PARTE 2: LA MOCHILA QUE TODOS QUERÍAN

La puerta metálica se abrió lentamente.

El hombre del traje oscuro salió con paso firme, sin correr, como alguien que intentaba mezclarse con la multitud.

Llevaba una gorra negra y un teléfono pegado al oído.

—Ya salió la ambulancia —murmuró—. La mochila todavía no aparece.

Elena sintió un escalofrío.

No estaba preocupado por Santiago.

Estaba buscando otra cosa.

La mochila.

Instintivamente miró alrededor.

No estaba junto al niño.

Tampoco cerca del paquete destrozado.

Había desaparecido.


Los policías seguían interrogando al repartidor.

—¡Yo no lancé nada! —repetía el joven con la voz quebrada—. La caja cayó desde arriba cuando pasaba con la moto.

Un agente anotaba cada palabra.

Otro revisaba el paquete roto.

Dentro había documentos mojados, un teléfono celular y varias carpetas abiertas por el impacto.

El oficial que había encontrado el teléfono volvió a leer el mensaje recibido.

Esta vez lo hizo en voz baja para su compañero.

—”Recupera la mochila antes que la policía.”

Los dos intercambiaron una mirada.

Aquello ya no parecía un simple accidente.


Elena recordó de pronto la mañana de ese mismo día.

Santiago había salido de la escuela abrazando su mochila azul.

—Mamá, la maestra me pidió cuidar muy bien estos papeles.

—¿Qué papeles?

—Los del concurso.

No quiso decir más.

Pensó que era una sorpresa escolar.

Ahora comprendía que aquellos documentos podían ser mucho más importantes de lo que había imaginado.


Mientras la ambulancia se alejaba, la abuela tomó a Elena del brazo.

—Tenemos que ir con Santiago.

Pero Elena seguía mirando al hombre del traje.

Él hablaba por teléfono mientras observaba discretamente cada rincón de la calle.

Buscaba algo desesperadamente.

Entonces ocurrió.

Una niña de unos ocho años salió de detrás de un automóvil estacionado.

Llevaba una mochila azul demasiado grande para ella.

Era la mochila de Santiago.

Elena abrió mucho los ojos.

La pequeña caminó hacia un contenedor de basura, mirando nerviosa a todos lados.

Antes de que pudiera esconderla, el hombre del traje también la vio.

Sus miradas se cruzaron al mismo tiempo.

Él comenzó a caminar hacia la niña.

Elena corrió.

—¡No la toques!

La niña se asustó y abrazó la mochila con fuerza.

El hombre aceleró el paso.

Pero dos policías advirtieron el movimiento.

—¡Alto!

El desconocido cambió de dirección inmediatamente y se perdió entre la gente antes de que pudieran alcanzarlo.


La pequeña comenzó a llorar.

—Yo… yo solo quería ayudar.

Elena se arrodilló frente a ella.

—¿Dónde encontraste esta mochila?

—Debajo del banco de la parada del autobús.

Un señor la escondió ahí y luego salió corriendo cuando llegaron las patrullas.

Elena sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Los policías tomaron la mochila con cuidado.

Uno de ellos abrió el cierre principal.

Dentro había cuadernos.

Una lonchera.

Y un sobre amarillo perfectamente cerrado.

En la parte frontal solo aparecía una frase escrita con marcador negro.

“Entregar únicamente a la Fiscalía.”

El oficial levantó lentamente la vista.

—¿Usted sabía que su hijo llevaba esto?

Elena negó con la cabeza.

—No.

Jamás lo había visto.

El agente guardó inmediatamente el sobre como evidencia.

En ese momento sonó la radio policial.

—Unidad doce, atención.

Acabamos de revisar las cámaras del edificio.

La caja no cayó por accidente.

Hay imágenes de una persona empujándola desde el piso doce.

El silencio volvió a caer sobre la calle.

Elena respiró con dificultad.

Ya no había dudas.

Aquello nunca fue un accidente.

Y mientras observaba cómo los peritos protegían la mochila de Santiago, comprendió que alguien había estado dispuesto a matar para impedir que ese sobre llegara a su destino.

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