Toda la obra quedó en silencio.
El ruido de las mezcladoras seguía al fondo, pero nadie parecía escucharlo.
Los dos hombres de traje se colocaron discretamente delante del automóvil.
La mujer de lentes oscuros caminó directamente hacia Mateo.
Se arrodilló frente a él.
—¿Estás bien?
Mateo bajó inmediatamente la cabeza.
—Sí…
Ella le acarició el cabello con una ternura que contrastaba con la tensión de su rostro.
Después levantó lentamente la vista hacia Cicerón.
—¿Usted es quien le ha estado dando de comer?
Cicerón sintió que todas las miradas caían sobre él.
Miró su lonchera.
Luego al niño.
—Solo compartí mi comida.
La mujer observó el arroz, los frijoles y el pequeño pedazo de huevo que seguía en su mano.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—¿Desde cuándo?
Cicerón se encogió ligeramente de hombros.
—No llevo la cuenta.
Mateo habló por primera vez.
—Desde hace nueve almuerzos.
La mujer cerró los ojos un instante.
Como si aquella respuesta le doliera.
El capataz se acercó nervioso.
—Señora, si hubo algún problema con alguno de nuestros trabajadores…
Ella levantó la mano.
—Al contrario.
Se quitó lentamente los lentes oscuros.
Tenía el rostro completamente agotado.
—Llevo dos semanas intentando descubrir quién alimentaba a mi hijo todos los días.
Los obreros comenzaron a mirarse entre sí.
Cicerón frunció el ceño.
—¿Su hijo?
La mujer asintió.
—Soy Valeria Santoro.
El nombre recorrió la obra como una descarga eléctrica.
Todos conocían a los Santoro.
Eran propietarios del mayor grupo constructor del estado.
La misma empresa que financiaba decenas de proyectos públicos y privados.
El capataz tragó saliva.
—¿La presidenta de Santoro Infraestructura?
Ella apenas hizo un gesto afirmativo.
Pero seguía mirando únicamente a Cicerón.
—Mi hijo tiene una enfermedad degenerativa que limita la movilidad de sus piernas.
Respiró profundamente.
—Después de la muerte de su padre dejó de hablar con casi todo el mundo.
Bajó la vista hacia Mateo.
—Hace tres semanas comenzó a pedir que el chofer lo dejara cerca de esta obra durante la hora de comida.
Cicerón sintió un vacío en el pecho.
—¿Venía solo?
—Con vigilancia.
Uno de los hombres de traje dio un paso adelante.
—Nos manteníamos a distancia por indicación médica.
Valeria continuó.
—El psicólogo creyó que observar gente trabajando podía ayudarlo a recuperar interés por la vida.
Sonrió con tristeza.
—Nunca imaginamos que encontraría algo mucho más importante.
Miró nuevamente la lonchera.
—Encontró a una buena persona.
Mateo sujetó suavemente la manga de Cicerón.
—Perdón.
El albañil sonrió confundido.
—¿Por qué?
—Porque no te dije quién era.
Cicerón soltó una pequeña risa.
—Tampoco yo te dije que era abuelo.
El niño levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—Tengo cuatro nietos.
Mateo sonrió por primera vez en todo el día.
Una sonrisa amplia.
Verdadera.
Los obreros se quedaron observando aquella escena sin decir una palabra.
Valeria dio un paso hacia Cicerón.
—Quiero agradecerle.
Sacó un sobre de su bolso.
—Aquí hay una pequeña compensación.
Cicerón ni siquiera miró el contenido.
Retrocedió un paso.

—No puedo aceptarlo.
Ella quedó sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque yo no vendí mi comida.
La compartí.
Hubo un silencio absoluto.
—Si acepto dinero…
Levantó lentamente la lonchera.
—…parecerá que todo esto tuvo precio.
Valeria bajó despacio el sobre.
No insistió.
Comprendió perfectamente.
Uno de los obreros jóvenes, el mismo que días antes se había burlado, agachó avergonzado la cabeza.
El capataz respiró profundamente.
Nunca había visto rechazar una cantidad de dinero ofrecida por una familia como aquella.
Valeria permaneció varios segundos en silencio.
Después preguntó:
—¿Qué puedo hacer entonces para agradecerle?
Cicerón miró a Mateo.
—Siga trayéndolo.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
—Mientras él quiera venir a ver las grúas…
Sonrió con sencillez.
—…yo seguiré trayéndole medio almuerzo.
Mateo comenzó a llorar.
No con desesperación.
Con alivio.
Porque por primera vez desde que perdió a su padre alguien lo trataba como un niño.
No como un paciente.
No como el heredero de una fortuna.
Solo como Mateo.
Valeria se acercó lentamente.
—¿Cuánto gana usted al mes?
Cicerón respondió con naturalidad.
—Lo suficiente para vivir.
Ella observó sus botas desgastadas.
Sus manos llenas de cicatrices.
La lonchera remendada varias veces.
Y preguntó algo completamente distinto.
—¿Hace cuánto trabaja en construcción?
—Cuarenta y dos años.
Ella permaneció pensativa.
Después llamó discretamente a uno de sus asistentes.
Le susurró unas palabras al oído.
El hombre abrió mucho los ojos.
—¿Está segura?
Valeria asintió.
Cicerón no escuchó aquella conversación.
Estaba demasiado ocupado explicándole a Mateo cómo funcionaba la enorme grúa que giraba lentamente sobre la obra.
No sabía que, detrás de él, la mujer acababa de tomar una decisión que cambiaría muchas vidas.
Porque el expediente que el asistente acababa de sacar del automóvil no contenía un contrato de agradecimiento.
Contenía la lista de candidatos para dirigir el programa de formación de cientos de jóvenes obreros de todas las empresas Santoro.
Y Valeria acababa de tachar todos los nombres.
Para escribir solamente uno.
Cicerón.