El murmullo del tribunal desapareció de golpe.
Solo escuchaba mi propia respiración entrecortada y el latido desesperado que parecía retumbar dentro de mi cabeza.
Intenté incorporarme.
El dolor me atravesó la espalda.
Mi mano seguía presionando el vientre mientras veía la sangre extenderse lentamente sobre el mármol.
—Mi bebé…
Una mujer corrió hacia mí.
—¡Llamen a una ambulancia!
Otro funcionario se arrodilló a mi lado.
—No la muevan.
Arriba, en lo alto de la escalera, Paola había perdido completamente el color del rostro.
Retrocedía un paso tras otro.
—Yo… yo no la empujé…
Varias personas comenzaron a mirarla.
Un joven abogado señaló directamente hacia ella.
—¡Sí la empujó! ¡Lo vi!
Diego bajó finalmente las escaleras, pero no para ayudarme.
Miró alrededor con evidente preocupación.
No por mí.
Por las decenas de testigos.
—Está exagerando —dijo con voz tensa—. Mariana siempre dramatiza todo.
Aquellas palabras provocaron indignación inmediata.
Una secretaria judicial respondió con firmeza.
—¿Dramatiza? ¡La señora está embarazada!
En ese momento llegaron los paramédicos.
Me colocaron un collarín y comenzaron a revisar mi abdomen.
Uno de ellos levantó la vista hacia su compañero.
—Presión baja.
—Hay que salir ya.
Mientras me acomodaban sobre la camilla, alcancé a ver cómo un policía retenía a Paola para impedir que abandonara el edificio.
Ella seguía negándolo todo.
—¡Fue un accidente!
Pero varias personas hablaban al mismo tiempo.
—La empujó.
—La vimos.
—Fue intencional.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
El sonido de la sirena llenó el aire.
Durante el trayecto apenas podía mantener los ojos abiertos.
Una doctora sujetó mi mano.
—Mariana, necesito que permanezcas despierta.
Asentí débilmente.
—¿Mi bebé?
Ella evitó responder de inmediato.
—Primero vamos a estabilizarte.
Aquella respuesta bastó para que el miedo me paralizara.
Al llegar al Hospital General comenzaron a correr por los pasillos.

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Todo ocurría demasiado deprisa.
Después de lo que parecieron horas, un ginecólogo apareció frente a mi cama.
Respiró profundamente antes de hablar.
—El bebé sigue con vida.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—Pero…
Mi corazón volvió a acelerarse.
—Existe un hematoma importante.
Guardó unos segundos de silencio.
—Las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas.
Cerré los ojos.
Solo quería abrazar mi vientre y creer que todo saldría bien.
Mientras permanecía en observación, una enfermera dejó sobre mi mesa una pequeña carpeta color beige.
—La trajeron del tribunal.
Fruncí el ceño.
—¿Quién la envió?
—No lo dijeron.
Esperé a quedarme sola antes de abrirla.
Dentro encontré una carpeta mucho más antigua.
Estaba sellada con el escudo del Registro Civil.
Encima había una nota escrita a mano.
“Nunca permitas que Diego vea estos documentos.”
Sentí un escalofrío.
Rompí lentamente el sello.
Lo primero que apareció fue mi acta de nacimiento.
Pensé que se trataba de un error.
Pero debajo había otro documento.
Mi expediente original.
En el apartado correspondiente al padre biológico aparecía una línea que jamás había visto.
No estaba en blanco.
Había sido cubierta durante años por una hoja adicional cuidadosamente pegada.
Con manos temblorosas retiré aquella vieja protección.
Entonces apareció un nombre.
Lo leí una vez.
Después otra.
Y una tercera.
No podía creerlo.
Aquel hombre no era quien me había criado.
Era alguien completamente distinto.
Un apellido que conocía perfectamente.
Uno de los empresarios más influyentes del país.
El mismo grupo empresarial que durante años había competido directamente con la compañía donde Diego trabajaba.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
En ese instante alguien llamó suavemente a la puerta.
Un hombre de unos sesenta años, traje gris impecable y expresión serena, entró acompañado por una mujer mayor.
—¿Mariana?
Lo miré confundida.
Él observó la carpeta abierta sobre mi cama.
Después cerró lentamente los ojos.
Como si hubiera comprendido que ya no existía forma de ocultar la verdad.
—Veo que finalmente encontraste los documentos.
Mi voz apenas salió.
—¿Quién es usted?
El hombre dio un paso al frente.
—Llevo treinta años esperando este momento.
La mujer que lo acompañaba comenzó a llorar en silencio.
Él respiró profundamente antes de pronunciar unas palabras que hicieron temblar todo cuanto creía saber sobre mi vida.
—Soy el abogado personal del hombre cuyo nombre acabas de descubrir… y tu padre lleva más de veinte años buscándote sin saber que Diego era precisamente la persona que estaba impidiendo que llegara hasta ti.