La sombra permaneció inmóvil detrás del cristal.
Mateo alcanzó a ver el brillo del arma justo antes de que la ventana estallara.
—¡Al suelo! —gritó.
El disparo atravesó la habitación y golpeó la bombilla del techo. La sala quedó sumergida en una oscuridad total mientras los cinco sospechosos corrían en distintas direcciones.
El inspector se refugió detrás de una mesa de metal y sacó su pistola.
—¡Nadie salga de aquí!
Una segunda bala atravesó la puerta.
El hombre del traje gris cayó de rodillas, sujetándose el hombro herido.
—¡Va a matarnos a todos! —gritó.
Mateo se acercó a él arrastrándose.
—¿Quién está afuera?
—No puedo decirlo.
—Acaba de dispararte. Ya no está protegiéndote.
El hombre miró hacia la ventana rota.
—Él organizó la agresión.
—Dame un nombre.
Antes de que pudiera responder, la primera mujer de la fila se levantó y corrió hacia la salida.
Mateo intentó detenerla.
La puerta se abrió desde afuera y una mano la arrastró hacia el pasillo.
Su grito terminó de golpe.
—¡Cierren la puerta! —ordenó el inspector.
Dos agentes empujaron un armario contra la entrada.
Mateo recogió el sobre negro que había caído al suelo. Dentro no había ninguna grabación de seguridad.
Solo fotografías.
Una de ellas mostraba a la víctima discutiendo con un hombre frente a un edificio municipal.
En otra aparecía el mismo joven entregando documentos a una periodista.
El inspector comprendió la verdad.
—No fue una pelea casual.
El sospechoso herido comenzó a llorar.
—Nos pagaron para asustarlo.
—¿Quién?
—El concejal Ramiro Valdés.
Mateo se quedó inmóvil.
Ramiro no era solo uno de los hombres más poderosos de la ciudad.
Era su propio padrastro.
—Estás mintiendo.
—La víctima descubrió que Valdés desviaba dinero de los hospitales públicos. Iba a entregar las pruebas esa misma noche.
El inspector abrió el último documento.
Era una transferencia bancaria realizada desde una empresa controlada por Ramiro hacia tres de los sospechosos de la fila.
—¿Por qué no lo mataron directamente? —preguntó Mateo.
—Porque debía parecer una agresión entre jóvenes borrachos.
Un golpe brutal sacudió la puerta.
El armario comenzó a moverse.
—Nos encontró —susurró uno de los sospechosos.
Mateo apagó la linterna de su teléfono.
—Hay otra salida.
Señaló una pequeña rejilla de ventilación situada cerca del suelo.
—No cabremos todos —respondió el inspector.
—Entonces saldrán primero quienes estén dispuestos a declarar.
Los sospechosos se miraron.
El pacto de silencio había terminado.
La puerta cedió parcialmente y el cañón de un arma apareció por la abertura.
Mateo disparó hacia el marco.
El desconocido retrocedió.
—¡Rápido!
El inspector arrancó la rejilla y ayudó a salir al hombre herido. Después pasaron los otros testigos.
Cuando solo quedaban Mateo y el inspector, una voz resonó desde el pasillo.
—Mateo, abre la puerta.
Él reconoció inmediatamente al hombre.
—Ramiro.
—No tienes que morir por personas que ni siquiera conoces.
Mateo apretó el sobre contra el pecho.
—La víctima era mi hermano.
El inspector lo miró sorprendido.
—Nunca mencionaste eso.
—Porque necesitaba que creyeran que esta era una investigación normal.
Ramiro soltó una risa desde el exterior.
—Tu hermano cometió el error de investigar asuntos de adultos.
—Y tú cometiste el error de dejarlo con vida.
El silencio cambió.
Mateo comprendió que Ramiro no sabía que la víctima había despertado esa misma tarde en el hospital.
—Está consciente —continuó—. Ya contó todo.
La puerta dejó de recibir golpes.
Durante unos segundos no se escuchó nada.
Después comenzó un sonido de pasos alejándose.
—Está huyendo —dijo el inspector.
Mateo salió por el conducto y llegó al callejón trasero.
Los testigos esperaban allí junto a varios agentes. A lo lejos, una figura corría hacia un automóvil negro.
—¡Ramiro Valdés! —gritó Mateo—. ¡Deténgase!
El hombre abrió la puerta del vehículo.
Pero antes de entrar, varias patrullas bloquearon la calle.
Ramiro levantó el arma.
Mateo avanzó sin disparar.
—Se acabó.
—No tienes ninguna prueba verdadera.
Mateo mostró el sobre.
—Las transferencias, las fotografías y cinco testigos.
Ramiro sonrió.
—Todos ellos cambiarán su declaración antes del juicio.

—Esta vez no.
El inspector señaló las cámaras instaladas en los uniformes de los agentes.
Toda la conversación había quedado grabada.
Ramiro bajó lentamente el arma.
Los policías lo esposaron frente a los mismos hombres a quienes había pagado para guardar silencio.
Horas después, Mateo llegó al hospital.
Su hermano abrió los ojos con dificultad.
—¿Hablaron?
—Todos.
—¿Y Ramiro?
—Está detenido.
El joven respiró aliviado.
Pero una enfermera entró con una bolsa de pruebas encontrada entre sus pertenencias.
Dentro había una memoria digital.
Mateo la conectó a un ordenador.
Apareció un video grabado la noche de la agresión.
Ramiro estaba allí.
Pero no daba las órdenes.
Escuchaba a otra persona.
La figura permanecía de espaldas, vestida con un abrigo oscuro.
—Golpéenlo, pero déjenlo vivo —ordenaba una voz femenina—. Necesito que Mateo encuentre a los culpables y llegue hasta Ramiro.
Mateo sintió que el corazón se detenía.
Reconocía aquella voz.
Era su madre.
En la grabación, ella se giró hacia la cámara.
—Cuando mi hijo destruya a Ramiro, el imperio será finalmente mío.