El patio quedó en absoluto silencio.
Nadie podía creer lo que veía.
La mujer que acababa de detener el látigo era la princesa Li Yue, única hija del líder del clan.
El verdugo retrocedió de inmediato.
—Alteza… debe apartarse.
Li Yue sostuvo la espada frente al pecho del joven.
—Quien quiera volver a tocarlo tendrá que pasar primero sobre mi cadáver.
Los soldados intercambiaron miradas nerviosas.
Ninguno se atrevía a atacar a la heredera del clan.
En ese instante, el patriarca apareció en lo alto de las escalinatas.
Su voz retumbó por todo el patio.
—¡Li Yue!
Ella no se movió.
—Padre.
—Apártate de ese traidor.
La princesa negó lentamente.
—Nunca fue un traidor.
Aquellas palabras provocaron un murmullo entre los ancianos presentes.
El patriarca descendió un escalón tras otro con el rostro endurecido.

—Ese muchacho nació como un sirviente. Jamás podrá permanecer a tu lado.
Li Yue levantó la vista sin el menor temor.
—No nació sirviente.
Sacó un antiguo colgante de jade oculto bajo su capa.
El color abandonó el rostro del patriarca.
Reconocía perfectamente aquella reliquia.
—¿De dónde lo sacaste?
—Él lo llevaba cuando lo encontré hace quince años.
El joven, todavía arrodillado, abrió los ojos con dificultad.
Nunca había visto aquel colgante.
Li Yue continuó hablando.
—Antes de morir, la anciana que lo crió me entregó una carta y me pidió que solo la abriera cuando su vida estuviera en peligro.
Sacó un pergamino cuidadosamente doblado.
Uno de los ancianos rompió el sello de cera y comenzó a leer.
Su voz empezó firme, pero terminó temblando.
—”El niño llamado Jian no es un esclavo. Es el único hijo legítimo del antiguo señor del Clan del Norte. Fue entregado en secreto para salvarlo de la masacre ordenada hace veinte años.”
Todo el patio quedó paralizado.
El joven sintió que el mundo entero se derrumbaba bajo sus pies.
—Eso… es imposible.
El patriarca arrebató el pergamino.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¡Es una falsificación!
Li Yue dio un paso adelante.
—Entonces explique por qué el sello del documento pertenece al antiguo emperador.
El anciano observó el sello imperial.
No podía negarlo.
Era auténtico.
Los miembros del consejo comenzaron a murmurar entre ellos.
Si el documento era verdadero, Jian no era un prisionero.
Era el legítimo heredero de un clan que había sido destruido.
Y también el único hombre con derecho a reclamar las tierras que el patriarca gobernaba desde hacía dos décadas.
El líder comprendió que acababa de perder el control.
Desenvainó lentamente su espada.
—Entonces morirás aquí.
Antes de que pudiera atacar, decenas de flechas atravesaron el cielo nocturno y se clavaron alrededor del patio.
Los guardias levantaron la vista.
Una enorme bandera negra ondeaba sobre los muros de la fortaleza.
Un ejército rodeaba el palacio.
El comandante desmontó de su caballo y caminó hasta la entrada principal.
Se arrodilló frente al joven encadenado.
—Mi señor…
Jian lo miró confundido.
—¿Quién eres?
El hombre levantó la cabeza con los ojos llenos de emoción.
—Llevamos veinte años buscándolo.
Detrás de él, miles de soldados hicieron exactamente el mismo saludo.
Todo el palacio comprendió que el prisionero condenado a recibir cincuenta latigazos acababa de convertirse en el hombre más poderoso de toda la región.
Pero Jian solo tenía una pregunta.
Miró a Li Yue y tomó su mano ensangrentada.
—Si todo esto es cierto…
Hizo una pausa.
—¿Por qué tu padre fue quien ordenó matar a mi familia?