Marisol se colocó entre Renata y mis hijas.
—Las niñas estaban tranquilas antes de que usted entrara —dijo con calma.
Renata la miró como si acabara de cometer una ofensa imperdonable.
—Nadie te preguntó.
Valeria levantó la cabeza.
—Marisol…
La mujer le hizo una pequeña señal para que guardara silencio.
Yo estaba sentado frente a las pantallas, con los dedos apretados contra el borde de la mesa.
No sabía qué me inquietaba más.
La forma en que Renata trataba a mis hijas.
O la forma en que ellas reaccionaban ante ella.
No era miedo normal.
Era el miedo de alguien que ya sabía exactamente qué podía suceder después.
—Quiero seguir viendo —le dije a Héctor.
Él asintió.
Renata tomó el conejo de peluche del sillón y lo sostuvo frente a Sofía.
—¿Sabes qué les pasa a las niñas que no obedecen?
Sofía negó con la cabeza.
—Se quedan sin sus cosas.
La pequeña extendió las manos.
—Es de mi mamá.
Renata sonrió.
—Tu mamá ya no está aquí.
Aquella frase me atravesó.
Mi esposa había muerto tres años atrás.
Nunca había permitido que mis hijas sintieran que tenían que olvidar a su madre. El conejo había sido uno de los pocos objetos que Sofía conservaba de ella.
Renata lo sabía.
—Devuélveselo —dije sin pensar.
Héctor me miró.
—¿Señor?
—Quiero decir… déjalo grabar.
Renata lanzó el conejo sobre una mesa.
—Si su padre no estuviera gastando millones en ustedes, quizá aprenderían a valorar lo que tienen.
Valeria se levantó.
—Papá no nos regaña por tener hambre.
Renata giró lentamente hacia ella.
—¿Qué dijiste?
La niña se quedó callada.
Marisol intervino.
—Valeria, ve con tu hermana.
—No.
Renata dio un paso hacia ella.
—Quiero escucharla.
Marisol se puso delante.
—No tiene nada que explicarle.
Renata se quedó mirándola durante unos segundos.
Después sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era una sonrisa de advertencia.
—Ahora entiendo por qué las niñas te prefieren a ti.
Marisol no respondió.
Renata se marchó.
Cuando desapareció por el pasillo, Valeria abrazó a Sofía.
—Ya pasó.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Ya pasó? —repetí.
Héctor no dijo nada.
Entonces las niñas hicieron algo que cambió completamente mi percepción.
Marisol se arrodilló frente a ellas.
—¿Están bien?
Sofía negó con la cabeza.
—Ella dijo que hoy no podíamos cenar si papá no estaba.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Qué?
Héctor acercó el volumen.
Valeria habló en voz baja.
—A veces dice que debemos aprender a aguantar porque papá necesita una esposa que no sea demasiado blanda.
Marisol miró hacia las cámaras sin saber que yo estaba observando.
—¿Desde cuándo?
Valeria dudó.
—Desde que Renata vino a vivir aquí.
Me levanté de golpe.
—¿Cuánto tiempo?
Héctor miró la pantalla.
—Casi cinco meses.
Cinco meses.
Yo había pasado cinco meses creyendo que mis hijas estaban bien.
Había confundido silencio con tranquilidad.
Confianza con dependencia.
Y la seguridad que Marisol les daba con una supuesta manipulación.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Marisol llevó a las niñas a la cocina.
Abrió un compartimento escondido detrás de una caja de cereal.
Sacó tres pequeñas bolsas.
Dentro había galletas, fruta deshidratada y barras de cereal.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Héctor amplió la imagen.
Valeria tomó una de las bolsas.
—Marisol las guarda para nosotros.
Sofía agregó:
—Porque algunas noches no nos dejan cenar.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Quién?
Las niñas no respondieron.
Marisol sí.
—No quiero que hablen de esto delante de las cámaras.
Yo fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Héctor pausó la grabación.
—Señor, quizá deberíamos hablar con ella directamente.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Miré las pantallas.
—Porque ahora quiero saber por qué Renata quería que sospechara de Marisol.
Volvimos a reproducir la grabación.
Veinte minutos después, Renata apareció nuevamente.
Esta vez no estaba sola.
Entró un hombre que no reconocí.
Traje oscuro.
Carpeta negra.
Renata cerró la puerta detrás de él.
—¿Estás seguro de que nadie nos escucha?
—No hay nadie en esta parte de la casa.
Me incliné hacia la pantalla.
Héctor tomó una fotografía del hombre.
—¿Quién es?
