Los golpes contra la puerta se hicieron más fuertes.
—¡Carlos Ramírez, sabemos que estás dentro! —gritó la voz desde el exterior—. ¡Abre inmediatamente!
Elena permanecía tendida junto al sofá, respirando con dificultad. El dolor le atravesaba el brazo, pero no podía apartar los ojos de su esposo.
Carlos ya no parecía el hombre arrogante que minutos antes aseguraba que nadie acudiría a salvarla.
Ahora estaba pálido.
Sus manos temblaban mientras recogía apresuradamente los naipes esparcidos sobre la mesa.
No intentó guardar el dinero.
Solo las cartas.
Aquello llamó la atención de Elena.
—¿Por qué te importan tanto? —preguntó con un hilo de voz.
Carlos no respondió.
Metió los naipes dentro del bolsillo de su abrigo y corrió hacia la puerta trasera.
Elena se arrastró hasta alcanzarle el tobillo.
—No vas a escapar.
Carlos se giró con furia y levantó la pierna para apartarla, pero un nuevo golpe sacudió la entrada principal.
La madera comenzó a agrietarse.
—¡Última advertencia!
Carlos miró hacia la puerta, después hacia Elena.
—No tienes idea de quiénes son esos hombres.
—Solo sé que les tienes miedo.
Él se inclinó y la sujetó por los hombros.
—Escúchame. Si entran, nos matarán a los dos.
—Tú ya estabas intentando destruirme.
La frase lo dejó inmóvil durante un segundo.
Elena aprovechó para empujarlo y arrastrarse hacia la mesa donde estaba el teléfono.
Carlos intentó detenerla.
En ese momento, la puerta principal cedió.
Tres hombres entraron rápidamente.
Dos vestían abrigos oscuros. El tercero llevaba una identificación colgada al cuello y sostenía una linterna.
—¡Aléjese de ella! —ordenó.
Carlos levantó las manos.
—Esto es un asunto privado.
El hombre de la identificación se arrodilló junto a Elena.
—Soy el inspector Samuel Ortega. Una persona llamó para denunciar una situación de peligro.
Elena miró hacia la ventana.
El automóvil seguía detenido frente a la casa, con las luces parpadeando.
—¿Quién pidió ayuda?
Samuel miró a Carlos antes de responder.
—Alguien que lleva semanas vigilando esta vivienda.
Carlos retrocedió.
—No pueden entrar sin una orden.
—La llamada indicaba que había una mujer herida y en peligro inmediato —respondió Samuel—. Eso fue suficiente.
Uno de los agentes se acercó a Carlos.
—Entréguenos lo que guarda en el bolsillo.
—No tengo nada.
El agente extendió la mano.
Carlos permaneció inmóvil.
Samuel se levantó.
—Las cartas, Carlos.
El rostro del hombre se endureció.
—No saben lo que están buscando.
—Lo sabemos perfectamente.
El agente le retiró el abrigo y encontró la baraja.
Samuel tomó una de las cartas y la examinó bajo la luz.
Parecía normal.
Después frotó suavemente el borde con un pañuelo húmedo.
Apareció una pequeña marca azul.
Elena observó la escena con desconcierto.
—¿Qué significa eso?
Samuel colocó varias cartas sobre la mesa.
Cada una tenía símbolos diminutos escondidos en la parte trasera.
—Son cartas marcadas —explicó—. Formaban parte de una red de partidas clandestinas donde se estafaba a empresarios, comerciantes y funcionarios.
Carlos soltó una risa nerviosa.
—Solo son naipes viejos.
—Esta baraja desapareció hace seis años después de una partida en la que murió un hombre.
Elena volvió la mirada hacia su esposo.
—¿Murió alguien?
Carlos guardó silencio.
Samuel sacó una fotografía de su carpeta.
En ella aparecía una sala llena de humo, una mesa de juego y varios hombres. Carlos era mucho más joven, pero resultaba imposible confundirlo.
A su lado se encontraba un hombre corpulento de cabello blanco.
—¿Lo reconoce? —preguntó Samuel.
Elena observó la imagen.
—Es mi padre.
Carlos cerró los ojos.
La casa pareció quedarse sin aire.
El padre de Elena había muerto en un supuesto accidente automovilístico doce años atrás.
Carlos siempre afirmó que jamás lo había conocido.
—Tú estabas con él —susurró ella.
—Fue una noche —respondió Carlos—. No significa nada.
—Me dijiste que nunca lo habías visto.
—Porque no quería que supieras dónde lo conocí.
Samuel dejó otra fotografía sobre la mesa.
Mostraba al padre de Elena entregando un sobre a Carlos.
—Aquella noche, su padre descubrió que la partida estaba manipulada —explicó el inspector—. Había perdido una fortuna, pero antes de abandonar el lugar encontró las marcas en las cartas.
Elena miró la baraja.
—¿Y Carlos formaba parte de la estafa?
—No al principio —respondió Samuel—. Era uno de los jugadores utilizados para atraer víctimas.
Carlos apretó los dientes.
—Yo no sabía que las cartas estaban marcadas.
—Pero lo descubriste.
—Demasiado tarde.
