El teléfono satelital permaneció en silencio apenas unos segundos.
Luego volvió a escucharse la voz firme del otro lado.
—Operativo Centinela autorizado. Tiempo estimado de respuesta: once minutos. Prioridad Alfa.
Arturo cerró el aparato y volvió a mirar a su hija.
Renata respiraba con dificultad.
Cada inhalación parecía dolerle.
—Aguanta, mi niña.
Le acomodó con cuidado una chamarra doblada bajo la cabeza y arrancó la pickup rumbo al Hospital Zambrano Hellion.
Mientras conducía, marcó al 911.
—Necesito una ambulancia en movimiento. Víctima femenina con posible traumatismo craneoencefálico y estrangulamiento.
Cuando dio la dirección, la operadora respondió de inmediato.
Cinco minutos después una ambulancia interceptó la camioneta.
Los paramédicos subieron a Renata.
Uno de ellos observó las marcas del cuello.
Su expresión cambió por completo.
—Estas lesiones no corresponden a una caída.
Arturo simplemente asintió.
—Lo sé.
Mientras la ambulancia se alejaba, volvió a sonar el teléfono satelital.
—General.
—Informe.
—Tenemos confirmación de que el menor sigue dentro de la residencia Alcázar.
Arturo cerró los ojos un instante.
Leo.
Su nieto de apenas cinco años.
—¿Hay movimiento?
—Sí.
Nuestros observadores detectaron que intentan sacar varias computadoras y documentos por la puerta trasera.
Arturo comprendió inmediatamente lo que significaba.
Estaban destruyendo pruebas.
—Procedan.
—Entendido.
Al mismo tiempo, en la mansión, Mauricio caminaba de un lado a otro del despacho.
—Ese viejo no puede hacernos nada.
Su madre intentaba tranquilizar a los invitados.
—Todo está bajo control. Fue un accidente familiar.
Pero uno de los empleados domésticos se acercó nervioso.
—Señor…
—¿Qué?
—Hay varias camionetas negras entrando por la avenida.
Mauricio sonrió con desprecio.
—Seguramente periodistas.
Sin embargo, al mirar por la ventana dejó de sonreír.
No eran reporteros.
Cuatro vehículos sin distintivos acababan de detenerse frente a la residencia.
De ellos descendieron hombres y mujeres vestidos de civil.
Todos llevaban credenciales colgadas al cuello.
Y ninguno parecía dispuesto a discutir.
El primero tocó la puerta.
Graciela abrió indignada.
—¿Quiénes son ustedes?
El hombre mostró una identificación.
—Autoridad federal.
Necesitamos hablar con Mauricio Alcázar.
Ella soltó una carcajada.
—Mi hijo no recibe desconocidos.
El agente guardó la credencial.
—Entonces entraremos con la orden.
Mauricio apareció detrás de su madre.
—¿Saben quién soy?
—Perfectamente.
—Tengo contratos con el gobierno.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Mauricio sintió un leve nudo en el estómago.
No era la reacción que esperaba.
Siempre bastaba una llamada.
Un favor.
Un contacto.
Pero esta vez nadie parecía impresionado.
En el hospital, Arturo esperaba frente al quirófano.
Un médico salió pocos minutos después.
—¿Es usted familiar de la paciente?
—Soy su padre.
—Tiene varias costillas fracturadas, lesiones por compresión en el cuello y un fuerte golpe en la cabeza.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Las heridas fueron provocadas por una agresión.
Arturo bajó la cabeza apenas un segundo.
No porque dudara.
Sino porque acababa de escuchar la confirmación médica que necesitaba.
En ese momento apareció un niño acompañado por una psicóloga.
Era Leo.

Corrió directamente hacia su abuelo.
Se abrazó a él con todas sus fuerzas.
—Abuelito…
Arturo lo estrechó contra su pecho.
—Ya pasó.
El pequeño comenzó a llorar.
—Papá le pegó muy fuerte a mamá.
Arturo sintió cómo la mandíbula se tensaba.
—¿Qué viste, campeón?
Leo respiró varias veces antes de responder.
—La empujó porque ella quería irse.
Miró alrededor, como si todavía tuviera miedo.
—Y la abuela dijo que si hablaba… me iba a llevar un señor para no volver nunca.
Arturo cerró los ojos.
Aquella amenaza contra un niño terminaba de destruir cualquier posibilidad de justificar lo ocurrido.
Una enfermera se acercó corriendo.
—Señor Castañeda.
Le entregó un sobre transparente.
—Esto estaba escondido dentro de la chamarra de su hija.
Arturo lo abrió.
Había una memoria USB.
Y una pequeña nota escrita con la letra de Renata.
“Papá, si algún día lees esto, significa que ya no pude seguir fingiendo. Aquí está todo.”
Arturo guardó cuidadosamente la memoria.
En ese mismo instante recibió otra llamada.
—Halcón 4.
—Informe.
La voz sonaba mucho más seria que antes.
—La intervención reveló algo que nadie esperaba.
Arturo permaneció en silencio.
—Encontramos servidores ocultos, documentación clasificada y registros financieros.
Hizo una pausa.
—La empresa de Mauricio no era solamente una empresa de ciberseguridad.
Arturo sintió un escalofrío.
—¿Qué era entonces?
Del otro lado respondieron con una frase que cambió por completo el alcance del caso.
—General… todo indica que durante años utilizó sus contratos para encubrir una red de espionaje y extorsión que involucraba a varios funcionarios públicos.