PARTE 2: LA MOCHILA DE BILLETES REVELÓ LA TRAICIÓN DEL PADRE

Mateo sacó lentamente la mano de su chaqueta.

No sostenía un arma.

Era una pequeña llave plateada, marcada con el número 317.

Carlos se detuvo a pocos pasos de él.

—Abre la mochila —ordenó—. Si ese dinero no es nuestro, demuéstralo.

Mateo miró hacia el automóvil negro estacionado al final de la calle.

—No puedo hacerlo aquí.

—Entonces sí lo robaste —dijo Elena entre lágrimas.

Mateo apretó la mandíbula.

Finalmente dejó caer la mochila sobre la mesa y abrió la cremallera.

Decenas de fajos de billetes llenaban el interior.

Carlos reconoció de inmediato las bandas del banco donde habían depositado sus ahorros.

—Es nuestro dinero.

Se abalanzó sobre la mochila, pero Mateo lo sujetó del brazo.

—Solo una parte salió de vuestra cuenta.

Carlos lo miró con incredulidad.

—¿Cómo sabes eso?

Mateo sacó un recibo doblado.

La transferencia había sido realizada aquella mañana con la firma digital de Elena.

Ella palideció.

—Yo jamás autoricé esto.

—Alguien copió tus datos —explicó Mateo—. Y no fue la primera vez.

Dentro de la mochila también había documentos, fotografías y varios pagarés antiguos.

Uno de ellos llevaba la firma del padre de ambos hermanos, desaparecido hacía quince años.

Carlos sintió que le faltaba el aire.

—Papá murió.

Mateo negó lentamente.

—Eso fue lo que mamá nos obligó a creer.

Elena observó la llave plateada.

—¿Qué abre?

—Una taquilla en la estación central.

Mateo confesó que llevaba semanas siguiendo a un hombre que se presentaba como cobrador de una deuda familiar.

Aquella mañana lo vio entrar en el banco utilizando documentos falsos a nombre de Elena.

Consiguió arrebatarle la mochila cuando salió del edificio.

—¿Por qué no llamaste a la policía? —preguntó Carlos.

Mateo señaló el coche negro.

—Porque uno de los hombres que lo acompañaban llevaba uniforme.

En ese instante, la puerta del automóvil se abrió.

Dos hombres descendieron y comenzaron a caminar hacia la casa.

Mateo cerró la mochila.

—Tenemos que salir por atrás.

Carlos dudó.

Todavía no confiaba en su hermano, pero los desconocidos ya estaban bloqueando la entrada principal.

Los tres huyeron por el patio y atravesaron varios callejones hasta llegar a la estación.

La taquilla 317 se encontraba al fondo de un pasillo casi vacío.

Mateo introdujo la llave.

Dentro había una grabadora, un teléfono antiguo y una carpeta con el nombre de Carlos.

El audio comenzó a reproducirse al pulsar un botón.

La voz de su padre llenó el pasillo.

—Si mis hijos escuchan esto, significa que la deuda ha vuelto a perseguirnos.

Carlos se apoyó contra la pared.

Su padre explicaba que años atrás había trabajado como contador para una organización dedicada a lavar dinero mediante negocios familiares.

Cuando intentó abandonarla, lo amenazaron con hacer daño a sus hijos.

Para protegerlos, fingió su muerte y desapareció.

—El dinero que encontraréis no pertenece a vuestra familia —continuaba la voz—. Fue robado a cientos de personas.

Elena miró la mochila con horror.

—Entonces nuestros ahorros estaban mezclados con dinero ilegal.

Mateo abrió la carpeta.

Había movimientos bancarios recientes realizados desde la cuenta de Carlos.

—Alguien ha estado usando mi identidad —dijo él.

En la última página aparecía el nombre de la persona autorizada para administrar aquellas cuentas.

Era su madre.

Carlos quedó paralizado.

—Ella no sabe usar el banco por internet.

—Eso te hizo creer —respondió Mateo.

El teléfono antiguo comenzó a sonar.

Carlos contestó.

—Hijos míos —dijo una voz femenina—, habéis abierto algo que debía permanecer cerrado.

Era su madre.

No estaba enferma ni confundida, como les había hecho creer durante años.

Ella había continuado administrando las operaciones después de la desaparición de su esposo.

—Devuelvan la mochila —ordenó—. Si no lo hacen, Elena será acusada del robo.

Elena comprendió entonces por qué habían utilizado su firma digital.

Todo había sido preparado para convertirla en la culpable.

—¿Dónde está papá? —preguntó Carlos.

La mujer guardó silencio.

Después respondió con una calma aterradora:

—Dentro del coche negro que lleva toda la tarde observando vuestra casa.

Los hermanos miraron hacia la entrada de la estación.

Los dos hombres habían llegado.

Entre ellos caminaba un anciano de rostro cansado y cabello gris.

Carlos reconoció sus ojos de inmediato.

Era su padre.

Pero no parecía un prisionero.

Llevaba el mismo anillo que los hombres del coche y sostenía un arma contra el costado.

—Entregadme la mochila —dijo—. Vuestra madre ya ha causado suficientes problemas.

Mateo retrocedió.

—¿Ella nos estaba protegiendo de ti?

El anciano sonrió con tristeza.

—Ninguno de nosotros os protegió.

Carlos apretó la grabadora contra su pecho.

—¿Quién robó nuestros ahorros?

El padre señaló a Elena.

—Pregúntale por qué abrió una cuenta secreta seis meses antes de casarse contigo.

Carlos giró lentamente hacia su esposa.

Elena perdió el color del rostro.

—Yo puedo explicarlo.

Mateo revisó el último documento de la carpeta.

La cuenta secreta estaba a nombre de Elena, pero los depósitos comenzaron cuando ella tenía apenas doce años.

Cada mes recibía dinero de la organización del padre de Carlos.

Elena no había entrado por casualidad en aquella familia.

Había sido preparada desde niña para acercarse a Carlos, casarse con él y vigilar cada uno de sus movimientos.

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