Valeria apagó todas las luces de la cocina.
Su respiración se volvió lenta mientras observaba la silueta que intentaba abrir la ventana trasera desde el jardín. La lluvia seguía golpeando los cristales con fuerza, ocultando el ruido de los movimientos del intruso.
Tomó un pesado sartén de hierro y se acercó con cautela.
La ventana comenzó a abrirse.
Cuando la figura puso un pie dentro de la casa, Valeria levantó el brazo dispuesta a defenderse.
—¡Espera!
La voz era la de Mateo.
Ella quedó inmóvil.
—¿Qué demonios haces aquí? ¡Te acabo de echar!
Mateo respiraba con dificultad.
—No vine para entrar… vine para salvarte.
Antes de que pudiera responder, un fuerte golpe resonó en la puerta principal.
Después otro.
Y otro más.
Varias personas intentaban derribarla.
Mateo miró hacia el frente de la casa.
—No estaban siguiéndome por casualidad.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

—¿Quiénes son?
Él bajó la cabeza por primera vez desde que había regresado.
—La mujer por la que las abandoné no solo me quitó todo mi dinero. También trabajaba para una organización que lava millones usando propiedades abandonadas. Cuando descubrí sus negocios, intenté denunciarlos… y ahora creen que escondí unas pruebas aquí.
Los golpes contra la puerta se hicieron cada vez más violentos.
Los cristales comenzaron a vibrar.
Mateo sacó una pequeña llave metálica del bolsillo.
—Tu madre nunca quiso que supieras esto. Debajo del suelo de la despensa hay una caja fuerte. Allí guardó documentos antes de morir.
Valeria lo miró sin saber qué creer.
Durante años había odiado a aquel hombre.
Pero el miedo que veía en sus ojos era completamente real.
De pronto, la puerta principal cedió con un estruendo.
Varias sombras armadas entraron en la vivienda.
El líder observó a padre e hija y sonrió lentamente.
—Qué bonito… la familia volvió a reunirse.
Entonces levantó una fotografía.
Al verla, Valeria sintió que el mundo se detenía.
En aquella imagen aparecía su madre… abrazando al mismo hombre que acababa de ordenar el ataque a su casa.