Nadie se movió durante varios segundos.
El silencio dentro de la sala de juntas era tan pesado que incluso el zumbido del aire acondicionado parecía ensordecedor.
Alejandro seguía mirando la pantalla de la tableta como si las cifras fueran a cambiar por arte de magia.
Pero no cambiaron.
Valeria acababa de convertirse oficialmente en la accionista mayoritaria del Grupo Gu.
Los miembros de la junta comenzaron a entrar uno tras otro.
Por primera vez en años, ninguno se dirigió hacia Alejandro.
Todos caminaron directamente hasta Valeria.
—Presidenta, necesitamos su autorización para iniciar la sesión extraordinaria.
Alejandro sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Aquellos mismos ejecutivos que durante años le habían jurado lealtad ahora inclinaban la cabeza ante la mujer que él había intentado humillar.
—Esto es una traición —gruñó.
Valeria sostuvo su mirada con absoluta serenidad.
—No, Alejandro. Es el resultado de tus propios errores.

Con un simple gesto, el secretario proyectó nuevos documentos sobre la gran pantalla.
Las operaciones ocultas, las pérdidas maquilladas y las transferencias irregulares aparecieron una tras otra delante de todos.
El murmullo de los directivos llenó la sala.
Alejandro comprendió que alguien había tenido acceso a cada uno de sus movimientos durante meses.
—¿Quién te ayudó? —preguntó con desesperación.
Valeria sonrió por primera vez.
—La persona en la que más confiabas.
La puerta volvió a abrirse lentamente.
Todos giraron la cabeza.
Era Ricardo Mendoza, director financiero de la corporación y amigo personal de Alejandro desde hacía más de veinte años.
Se acercó hasta la cabecera de la mesa y dejó una carta de renuncia frente a él.
—Lo siento. Hace un año comprendí que la empresa sobreviviría mejor sin ti.
Aquellas palabras fueron el golpe definitivo.
Alejandro apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
Pero aún conservaba un último secreto.
Respiró hondo y dejó escapar una sonrisa inesperada.
—Crees que ya ganaste.
Sacó lentamente una pequeña llave dorada del bolsillo de su chaqueta.
—Hay una caja fuerte que nadie conoce. Si se abre, no solo caeré yo… también caerás tú.
Por primera vez desde que comenzó aquella batalla, la expresión de Valeria cambió.
Aquella llave era la única pieza del pasado que ella jamás había conseguido encontrar.