Parte 2: EL HOMBRE DEL AUTOBÚS SABÍA MUCHO MÁS DE LO QUE IMAGINABA

El comedor quedó en un silencio tan espeso que podía escucharse el tic-tac del viejo reloj de pared.

Rodrigo seguía sosteniendo la pluma, pero ya no insistía en que firmara.

Sus ojos estaban clavados en el testamento que don Ernesto acababa de sacar del sobre amarillo.

—Eso no puede ser —murmuró.

El anciano respiraba con dificultad, aunque su voz sonó firme.

—Es el último documento que Daniel firmó antes de morir. Está protocolizado ante notario. Mientras Mateo sea menor de edad, Mariana administrará absolutamente todo. Nadie más.

Varias tías comenzaron a mirarse entre ellas.

Teresa apretó el rosario que llevaba entre las manos.

—Ernesto… todavía podemos hablar…

—No.

El golpe que dio con el bastón hizo temblar la mesa.

—Durante demasiado tiempo permití que esta familia confundiera la ambición con el amor.

Rodrigo sonrió con frialdad.

—¿Y de verdad crees que ese papel cambia algo?

Se volvió hacia mí.

—Mariana, si no firmas voluntariamente, los abogados tardarán años. Tú sola no podrás manejar una empresa.

No respondí.

Recordé el pañuelo gris.

Aquel desconocido no había dicho “protege el dinero”.

Había dicho:

“No firmes nada.”

Eso significaba que conocía exactamente cuál sería el primer movimiento de la familia.

Entonces sonó el timbre.

Todos voltearon al mismo tiempo.

Una empleada abrió la puerta.

Era un hombre de unos sesenta años, vestido con traje oscuro y un portafolios de cuero.

Don Ernesto sonrió por primera vez desde nuestra llegada.

—Pensé que ya no alcanzaría a venir.

Rodrigo perdió el color.

—¿Qué hace él aquí?

El visitante dejó el portafolios sobre la mesa.

—Buenos días.

Soy el licenciado Álvaro Medina.

Fui abogado personal de Daniel Salgado durante los últimos cinco años.

Rodrigo dio un paso adelante.

—Mi hermano nunca me habló de usted.

—Precisamente.

El abogado abrió lentamente el portafolios.

—Porque Daniel no quería que usted supiera que existía.

Sentí un escalofrío.

Álvaro comenzó a sacar varias carpetas perfectamente ordenadas.

—Antes de morir, Daniel dejó instrucciones muy específicas para el caso de que su esposa o su hijo fueran presionados para renunciar a sus derechos.

Todos guardaron silencio.

El abogado me entregó una carpeta azul.

—Esto también es suyo.

Dentro encontré copias de estados financieros.

Acciones.

Contratos.

Y varias cartas escritas por Daniel.

Reconocí inmediatamente su letra.

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

La primera decía:

“Si estás leyendo esto, significa que yo ya no pude protegerlos personalmente.”

Me costó seguir.

“No confíes en Rodrigo. Lleva años intentando quedarse con la empresa. Si alguna vez insiste demasiado en que firmes algún documento, significa que ya decidió actuar contra ustedes.”

Levanté lentamente la mirada.

Rodrigo permanecía inmóvil.

Por primera vez no tenía ninguna respuesta preparada.

El abogado continuó.

—Daniel también dejó otra instrucción.

Sacó un pequeño sobre sellado.

—Solo debía abrirse si alguien intentaba modificar la herencia de Mateo.

Rompió el sello.

Dentro apareció una memoria USB.

Rodrigo reaccionó inmediatamente.

—Eso no prueba nada.

El abogado ni siquiera lo miró.

—La policía pericial ya tiene una copia.

El ambiente cambió por completo.

Teresa dejó caer el rosario sobre la mesa.

—¿Qué hay ahí?

Álvaro respondió sin emoción.

—Las grabaciones de las reuniones del consejo de administración durante los últimos ocho meses de vida de Daniel.

Rodrigo comenzó a respirar con dificultad.

—Él grababa las reuniones.

—Exactamente.

El abogado conectó la memoria a una pequeña computadora portátil.

Después reprodujo el primer archivo.

La voz de Daniel llenó el comedor.

“Si algún día desaparezco antes de tiempo, revisen cuidadosamente quién insistió más en controlar mis acciones.”

Mi corazón se aceleró.

Luego apareció otra voz.

La reconocí de inmediato.

Era Rodrigo.

“Cuando tu hijo sea mayor, será demasiado tarde. Necesitamos resolver esto antes.”

Todos los familiares quedaron petrificados.

Rodrigo apagó bruscamente la computadora.

—¡Eso está editado!

—¿Seguro? —preguntó el abogado.

Sacó otro dispositivo.

—Porque existen siete copias certificadas.

Nadie habló.

El propio don Ernesto cerró lentamente los ojos.

—Hijo…

Su voz sonó rota.

—¿Qué hiciste?

Rodrigo no respondió.

Solo tomó las llaves de la camioneta que estaban sobre el aparador.

Intentó salir rápidamente.

Pero dos hombres aparecieron en la entrada principal.

No vestían uniforme.

Solo trajes oscuros.

—Lo sentimos, señor Rodrigo.

Uno mostró discretamente una credencial.

—Necesitamos que permanezca en la casa.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Quiénes son ustedes?

El abogado respondió antes que ellos.

—Seguridad privada contratada por Daniel hace casi un año.

Me quedé inmóvil.

—¿Daniel los contrató?

Álvaro asintió.

—Sabía que podía ocurrir algo.

Quería que protegieran a usted y a Mateo si él faltaba.

Sentí un nudo en la garganta.

Mi esposo había previsto mucho más de lo que imaginé.

Entonces recordé algo.

Miré rápidamente al abogado.

—Hay una cosa que no entiendo.

Todos me observaron.

—¿Quién era el hombre del autobús?

El abogado sonrió apenas.

Como si hubiera esperado esa pregunta desde el principio.

—Me alegra que finalmente lo preguntara.

Sacó una fotografía del portafolios.

La colocó frente a mí.

Era el mismo desconocido que había rozado mi zapato durante tres horas.

Pero llevaba uniforme.

Y aparecía estrechando la mano de Daniel.

—Se llama Héctor Velasco.

Guardó un breve silencio.

Fue el mejor amigo de su esposo… y también el único testigo que sobrevivió al supuesto accidente en el que Daniel perdió la vida.

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