—No lo sé.
El hombre abrió la carpeta.
—El problema son las niñas.
Renata cruzó los brazos.
—¿Por qué?
—Porque si el señor las escucha hablar, podría cancelar la boda.
Renata se quedó callada.
Mi estómago se contrajo.
—¿La boda? —susurré.
Héctor me miró.
Yo llevaba meses planeando casarme con Renata.
Habíamos anunciado la fecha.
Habíamos reservado el lugar.
Incluso mis hijas habían participado en algunas decisiones.
Pero el hombre continuó:
—Necesitas conseguir que las niñas confíen menos en su padre.
Renata respondió:
—Eso ya está hecho.
—No lo suficiente.
—¿Qué quieres que haga?
El hombre bajó la voz.
—Haz que parezca que Marisol las está manipulando.
Me quedé completamente inmóvil.
Renata preguntó:
—¿Y después?
—Cuando él despida a Marisol, las niñas perderán a la única persona que las protege. Entonces será más fácil controlar lo que dicen.
Héctor apagó el sonido.
—Señor…
No pude responder.
Durante semanas había estado escuchando a Renata decirme que Marisol era peligrosa.
Que quería quedarse con la casa.
Que estaba manipulando a mis hijas.
Que les hablaba mal de ella.
Y yo había estado a punto de despedirla.
—Continúa —dije.
Héctor volvió a reproducir el audio.
El hombre abrió una segunda carpeta.
—También necesitamos resolver el asunto del fideicomiso.
Renata se quedó quieta.
—¿Cuánto falta?
—Hasta que las niñas cumplan cierta edad, no puedes acceder al dinero.
—Pero después de casarnos…
—No eres beneficiaria todavía.
Sentí que algo encajaba.
Mi difunta esposa había creado un fideicomiso para nuestras hijas antes de morir. Yo administraba los bienes, pero una parte importante estaba protegida hasta que ellas fueran adultas.
Renata conocía la existencia del fideicomiso.
Yo se lo había contado porque pensaba casarme con ella.
El hombre continuó:
—Si el padre cambia el testamento o modifica al administrador antes de la boda, el plan se complica.
Renata golpeó la mesa.
—No va a cambiar nada.
—Entonces necesitas que confíe completamente en ti.
Ella sonrió.
—Confía en mí.
El hombre cerró la carpeta.
—Y recuerda: el objetivo no es quedarte con la casa.
Renata lo miró.
—¿Entonces qué?
—Conseguir que todo parezca una decisión voluntaria de él.
La grabación terminó.
Nadie habló.
Me quedé mirando la pantalla negra.
Héctor fue el primero en romper el silencio.
—¿Quiere que llame a la policía?
Respiré profundamente.
—Todavía no.
—Señor…
—Necesitamos identificar a ese hombre.
Héctor asintió.
—Puedo hacerlo.
—Y quiero que revises todas las cuentas relacionadas con Renata.
—¿Incluso las personales?
—Todas.
Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
La puerta de la sala de seguridad se abrió.
Los dos nos giramos.
Era Marisol.
Su rostro estaba pálido.
—Señor…
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabes que estoy aquí?
Ella miró a Héctor.
Después volvió a mirarme.
—Porque yo instalé la primera cámara.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
Marisol cerró la puerta.
—Hace cinco meses.
—¿Por qué?
Ella tragó saliva.
—Porque sus hijas me dijeron que algo estaba mal.
Héctor se levantó.
—¿Por qué nunca me informó?
—Lo intenté.
—¿Cuándo?
—Tres veces.
Marisol sacó un teléfono viejo del bolsillo.
—Pero alguien borraba mis mensajes antes de que usted los leyera.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Marisol me mostró una conversación.
Los mensajes aparecían enviados desde su número.
“Deja de meterte en la vida de la familia.”
“Las niñas estarán mejor sin ti.”
“Si sigues hablando, perderás tu trabajo.”
Yo conocía ese número.
Era el número de Renata.
Marisol continuó:

—Yo no quería que usted pensara que las niñas estaban en peligro porque no tenía pruebas.
—¿Y las cámaras?
—Las instalé con dinero que usted me dio para reparar el sistema de la cocina. Guardé el resto y compré equipos pequeños.
Miré las pantallas.
—¿Cuánto tiempo llevas grabando?
—Casi cuatro meses.
—¿Y nunca viste a ese hombre?
Marisol negó.
—Hoy fue la primera vez.
Entonces sacó otra cosa de su bolso.
Una fotografía.
La dejó sobre la mesa.
