PARTE 2: LA LLAMADA QUE CAMBIÓ SU DESTINO.

Lucía corría sin mirar atrás.

La lluvia empapaba su ropa mientras sus tacones resbalaban sobre el pavimento mojado.

Detrás de ella, los pasos de Mateo sonaban cada vez más cerca.

Él no pensaba detenerse.

Al doblar un callejón, Lucía logró sacar el teléfono de su bolsillo.

La llamada seguía activa.

No había tenido tiempo de responder.

Con manos temblorosas presionó el botón del altavoz.

—¡Papá… ayúdame!

Un grito desgarrador escapó de su garganta.

La respuesta llegó de inmediato.

—¿Dónde estás? No cuelgues.

Era la voz de su padre.

Mateo escuchó aquellas palabras y se detuvo por un instante.

Su rostro perdió la seguridad que había mostrado durante toda la noche.

—¿Llamaste a tu padre? —preguntó entre dientes.

Lucía no respondió.

Continuó corriendo hacia la avenida principal.

Las luces de varios comercios iluminaban la calle.

Por primera vez desde que comenzó la persecución, había testigos.

Mateo aceleró nuevamente.

Estaba a pocos metros de alcanzarla cuando el rugido de varios motores rompió el silencio.

Tres camionetas negras frenaron bruscamente frente a Lucía.

De ellas descendieron varios hombres vestidos de traje.

Uno de ellos se colocó inmediatamente delante de la joven.

—Señorita Lucía, ya está a salvo.

Mateo quedó inmóvil.

El último vehículo abrió lentamente su puerta.

Un hombre de cabello canoso descendió con expresión implacable.

Era Ricardo Salazar.

El padre de Lucía.

Su mirada se clavó directamente en Mateo.

—Te advertí hace un año que no volvieras a acercarte a mi hija.

Mateo intentó sonreír.

—Esto es un asunto entre ella y yo.

Ricardo negó lentamente.

—Dejó de serlo el día que empezaste a perseguirla, amenazarla y controlar cada paso de su vida.

Uno de los escoltas entregó una carpeta.

Dentro había fotografías, mensajes, grabaciones y denuncias que Lucía nunca se había atrevido a presentar.

Todo estaba documentado.

Mateo comprendió que aquella noche no había sido una casualidad.

Habían estado reuniendo pruebas durante meses.

En ese momento se escucharon sirenas acercándose.

Dos patrullas aparecieron al final de la avenida.

Un oficial descendió del vehículo y miró directamente a Mateo.

—Tenemos una orden para llevarlo a declarar por varios delitos relacionados con amenazas y acoso.

Mateo retrocedió lentamente.

Pero antes de que pudiera escapar, un teléfono comenzó a sonar dentro de su chaqueta.

El oficial respondió la llamada.

Tras unos segundos, levantó la vista con expresión seria.

—Hay otra víctima.

Y acaba de identificar a Mateo como el hombre que llevaba años aterrorizando a varias mujeres bajo identidades diferentes.

Lucía comprendió que ella nunca había sido la única.

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