Samuel señaló el sobre de la fotografía.
—El padre de Elena te entregó pruebas.
Carlos bajó la mirada.
—Me pidió que las llevara a la policía.
—Nunca llegaron.
Elena sintió que una vieja herida se abría dentro de ella.
—Dos días después murió.
Carlos se acercó lentamente.
—Elena, escúchame.
—No me toques.
—Yo intenté ayudarlo.
—Mentiste durante doce años.
—Porque las personas que controlaban aquellas partidas amenazaron con ir por ti.
Elena soltó una risa amarga.
—¿Y por eso te casaste conmigo?
Carlos no respondió.
Ella comprendió la verdad antes de escucharlo.
—Te acercaste para vigilarme.
—Al principio, sí.
Las palabras fueron más dolorosas que todos los gritos.
—¿Quién te lo ordenó?
Carlos miró hacia el automóvil estacionado afuera.
—El hombre que está dentro de ese coche.
Samuel se volvió hacia la ventana.
Uno de los agentes levantó su radio.
—Revisen el vehículo.
Dos policías salieron.
El motor del automóvil se encendió de inmediato.
Las ruedas patinaron sobre el pavimento mojado, pero una patrulla apareció al final de la calle y bloqueó la salida.
El conductor permaneció inmóvil unos segundos.
Después abrió la puerta.
Un anciano delgado descendió con las manos levantadas.
Elena lo reconoció.
—Don Ernesto.
Había sido socio de su padre y amigo cercano de la familia. Durante años había llevado flores a su tumba y repetido que aquel accidente había sido una tragedia imposible de evitar.
Samuel ordenó que lo introdujeran en la casa.
Ernesto entró con una expresión de absoluta serenidad.
Miró primero a Elena y después a Carlos.
—Veo que finalmente encontraste la baraja.
Carlos dio un paso atrás.
—Fuiste tú quien llamó a la policía.
—No —respondió Ernesto—. Yo solo encendí las luces.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que Carlos intentara huir con las cartas.
Samuel frunció el ceño.
—¿Para qué?
Ernesto sonrió.
—Para confirmar dónde las había escondido.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Usted organizaba aquellas partidas?
El anciano negó lentamente.
—Su padre y yo intentábamos destruirlas.
Carlos soltó una carcajada seca.
—No le creas. Ernesto fue quien me ordenó acercarme a ti.
Elena miró al anciano.
—¿Es verdad?
Ernesto guardó silencio durante demasiado tiempo.
—Al principio necesitábamos saber si tu padre te había entregado algo antes de morir.
—¿Algo como qué?
Ernesto observó las cartas.
—La lista de nombres.
Samuel abrió los ojos.
—¿Qué lista?
—Funcionarios, jueces, empresarios y policías que participaban en las partidas clandestinas. Algunas personas jugaban por dinero. Otras apostaban favores, contratos y secretos.
El inspector miró la baraja.
—¿La lista está escondida en las cartas?
—No exactamente.
Ernesto tomó una carta y la levantó contra la luz.
En el centro apareció una secuencia de números casi invisible.
—Cada carta contiene parte de un código.
Carlos palideció.
—Eso es imposible.
—Tu error fue conservar la baraja sin comprender su verdadero valor.
Samuel ordenó fotografiar cada carta.
Elena se acercó a la mesa.
—Mi padre descubrió el código.
Ernesto asintió.
—Y copió la información en un cuaderno.
—¿Dónde está?
—Desapareció la noche de su muerte.
Todas las miradas se dirigieron a Carlos.
Él negó inmediatamente.
—Yo no lo tomé.
Ernesto señaló el bolsillo interior de su camisa.
—Entonces explica por qué llevas una de sus páginas.
Uno de los agentes registró a Carlos.
Encontró un papel doblado y amarillento.
Elena reconoció la letra de su padre.
En la hoja había varios nombres, fechas y cantidades de dinero.
Uno de los nombres estaba rodeado con tinta roja.
Carlos Ramírez.
—Mi padre te investigaba —dijo Elena.
Carlos comenzó a respirar con dificultad.
—Ese papel no significa lo que parece.
—¿Qué significa entonces?
—Que él descubrió quién era yo realmente.
Elena lo miró fijamente.
—¿Quién eres?
Carlos cerró los ojos.
—El hijo del hombre que dirigía la red de juego.
Ernesto soltó el aire lentamente.
La confesión confirmó una sospecha que había guardado durante años.
—Tu padre se llamaba Víctor Ramírez —dijo—. El dueño del club clandestino donde comenzó todo.
Elena retrocedió.
—Te casaste con la hija del hombre que intentó destruir a tu padre.
—Yo no elegí nacer dentro de esa familia.
—Pero elegiste mentirme.
Carlos golpeó la mesa.
—¡Porque intentaba mantenerte viva!
Elena se estremeció.
—No llames protección a convertir mi casa en una prisión.
—Cada vez que quisiste investigar la muerte de tu padre, ellos me ordenaron detenerte.
—¿Por eso provocabas discusiones?
Carlos bajó la mirada.
—Sí.
—¿Por eso me alejaste de mis amigos?
