PARTE 2: EL DINERO QUE ESCONDÍA UNA TRAICIÓN

Diego sacó lentamente el arma de su chaqueta.

Mateo cerró los ojos por un instante.

Pensó en Lucía acostada en aquella cama de hospital, rodeada de máquinas y esperando una operación que quizá nunca llegaría.

—Si vas a hacerlo, hazlo rápido —dijo—. Pero lleva el dinero al hospital.

Diego lo observó en silencio.

Después levantó el arma y disparó.

La bala pasó junto al rostro de Mateo y golpeó una tubería detrás de él.

Un hombre oculto entre las sombras cayó al suelo con un grito.

Mateo se giró aterrorizado.

No estaban solos.

Dos figuras armadas aparecieron al fondo de la fábrica.

—¡Corre! —ordenó Diego.

Ambos se refugiaron detrás de una vieja máquina mientras los disparos destrozaban los cristales y levantaban polvo del suelo.

—¿Quiénes son? —preguntó Mateo.

—Los verdaderos dueños de ese dinero.

—Creí que te pertenecía.

Diego recargó el arma.

—Eso necesitaba que creyeras.

Mateo miró el maletín.

—¿Me utilizaste?

—Sabía que alguien dentro de mi organización vendía información. Marqué los billetes y esperé a que intentaran recuperarlos.

La furia recorrió el rostro de Mateo.

—¡Mi hermana se está muriendo mientras tú juegas a descubrir traidores!

Diego lo miró directamente.

—Lucía no necesita cien mil dólares.

Mateo se quedó inmóvil.

—El hospital me dio esa cifra.

—El médico te mintió.

Diego sacó su teléfono y mostró una grabación.

En ella aparecía el cirujano hablando con uno de los hombres que ahora los atacaban.

—Cuando Mateo robe el dinero, avísenos —decía el médico—. Diego irá detrás de él y podremos eliminarlos a los dos.

Mateo sintió que el mundo se desmoronaba.

—¿Entonces la operación es falsa?

—La enfermedad es real. Pero el hospital recibió el pago hace tres días.

—¿Quién pagó?

Diego guardó silencio.

Mateo lo agarró por la camisa.

—¡Dímelo!

—Yo.

La respuesta lo dejó sin fuerzas.

—¿Por qué ayudarías a mi hermana?

Diego bajó el arma.

—Porque Lucía también es mi hija.

El ruido de la tormenta pareció desaparecer.

Mateo soltó lentamente su camisa.

—Eso es imposible.

—Tu madre trabajó conmigo hace años. Cuando intentó abandonar la organización, desapareció contigo y nunca me dijo que estaba embarazada otra vez.

—Mi madre murió.

—No. Vive bajo otra identidad.

Mateo negó con rabia.

—Estás mintiendo para que te entregue el dinero.

Diego abrió el maletín.

Debajo de los billetes había una fotografía antigua.

En ella aparecía abrazando a la madre de Mateo frente a una clínica. La mujer llevaba una mano sobre su vientre.

En la parte posterior había una fecha: nueve meses antes del nacimiento de Lucía.

—Descubrí la verdad cuando ella ingresó en el hospital —explicó Diego—. La prueba genética confirmó que soy su padre.

Un nuevo disparo golpeó la máquina.

Diego empujó a Mateo hacia una puerta lateral.

—Debemos salir.

—No me iré sin el dinero.

—Los billetes están marcados. Si llegas al hospital con ellos, la policía te detendrá.

Mateo miró el maletín con desesperación.

Todo lo que había arriesgado no servía para salvar a Lucía.

Diego le entregó una tarjeta bancaria.

—La operación está pagada. Esa tarjeta contiene suficiente dinero para su recuperación.

—¿Y por qué me seguiste hasta aquí?

—Porque sabía que los traidores te utilizarían para llegar hasta mí.

Ambos corrieron por un corredor estrecho mientras los hombres armados los perseguían.

Al llegar a la salida trasera, un automóvil bloqueó su camino.

El cirujano bajó del asiento del conductor.

Sostenía una pistola.

—Entréguenme el maletín —ordenó.

Mateo dio un paso adelante.

—Usaste la enfermedad de una niña para tender una trampa.

—Solo era una paciente más.

Diego levantó su arma.

—Para mí no.

El médico sonrió.

—Si disparas, nunca descubrirás dónde está su madre.

Mateo miró a Diego.

—¿Él sabe dónde está?

—Todos estos años trabajó para las personas que la mantienen escondida.

El cirujano abrió la puerta trasera del vehículo.

Dentro había una mujer con las manos atadas y el rostro cubierto.

Mateo reconoció inmediatamente el collar que llevaba.

Había pertenecido a su madre.

—Mamá…

El médico apretó el arma contra ella.

—El dinero por la mujer.

Diego dejó su pistola en el suelo.

Mateo sostuvo el maletín con fuerza.

—Primero libera a mi madre.

—Primero entrégamelo.

Mateo lo lanzó hacia el centro del patio.

El médico se acercó para recogerlo.

En ese instante, Diego golpeó el arma con el pie y Mateo abrió la puerta del automóvil.

Los hombres forcejearon bajo la lluvia.

Un disparo resonó.

El cirujano cayó herido en el hombro.

Los perseguidores salieron de la fábrica, pero varias sirenas comenzaron a rodear el lugar.

Diego había mantenido activo su comunicador durante toda la conversación.

La policía arrestó al médico y a los miembros corruptos de la organización.

Mateo liberó a la mujer del vehículo y retiró la tela de su rostro.

No era su madre.

Era una desconocida.

—¿Dónde está ella? —preguntó Diego.

La mujer lloró.

—Me obligaron a fingir que era ella.

El cirujano comenzó a reír mientras los agentes lo esposaban.

—La madre de los niños nunca estuvo aquí.

Mateo se acercó.

—¿Dónde está?

—En el mismo hospital donde dejaron a Lucía.

El rostro de Diego cambió.

Ambos corrieron hacia el automóvil.

Cuando llegaron, la habitación de la niña estaba vacía.

Sobre la cama permanecía únicamente el pequeño brazalete hospitalario y una nota:

“La operación terminó con éxito. Ahora tenemos a la hija y a la madre. Si quieren volver a verlas, Diego deberá entregar algo mucho más valioso que cien mil dólares.”

Mateo miró a su antiguo mentor.

—¿Qué quieren de ti?

Diego cerró los ojos.

—La lista de todos los hombres que trabajaron para el gobierno y que oficialmente están muertos.

—¿Tu nombre aparece allí?

Diego negó lentamente.

—El primero es el tuyo.

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