PARTE 2: EL TESTIGO QUE NADIE ESPERABA

PARTE 2

—Yo vi lo que ocurrió —declaró Mateo.

El director se levantó bruscamente de su silla.

—¿Estabas en el pasillo?

—No exactamente.

Mateo colocó el teléfono sobre el escritorio y abrió un archivo de audio. La voz de Andrés llenó la oficina con una claridad aterradora.

—Si no eres mi novia, te mostraré de lo que soy capaz.

Después se escuchó mi negativa, el sonido del forcejeo y el golpe que me hizo caer contra el suelo.

El director perdió el color del rostro.

—¿Cómo conseguiste esta grabación?

—Andrés lleva semanas amenazándola —respondió Mateo—. Hoy me pidió que grabara una conversación para burlarse de ella después. No sabía que terminaría atacándola.

Lo miré sorprendida.

Mateo había guardado silencio durante meses, pero ahora estaba enfrentándose a la familia más poderosa del pueblo.

El director tomó el teléfono.

—Esto debe quedarse aquí hasta que investiguemos.

Mateo lo retiró antes de que pudiera tocarlo.

—Ya existen varias copias.

La puerta volvió a abrirse.

Andrés entró acompañado por su padre, don Ricardo Valdés, el hombre que financiaba los nuevos edificios del instituto.

—Mi hijo asegura que esta joven lo está difamando —dijo el empresario—. Exijo su expulsión inmediata.

Andrés me miró con una sonrisa arrogante.

Creía que aún podía destruirme.

Mateo reprodujo nuevamente la grabación.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—Eso está manipulado —protestó Andrés.

—Entonces no tendrás problema en entregar tu teléfono —respondió Mateo—. Allí están los mensajes que le enviaste durante las últimas semanas.

Don Ricardo golpeó el escritorio.

—Nadie revisará las pertenencias de mi hijo.

—La policía sí puede hacerlo —dijo don Tomás desde la puerta.

El conserje no estaba solo. Detrás de él aparecieron mi madre y dos agentes.

Corrí hacia ella. Cuando vio mi labio herido, sus ojos se llenaron de lágrimas y rabia.

—¿Quién permitió que esto sucediera?

El director intentó justificarse.

—Estamos aclarando los hechos.

—No —respondió mi madre—. Estaban buscando una forma de ocultarlos.

Uno de los agentes pidió escuchar el audio. Andrés comenzó a retroceder.

Su padre lo tomó del hombro.

—No digas una sola palabra.

Entonces Mateo abrió otra carpeta.

—También tengo esto.

Eran capturas de mensajes en los que Andrés hablaba de vengarse si yo seguía rechazándolo. En uno de ellos mencionaba que su padre conseguiría expulsarme y acusarme de provocar el conflicto.

Don Ricardo miró a su hijo con furia.

—Te dije que borraras todo.

El silencio cayó como una sentencia.

El empresario comprendió demasiado tarde que acababa de incriminarse delante de todos.

Los agentes separaron a Andrés de su padre para interrogarlos. El director recibió la orden de conservar los registros escolares y las comunicaciones relacionadas con el caso.

Antes de salir, Andrés se volvió hacia mí.

—Esto no va a quedarse así.

Por primera vez, no bajé la mirada.

—Tienes razón. Ahora todos sabrán lo que hiciste.

Cuando se lo llevaron, agradecí a Mateo.

—¿Por qué arriesgaste tanto por mí?

Él guardó el teléfono lentamente.

—Porque no eres la primera persona a la que Andrés amenaza.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía una estudiante sonriente frente al instituto.

—Es mi hermana —explicó—. Abandonó la escuela el año pasado después de que alguien la aterrorizara durante meses.

Sentí un escalofrío.

—¿Fue Andrés?

Mateo asintió.

—Nunca pudimos demostrarlo.

Observé la fotografía con el corazón acelerado.

La grabación no solo podía hacer justicia por mí.

También podía revelar cuántas víctimas habían sido silenciadas antes.

Pero mientras los agentes registraban el casillero de Andrés, encontraron una lista doblada dentro de un libro.

Mi nombre aparecía al final.

Y encima del mío había otros siete.

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