—Sí.
—¿Y por eso me golpeabas?
Carlos guardó silencio.
Elena sintió que todas las excusas se derrumbaban.
—Nada justifica eso.
—Lo sé.
Por primera vez, la voz de Carlos no contenía arrogancia.
Solo una culpa profunda.
Samuel ordenó colocarle las esposas.
—Queda detenido por violencia doméstica, obstrucción de una investigación y posible ocultamiento de pruebas.
Carlos no se resistió.
Mientras le sujetaban las manos, miró a Elena.
—Hay algo más.
—No quiero escuchar otra mentira.
—Tu padre no murió en el accidente.

Elena se quedó inmóvil.
Ernesto giró bruscamente.
—¿Qué acabas de decir?
Carlos miró al anciano.
—Tú tampoco lo sabías.
—Yo vi su cuerpo.
—Viste un cuerpo que llevaba sus documentos.
Samuel se acercó.
—Explícate.
Carlos señaló la baraja.
—Después de descubrir el código, el padre de Elena fingió su muerte para desaparecer con el cuaderno.
Ernesto negó.
—Eso es absurdo.
—Mi padre lo ayudó.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Tu padre ayudó al mío?
—Hicieron un acuerdo. Víctor necesitaba una salida antes de que la red descubriera que también estaba siendo vigilado. Tu padre necesitaba desaparecer.
—¿Dónde está?
Carlos miró hacia el piso.
—Debajo de esta casa.
Elena siguió su mirada.
—¿Qué significa eso?
Carlos señaló el antiguo aparador.
—Hay una puerta oculta detrás.
Uno de los agentes movió el mueble.
En la pared apareció una cerradura de metal.
Samuel encontró una llave entre las pertenencias de Carlos.
Abrieron la puerta.
Unas escaleras descendían hacia un túnel iluminado por pequeñas lámparas.
Elena sintió que el miedo y la esperanza chocaban dentro de su pecho.
—¿Desde cuándo existe esto?
—Desde antes de que compráramos la casa —respondió Carlos—. Fue una de las razones por las que insistí en vivir aquí.
Bajaron lentamente.
El túnel terminaba en una habitación subterránea llena de archivos, mapas y equipos de vigilancia.
En el centro había una mesa con decenas de fotografías recientes.
Algunas eran de Elena.
Otras mostraban a Ernesto, Samuel y varios hombres desconocidos.
En una pared colgaba el mapa completo de la red clandestina.
Elena encontró una fotografía tomada apenas una semana antes.
En ella aparecía un hombre anciano entrando en un hospital privado.
Tenía el cabello blanco y caminaba con un bastón.
Pero Elena reconoció sus ojos.
—Papá.
Ernesto tomó la fotografía con las manos temblorosas.
—Está vivo.
Samuel revisó la fecha.
—Esta imagen fue tomada hace seis días.
Elena se volvió hacia Carlos.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé.
—Mentiroso.
—Perdí contacto con él hace dos semanas.
En ese momento, un teléfono situado sobre la mesa comenzó a sonar.
Todos guardaron silencio.
La pantalla mostraba un único mensaje:
“LA BARAJA ESTÁ INCOMPLETA”.
Samuel contó las cartas.
Faltaba una.
El as de corazones.
Ernesto palideció.
—Esa carta contenía la última parte del código.
Elena recordó algo.
Cuando era niña, su padre le había regalado un pequeño medallón. Dentro había una diminuta carta doblada.
Siempre creyó que era un recuerdo sin importancia.
Se llevó la mano al cuello.
El medallón ya no estaba.
—Carlos —susurró—. ¿Dónde está mi collar?
Él la miró con terror.
—Lo tomé esta tarde.
—¿Por qué?
—Para pagar la deuda del juego.
Elena sintió que la rabia volvía a encenderse.
—¿A quién se lo entregaste?
Carlos bajó la cabeza.
—A la persona que ganó la partida.
—Dime su nombre.
Antes de que respondiera, todas las pantallas de la habitación se encendieron.
Apareció la imagen de un hombre sentado frente a una mesa de juego.
Llevaba el medallón de Elena entre los dedos.
A su lado permanecía el padre de Elena, atado a una silla.
El desconocido levantó la vista hacia la cámara.
—Gracias por reunir la baraja —dijo—. Ahora traigan las cartas al antiguo casino antes del amanecer.
Elena se acercó a la pantalla.
—¡Suelte a mi padre!
El hombre sonrió.
—Su padre tuvo doce años para revelar nuestros nombres. Esta noche finalmente perderá su última partida.
La transmisión se interrumpió.
Samuel recogió las cartas.
—Nadie irá solo.
Carlos levantó la cabeza.
—Ese hombre controla a varios miembros de la policía. Si movilizan demasiadas unidades, matará al padre de Elena.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque es mi hermano.
Elena lo miró horrorizada.
Carlos había perdido dinero aquella tarde, pero la deuda nunca había sido económica.
Su familia lo había obligado a apostar la última pieza del código.
Y ahora las mismas cartas que destruyeron su matrimonio podían ser la única forma de salvar al padre que Elena había llorado durante doce años.