El silencio permaneció suspendido varios segundos después de que Daniel colgara la llamada.
Yo seguía inmóvil.
Las últimas palabras aún resonaban en mi cabeza.
“Porque yo soy su prestigio.”
Nunca lo había visto hablar así.
Durante ocho años había sido un hombre discreto. Prefería escuchar antes que opinar. Vestía sencillo, conducía un sedán de diez años y jamás presumía de dinero.
Por eso aquella seguridad resultaba completamente desconocida.
—¿Qué acabas de hacer? —pregunté.
Daniel levantó el teléfono y escribió un único mensaje.
—Pedir que preparen el automóvil.
Fruncí el ceño.
—¿Qué automóvil?
Él me miró.
—El que normalmente no uso cuando estoy contigo.
Sentí que mi respiración se detenía.
Cinco minutos después, el sonido de un motor elegante se escuchó frente a la casa.
Me acerqué lentamente a la ventana.
Un Rolls-Royce negro acababa de detenerse frente a la entrada.
Detrás llegaron dos camionetas negras.
Cuatro personas descendieron primero.
Todos llevaban traje oscuro y auriculares discretos.
Uno de ellos abrió respetuosamente la puerta trasera.
Entonces apareció un hombre de unos cincuenta años.
Cabello completamente plateado.
Traje impecable.
Al entrar en la casa inclinó ligeramente la cabeza hacia Daniel.
—Buenas noches, señor Foster.
Yo observaba la escena incapaz de comprender nada.
Daniel señaló mi caja de cartón.
—Llévenla al coche con cuidado.
El hombre la tomó como si transportara una obra de arte.
Después se volvió hacia mí.
—Señora Foster.
No dijo más.
Solo inclinó también la cabeza.
Daniel tomó mi abrigo del perchero.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A recuperar lo que es tuyo.
Durante el trayecto apenas hablamos.
Yo seguía intentando ordenar todas las piezas.
El asistente Reed iba sentado delante.
Cada pocos minutos recibía llamadas.
—Sí.
—Entendido.
—La junta continúa reunida.
—Nadie ha abandonado el edificio.
Finalmente giró hacia Daniel.
—Señor, Thomas Bennett llamó otras nueve veces.
Daniel ni siquiera levantó la vista.
—Que espere.
—También llamó la señora Victoria Lang.
Levanté la cabeza inmediatamente.
Victoria Lang.
Presidenta del consejo de Vanwell.
La mujer más poderosa de toda la empresa.
Daniel respondió con absoluta tranquilidad.

—Ella también puede esperar.
Reed simplemente asintió.
Como si aquella respuesta fuera completamente normal.
Yo ya no sabía quién era el hombre sentado a mi lado.
Cuando llegamos al edificio de Vanwell, decenas de periodistas ocupaban la entrada.
Las cámaras apuntaban hacia las puertas giratorias.
Las noticias sobre BlueLake ya habían provocado un escándalo nacional.
Apenas nuestro automóvil apareció, varios fotógrafos comenzaron a correr.
—¿Quién llegó?
—¿Es alguien de BlueLake?
—¡Miren las placas!
El conductor entró directamente al estacionamiento privado.
Allí nos esperaba Thomas Bennett.
El mismo hombre que me había despedido unas horas antes.
Solo que ahora parecía haber envejecido diez años.
Su corbata estaba torcida.
Tenía la frente cubierta de sudor.
Al verme dio un paso adelante.
—Elena…
No terminó la frase.
Porque Daniel pasó delante de mí.
Thomas quedó completamente inmóvil.
—Se… señor Foster…
Su voz perdió toda autoridad.
—Gracias por venir.
Daniel no respondió.
Solo caminó hacia el ascensor.
Thomas comenzó a seguirnos con evidente nerviosismo.
—Fue un error administrativo. Podemos solucionarlo. El puesto de Elena sigue disponible.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Nadie habló durante la subida.
Cuando llegamos al último piso, encontré a toda la junta directiva reunida.
Nadie estaba sentado.
Todos permanecían de pie.
Esperando.
Al entrar, las conversaciones desaparecieron de inmediato.
Victoria Lang avanzó primero.
Era la misma mujer que seis meses atrás había felicitado públicamente mi estrategia de marca.
Ahora parecía profundamente preocupada.
—Señor Foster…
Daniel hizo un pequeño gesto con la cabeza.
Nada más.
Entonces vi a Sophie.
Seguía sonriendo.
Aunque su seguridad empezó a desmoronarse al notar la actitud de todos hacia mi esposo.
Me observó confundida.
Después miró nuevamente a Daniel.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
Victoria tomó aire.
—Elena… antes que nada quiero disculparme por lo ocurrido hoy.
La miré sin emoción.
—¿Fue un error?
Ella dudó.
Thomas intervino rápidamente.
—Sí… una decisión precipitada.
Entonces Sophie soltó una pequeña risa.
—¿Ahora todos van a fingir que Elena era indispensable?
Nadie la secundó.
Daniel dio por fin un paso al frente.
—No.
Su voz sonó completamente serena.
—Ella nunca fue indispensable.
Sophie volvió a sonreír.
Pero Daniel terminó la frase.
—Era insustituible.
El silencio cayó como una losa.
Daniel colocó una carpeta sobre la mesa.
Reed la abrió.
Dentro había decenas de documentos.
Contratos.
Informes financieros.
Cronogramas.
Todos llevaban el logotipo de BlueLake Capital.
Daniel miró directamente a Thomas.
—Hace dieciocho meses BlueLake aceptó estudiar una inversión en Vanwell únicamente por una razón.
Thomas tragó saliva.
—La estrategia desarrollada por Elena Monroe.
Mi corazón dio un vuelco.
Daniel continuó.
—La expansión internacional, el reposicionamiento de marca y el plan digital fueron evaluados personalmente por nuestro comité.
Victoria abrió lentamente uno de los informes.
En la portada aparecía mi fotografía.
Debajo podía leerse claramente:
“Proyecto recomendado por Elena Monroe.”
Sentí un nudo en la garganta.
Jamás había visto aquel documento.
Daniel siguió hablando.
—Cuando recibimos la notificación de que Elena había sido despedida por razones políticas internas…
Hizo una breve pausa.
—…BlueLake entendió que Vanwell había dejado de valorar precisamente el talento que justificaba nuestra inversión.
Thomas cerró los ojos.
Como si acabara de recibir una sentencia.
Daniel tomó el documento de despido que seguía sobre la mesa.
Lo observó apenas unos segundos.
Después lo rompió lentamente en cuatro partes.
Nadie se atrevió a moverse.
—Desde este momento…
Su teléfono vibró.
Reed miró la pantalla y cambió de expresión.
Se acercó rápidamente para susurrarle algo al oído.
Por primera vez en toda la noche, Daniel frunció el ceño.
—¿Está confirmado?
—Sí, señor.
—¿Hace cuánto?
—Apenas tres minutos.
Daniel levantó lentamente la vista.
Su mirada se encontró con la mía.
Había preocupación.
Una preocupación auténtica.
—Elena…
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasó?
Él respiró profundamente antes de responder.
—Alguien acaba de filtrar a la prensa que tú fuiste la responsable de hacer perder los 480 millones a Vanwell… y ya emitieron una orden para que la fiscalía inicie una investigación pública contra ti.