PARTE 2: LAS CARTAS DEVUELTAS

El silencio cayó sobre la residencia como un cristal a punto de romperse.

Santiago permanecía frente a Elisa sin apartar la mirada de Valentina.

La niña abrazaba su muñeca con fuerza.

No entendía por qué todos los adultos habían dejado de respirar.

Elisa sintió que las piernas le temblaban.

Durante cuatro años había imaginado ese momento.

Y durante cuatro años también había rezado para que nunca llegara.

—Respóndeme —insistió Santiago con la voz quebrada—. ¿Valentina es mi hija?

Mónica soltó una carcajada.

—No le sigas el juego. Está buscando dinero.

Pero Elisa ya no la escuchaba.

Se arrodilló frente a su hija.

Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Después se puso de pie.

—Sí.

Una sola palabra.

Bastó para que todo cambiara.

Mónica retrocedió un paso.

—¡Eso es mentira!

Santiago sintió un vacío en el pecho.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Los ojos de Elisa comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Porque sí te lo dije.

Caminó hasta el viejo mueble de limpieza que estaba junto a la lavandería.

Abrió el cajón inferior.

Sacó una pequeña caja de cartón, desgastada por el tiempo.

La colocó sobre la mesa del recibidor.

Dentro había decenas de sobres amarillentos.

Todos llevaban el mismo destinatario.

Licenciado Santiago Robles.

Todos tenían el mismo sello.

DEVUELTO AL REMITENTE.

Santiago tomó el primero.

La fecha era de cuatro años atrás.

Lo abrió con manos temblorosas.

“Estoy embarazada. No quiero dinero. Solo necesito que escuches la verdad.”

Abrió el segundo.

“Tu asistente me dijo que estabas en Europa. Espero que cuando regreses puedas leer esto.”

El tercero.

“Nuestra hija nació ayer. Tiene tus ojos.”

Su respiración comenzó a acelerarse.

Había más.

Muchos más.

Cartas enviadas durante meses.

Incluso fotografías.

Todas regresadas.

Ninguna había llegado a sus manos.

—¿Quién recibió esto? —preguntó con la voz rota.

Elisa negó lentamente.

—Nunca lo supe.

Santiago giró despacio hacia el mayordomo.

—¿Quién manejaba mi correspondencia hace cuatro años?

El hombre bajó inmediatamente la cabeza.

No respondió.

Mónica comenzó a inquietarse.

—Santiago, basta con este espectáculo.

Pero él ya no la escuchaba.

Sacó el teléfono.

Marcó un número de memoria.

—Licenciada Teresa Fuentes.

Del otro lado contestaron casi de inmediato.

—Necesito que venga a la casa.

Hizo una pausa.

—Y traiga a una notaria.

Mónica abrió los ojos.

—¿Una notaria? ¿Para qué?

Santiago respondió sin mirarla.

—Porque a partir de este momento todo lo que se diga aquí tendrá valor legal.


Una hora después, la licenciada Teresa llegó acompañada por la notaria y dos testigos.

Las cartas fueron abiertas una por una.

Se fotografiaron.

Se certificaron las fechas de envío.

Los sellos postales.

Los acuses de devolución.

La notaria levantó lentamente la vista.

—Todas fueron enviadas correctamente.

Guardó silencio unos segundos.

—Si regresaron, alguien intervino deliberadamente la correspondencia.

Mónica comenzó a perder el color.


Entonces Santiago tomó una segunda decisión.

—Quiero una prueba de ADN inmediata.

Elisa asintió sin dudar.

—Nunca tuve miedo de la verdad.

Valentina observaba todo sin entender.

Solo preguntó en voz bajita:

—¿Mamá… ese señor está enojado conmigo?

Elisa sintió que el corazón se rompía.

—No, mi amor.

Santiago se arrodilló frente a la pequeña.

Por primera vez la miró sin dudas.

—No.

Su voz apenas salió.

—Estoy enojado conmigo.


Cuarenta y ocho horas después, el laboratorio entregó los resultados.

Toda la familia Robles estaba reunida en la biblioteca.

La notaria permanecía presente.

También los abogados.

Santiago abrió el sobre.

Leyó la primera página.

Las manos comenzaron a temblarle.

Probabilidad de paternidad: 99.9999 %.

Valentina era su hija.

Elisa cerró los ojos.

Por fin la verdad tenía un documento.

Mónica golpeó la mesa.

—¡Eso no demuestra nada!

Nadie le respondió.

Santiago seguía leyendo las páginas siguientes.

De pronto frunció el ceño.

Había un informe adicional.

Una observación solicitada por el propio laboratorio tras detectar una anomalía en los registros familiares.

Leyó una vez.

Luego otra.

No podía creerlo.

La directora del laboratorio rompió el silencio.

—Señor Robles… el análisis reveló algo que nadie estaba buscando.

Toda la habitación quedó inmóvil.

—La señorita Valentina sí es su hija…

Hizo una breve pausa.

—Pero el estudio también demuestra que usted y el señor Alejandro Robles… no comparten el mismo padre biológico.

El rostro de Santiago perdió todo el color.

Alejandro.

Su hermano mayor.

El heredero de toda la fortuna familiar.

Y, por primera vez en más de treinta años, la verdadera historia de la familia Robles acababa de empezar a derrumbarse.

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