo mucho más oscuro.

La mujer señaló directamente hacia la casa vieja.

La misma casa que Carmen quería alquilar con tanta urgencia.

—Mi hija desapareció allí.

Un murmullo recorrió la habitación.

Alejandro dejó caer una silla.

Yo observé a mi marido.

Y comprendí que aquella no era la primera vez que escuchaba esa historia.

La mujer continuó.

—Durante veinte años me dijeron que escapó.

Que se marchó.

Que nadie sabía dónde estaba.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—Pero nunca lo creí.

El investigador abrió la carpeta.

Sacó varias fotografías antiguas.

Y las colocó sobre la mesa.

Una de ellas mostraba a una adolescente sonriendo frente a la casa vieja.

Otra la mostraba entrando por la puerta principal.

Y la última…

La última hizo que Carmen cerrara los ojos.

Porque mostraba a la joven junto a ella.

Las dos.

Solas.

El mismo día de la desaparición.

Mi suegro sintió que las piernas le fallaban.

—Carmen…

Pero ella no respondió.

No podía.

Porque el investigador sacó entonces un plano antiguo de la vivienda.

Y señaló una habitación concreta.

Una habitación que aparecía marcada con tinta roja.

—El cuarto que buscamos está aquí.

El hombre que quería alquilar la casa se quedó inmóvil.

—Es el mismo cuarto.

El cuarto que mi hermana describió en la última carta que envió.

Nadie respiraba.

Nadie se movía.

Entonces sonó el teléfono del investigador.

Miró la pantalla.

Respondió.

Escuchó apenas unos segundos.

Y su expresión cambió por completo.

—¿Está seguro?

El silencio se volvió absoluto.

La llamada terminó.

El investigador levantó lentamente la vista.

Y observó a todos los presentes.

Especialmente a Carmen.

—Acaban de abrir la habitación.

Varias personas dejaron escapar un grito ahogado.

Mi suegro sintió que el corazón se detenía.

—¿Y?

El investigador tragó saliva.

Porque la noticia acababa de llegar desde la casa vieja.

Y lo que habían encontrado detrás de una pared falsa cambiaba por completo la historia que la familia llevaba veinte años contando.

—Han encontrado el diario original de la joven desaparecida.

Y la última página menciona por nombre a la persona que estuvo con ella la noche que nunca regresó.

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