Parte 2: LA HERENCIA QUE NADIE DEBÍA CONOCER

Permanecí inmóvil frente al cajero durante varios minutos.

Cincuenta millones de dólares.

La cifra seguía brillando en la pantalla como si perteneciera a otra persona.

Mi teléfono vibró una vez más.

No era Ethan.

Era Richard.

Respiré hondo antes de contestar.

—¿Llegaste bien a casa?

Su voz sonaba demasiado tranquila.

Como siempre.

—Todavía no.

Hubo una breve pausa.

—¿Estás llorando?

Miré la tarjeta negra entre mis dedos.

—No.

—Me alegra.

Sabía que terminarías aceptando la situación.

Lo mejor para Ethan era venir conmigo.

Colgó antes de que pudiera responder.

Por primera vez en veinte años entendí algo.

Richard no llamaba para saber cómo estaba.

Llamaba para comprobar si seguía siendo la mujer obediente que siempre esperaba encontrar.

Guardé la tarjeta.

Salí del banco.

Y conduje directamente hacia el único lugar donde todavía confiaba en alguien.

El despacho de Daniel Mercer.

Nuestro antiguo asesor jurídico.

El hombre que había ayudado a mi padre cuando Bennett Global no era más que una pequeña oficina con cuatro empleados.


Daniel levantó la cabeza al verme entrar.

Se quedó completamente inmóvil.

—Clara…

¿Cuánto tiempo?

Sonreí apenas.

—Demasiado.

Me hizo pasar inmediatamente a su despacho.

Cuando saqué la tarjeta negra, dejó lentamente la taza de café sobre la mesa.

No la tocó.

Solo la observó.

—¿Quién te dio esto?

—Ethan.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Tu hijo?

Asentí.

Le conté todo.

El aeropuerto.

La llamada.

Los cincuenta millones.

Las advertencias.

Daniel permaneció en silencio durante varios minutos.

Después preguntó algo inesperado.

—¿Richard sabe que tienes esa tarjeta?

—No.

Él respiró con evidente alivio.

—Entonces todavía tenemos tiempo.

Fruncí el ceño.

—¿Tiempo para qué?

Se levantó.

Cerró cuidadosamente la puerta del despacho.

Volvió a sentarse frente a mí.

Y habló casi en un susurro.

—Hace veinte años tu padre creó una estructura financiera secreta.

Sentí un vuelco en el pecho.

—¿Mi padre?

—Sí.

Nunca confió completamente en Richard.

Ni siquiera cuando ustedes eran recién casados.

Abrí mucho los ojos.

—Eso es imposible.

Lo adoraba.

Daniel negó lentamente.

—Lo respetaba.

No es lo mismo.

Sacó una vieja carpeta del archivador.

La colocó frente a mí.

En la portada aparecía una inscripción.

Proyecto Astral.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Las mismas palabras que estaban grabadas en la tarjeta.

Daniel abrió la primera página.

Había un organigrama enorme.

Empresas.

Fideicomisos.

Cuentas internacionales.

Fundaciones.

Todo conectado entre sí.

—Tu padre diseñó este patrimonio para proteger la empresa si alguna vez ocurría una toma hostil.

Señaló uno de los cuadros.

—El beneficiario principal siempre fuiste tú.

Miré incrédula los documentos.

—Entonces…

¿Por qué nunca me dijo nada?

Daniel bajó la mirada.

—Porque murió antes de completar la transferencia definitiva.

El silencio llenó la habitación.

Continuó hablando.

—Solo tres personas conocían la existencia del Proyecto Astral.

Tu padre.

Yo.

Y…

Se detuvo unos segundos.

—Richard.

Sentí que un escalofrío recorría toda mi espalda.

—¿Richard sabía?

Asintió.

—Desde hace quince años.

La sangre comenzó a hervirme.

—Entonces…

¿Todo este tiempo…?

Daniel terminó la frase por mí.

—Ha estado buscando la forma de acceder a ese patrimonio.

Me quedé completamente inmóvil.

Recordé inmediatamente el divorcio.

La presión por firmar rápido.

Las acciones trasladadas.

La insistencia de su madre.

Vanessa.

Todo empezó a tener sentido.

—Pero nunca pudo encontrarlo.

Dijo Daniel.

Porque faltaba una condición.

—¿Cuál?

Me miró directamente.

—La autorización del heredero principal.

Tú.

Respiré con dificultad.

—¿Y Ethan?

Daniel sonrió por primera vez.

—Tu hijo descubrió el Proyecto Astral hace unos meses.

—¿Cómo?

Sacó otra carpeta.

—Porque tu padre también dejó un segundo beneficiario.

En caso de que a ti te ocurriera algo.

Abrí lentamente la boca.

—Ethan…

Daniel asintió.

—Por eso Richard insistió tanto en llevárselo a Londres.

No era solo una escuela.

Era la oportunidad de mantenerlo completamente controlado.

Sentí un vacío horrible en el pecho.

—Mi hijo está solo con él.

En ese momento sonó el teléfono de Daniel.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

Colgó lentamente.

—¿Qué pasó?

Me observó con enorme preocupación.

—Acaban de confirmar que el vuelo privado de Richard…

No aterrizó en Londres.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Cambió el plan de vuelo hace cuarenta minutos.

Ahora mismo se dirige a Suiza.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

—Pero Ethan dijo que iban a Londres.

Daniel ya estaba tomando su teléfono.

—Eso pensaba él.

Entonces comprendí la verdad.

Richard nunca había querido llevar a nuestro hijo a estudiar.

Quería sacarlo del país antes de que descubriera que Ethan era la única persona capaz de desbloquear el patrimonio que llevaba veinte años intentando robar.

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