Era una imagen tomada fuera de la casa.
Renata estaba junto al mismo hombre.
Pero detrás de ellos había un vehículo negro.
Y en la matrícula aparecía algo que hizo que Héctor cambiara de expresión.
—Conozco ese vehículo.
—¿De quién es? —pregunté.
Héctor tomó aire.
—Pertenece a una empresa que trabaja para el hermano de su difunta esposa.
Me quedé helado.
El hermano de mi esposa había desaparecido de nuestras vidas después del funeral.
Siempre había pensado que estaba viviendo en España.
Pero Héctor negó lentamente.
—No está en España.
—¿Dónde está?
—En México.
—¿Y qué tiene que ver con Renata?
Héctor abrió una base de datos en su computadora.
Tardó unos segundos.
Luego apareció un nombre.
Esteban Salazar.
Mi cuñado.
Mi rostro perdió el color.
—Eso no puede ser.
Héctor siguió leyendo.
—Tiene varias empresas. Una de ellas recibió pagos de una cuenta vinculada a Renata durante los últimos seis meses.
Marisol dio un paso atrás.
—Entonces no se trata solo de ella.
No respondí.
Miré nuevamente las imágenes.
El hombre.
Renata.
El vehículo.
Las cuentas.
El fideicomiso.
Mis hijas.
Todo formaba parte del mismo rompecabezas.
Y entonces recordé una conversación que tuve con Renata dos semanas antes.
Me había preguntado algo que en aquel momento parecía inocente:
—Si algún día te pasa algo, ¿quién heredaría todo?
Yo había respondido:
—Mis hijas.
Ella había sonreído.
—Claro.
Pero ahora entendía que quizá aquella pregunta nunca había sido hipotética.
—Héctor.
—Sí.
—Quiero que nadie salga de esta casa.
—¿Incluida Renata?
Miré la pantalla donde aparecía mi prometida caminando hacia la habitación de mis hijas.
—Especialmente ella.
Tomé el teléfono.
Había llegado el momento de dejar de observar.
Pero antes de que pudiera hacer la llamada, Sofía apareció en la puerta.
Tenía los ojos llorosos y sostenía su conejo.
—Papá…
Me arrodillé frente a ella.
—¿Qué pasa?
La niña miró a Marisol.
Luego a Héctor.
Finalmente me miró a mí.
—Hay algo que no te hemos contado.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué cosa?
Sofía abrazó el conejo contra su pecho.
—Renata nos dijo que si alguna vez te contábamos la verdad, tú también desaparecerías como mamá.
No pude respirar durante un segundo.
—¿Qué verdad?
Valeria apareció detrás de ella.
Tenía una pequeña caja de madera entre las manos.
—Encontramos esto en el despacho de Renata.
Me entregó la caja.
La abrí.
Dentro había fotografías de mis hijas.
Documentos.
Una copia de mi testamento.
Y una llave que reconocí inmediatamente.
Era la llave de la caja de seguridad que mi esposa había dejado antes de morir.
La misma caja que yo no había abierto en tres años.
Encima de todo había una nota escrita a mano.
Reconocí la letra de mi esposa.
Solo decía:
“Si algún día Renata entra en nuestra familia, abre esto antes de casarte con ella.”
Sentí que el mundo se detenía.
Mi esposa había dejado aquel mensaje antes de morir.
Y, por alguna razón, había previsto exactamente a la mujer que ahora estaba a punto de convertirse en mi esposa.
Levanté la mirada hacia mis hijas.
—¿Quién les dio esta caja?
Valeria señaló hacia el pasillo.
—La encontramos detrás de un cuadro.
—¿Y quién les dijo dónde buscar?
Las dos hermanas se miraron.
Entonces Sofía susurró:
—Mamá.
Me quedé inmóvil.
—Sofía… mamá murió hace tres años.
La niña negó lentamente con la cabeza.
—No.
Y señaló la puerta.
—Mamá no está muerta.
En ese instante, todas las luces de la mansión se apagaron.
Y desde algún lugar del piso superior escuchamos el sonido de una puerta cerrándose.
Héctor sacó su teléfono.
—Señor…
—¿Qué?
Miró la pantalla.
—Las cámaras acaban de dejar de funcionar.
Un segundo después, mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Solo tenía una frase:
“Si quieres saber quién está realmente detrás de todo esto, ven solo a la antigua casa de tu esposa.”
Y debajo había una fotografía.
Una fotografía tomada esa misma noche.
De mí.
Con mis dos hijas.
Desde dentro de mi propia casa.