PARTE 2: LA GRABACIÓN REVELÓ QUE EL VERDADERO OBJETIVO NO ERA DON TOMÁS

Elena observó la pantalla del teléfono y retrocedió hasta chocar contra la pared.

En el video se veía claramente cómo abría un pequeño frasco, vertía varias gotas en la sopa y removía el líquido con absoluta tranquilidad.

—Eso no demuestra que fuera veneno —dijo ella, intentando recuperar el control—. Eran unas gotas para ayudarlo a dormir.

Mateo acercó el teléfono a su rostro.

—Entonces no tendrás problema en beber la sopa tú misma.

Elena miró el plato.

Por primera vez, el miedo apareció en sus ojos.

Don Tomás levantó una mano temblorosa y señaló el aparador del comedor.

—El frasco… lo escondió allí.

Mateo abrió el cajón superior y encontró un recipiente de cristal sin etiqueta. Lo envolvió cuidadosamente con un pañuelo.

—La policía analizará esto.

Elena corrió hacia la puerta, pero alguien apareció en el umbral antes de que pudiera escapar.

Era Clara, la hermana mayor de Mateo.

Llevaba una carpeta azul bajo el brazo y el rostro descompuesto.

—No vas a ninguna parte —dijo.

Elena se detuvo.

—Tú tampoco tienes derecho a entrar en mi casa.

Clara soltó una risa amarga.

—Esta casa pertenecía a mi madre antes de que tú aparecieras.

Don Tomás cerró los ojos al escuchar aquellas palabras.

La primera esposa del anciano había muerto quince años atrás después de una enfermedad repentina. Poco tiempo después, Elena entró en la familia como cuidadora y terminó casándose con él.

Clara colocó la carpeta sobre la mesa.

—Hoy revisé los expedientes médicos de mamá.

Mateo la miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque encontré esto en la notaría.

Sacó un informe antiguo.

En él aparecían los resultados de varios análisis realizados durante las últimas semanas de vida de su madre. Los síntomas descritos eran similares a los que ahora padecía don Tomás: debilidad, confusión, vómitos y pérdida gradual de movilidad.

—El médico dijo que había sido una enfermedad degenerativa —murmuró Mateo.

—El médico mintió.

Elena dio otro paso hacia la salida.

Clara abrió una segunda hoja.

—El doctor que firmó el certificado de defunción recibió una transferencia de Elena tres días después del entierro.

Don Tomás miró a su esposa con horror.

—¿Qué hiciste?

—Nada —respondió ella—. Esa mujer ya estaba enferma cuando llegué.

—Llegaste seis meses antes de su muerte —replicó Clara—. Y poco después comenzaste a controlar sus medicamentos.

El anciano apretó los brazos de la silla.

Durante años había creído que Elena fue la única persona que permaneció a su lado durante aquella tragedia.

Ahora comprendía que tal vez ella misma la había provocado.

Mateo llamó a la policía.

Mientras esperaba respuesta, Elena tomó un cuchillo de la mesa y lo colocó contra su propio cuello.

—Nadie se acerca.

Clara retrocedió.

—Baja eso.

—Me dejaréis salir o vuestro padre morirá sin saber la verdad.

Don Tomás levantó la cabeza.

—¿Qué verdad?

Una sonrisa extraña apareció en el rostro de Elena.

—La sopa no era para matarte.

Mateo frunció el ceño.

—Te vimos poner el veneno.

—Era una dosis pequeña. Solo necesitaba que parecieras más enfermo durante unos días.

—¿Para qué?

Elena señaló los documentos del traspaso.

—Para que un médico certificara que no estabas en condiciones de administrar tus propiedades. Después, todo pasaría legalmente a mi nombre.

Clara negó con desprecio.

—Eso sigue siendo un intento de envenenamiento.

—Pero no era el final del plan.

Elena miró directamente a Mateo.

—El verdadero objetivo siempre fuiste tú.

El joven sintió un escalofrío.

—¿Yo?

—Tu padre ya había firmado el traspaso, pero tú descubriste la operación. Necesitaba que desaparecieras antes de impugnarla.

Don Tomás intentó levantarse.

—¡No tocarás a mi hijo!

Elena soltó una carcajada.

—Llegas tarde.

Mateo palideció.

Ella miró el reloj de pared.

—¿Qué comiste esta mañana?

El joven recordó el café que había encontrado preparado en la oficina. Había supuesto que uno de los empleados se lo había dejado.

Un dolor repentino atravesó su estómago.

Se apoyó en la mesa.

Clara corrió hacia él.

—Mateo, ¿qué te pasa?

—El café…

Elena dejó caer el cuchillo y aprovechó la confusión para correr hacia el pasillo.

Clara intentó seguirla, pero su hermano cayó de rodillas.

Don Tomás gritó pidiendo ayuda mientras Mateo comenzaba a respirar con dificultad.

Las sirenas se escucharon a lo lejos.

Elena abrió la puerta principal, pero dos agentes ya subían por el jardín.

Intentó regresar a la casa y escapar por la cocina.

Clara se interpuso.

Ambas forcejearon junto a la escalera.

—¡Tú mataste a mi madre! —gritó Clara.

—Tu madre descubrió algo que nunca debía saber.

—¿Qué cosa?

Elena la empujó contra la pared.

—Que vuestro padre había cambiado el testamento antes de conocerme.

Los policías entraron y redujeron a Elena antes de que pudiera huir.

Un equipo médico atendió a Mateo. El veneno todavía no había causado daños irreversibles, pero necesitaba ser trasladado inmediatamente al hospital.

Mientras lo colocaban en una camilla, don Tomás tomó la mano de su hijo.

—Perdóname por no haber querido ver quién era ella.

Mateo apenas logró responder.

—Encuentra el testamento.

Elena fue esposada.

Sin embargo, cuando uno de los agentes recogió la carpeta azul, ella comenzó a reír.

—Podéis arrestarme, pero nunca recuperaréis las propiedades.

Clara se acercó.

—El traspaso será anulado.

—No me refiero al traspaso.

Elena reveló que la mayoría de los terrenos ya habían sido vendidos meses atrás a una empresa extranjera. El dinero había desaparecido a través de varias cuentas ocultas.

—¿Quién controla esas cuentas? —preguntó el agente.

Elena miró hacia don Tomás.

—Alguien de su propia sangre.

El anciano quedó inmóvil.

En el hospital, mientras Mateo recibía tratamiento, Clara regresó a la casa acompañada por la policía. Buscaron durante horas hasta encontrar una caja metálica oculta debajo del suelo del dormitorio.

Dentro estaba el testamento original de don Tomás.

Pero también había cartas dirigidas a Elena y documentos bancarios firmados por un familiar.

Clara reconoció inmediatamente la firma.

Pertenecía a su hermano mayor, Ricardo, quien supuestamente llevaba diez años viviendo en el extranjero.

Según los registros, Ricardo había ayudado a Elena a vender las propiedades y a manipular los medicamentos de su padre.

En la última carta había una instrucción escrita apenas dos días antes:

“Cuando Mateo muera, haz que parezca una venganza por la herencia. Clara será la siguiente.”

Clara dejó caer el papel.

En ese momento recibió una llamada desde el hospital.

No era el médico.

Era Ricardo.

—Hermana —dijo con calma—, espero que hayas encontrado mis cartas.

Clara no pudo responder.

—Elena nunca dirigió nada —continuó él—. Solo cumplía mis órdenes.

Detrás de su voz se escuchó el sonido de un monitor médico.

Ricardo estaba dentro del hospital.

Y acababa de entrar en la habitación donde Mateo permanecía inconsciente.

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