El brillo del cuchillo atravesó la oscuridad.
Diego lanzó la estocada con todas sus fuerzas.
—¡Alejandro, cuidado! —gritó Laura.
Alejandro logró apartarse en el último instante.
La hoja solo alcanzó a rozarle el hombro.
El dolor fue intenso.
Pero la rabia era aún mayor.
Con un fuerte golpe desarmó a Diego.
El cuchillo cayó sobre el pavimento mojado.
Los dos volvieron a enfrentarse bajo la lluvia.
Diego respiraba con dificultad.
—¡Escúchame antes de matarme!
Alejandro lo sujetó por la chaqueta.
—Habla.
Laura corrió hasta ellos, completamente empapada.
—Él no fue quien atacó a nuestro hijo.
Alejandro la miró incrédulo.
—¿Qué estás diciendo?
Ella sacó un teléfono móvil.
—Hace una hora recibí esto.

Era un video grabado por una cámara de seguridad del estacionamiento donde su hijo había desaparecido unos días antes.
Las imágenes mostraban claramente a Diego.
Pero no secuestrando al niño.
Intentaba protegerlo mientras otro hombre lo subía por la fuerza a una camioneta negra.
Alejandro sintió que el mundo daba un vuelco.
—Entonces… ¿quién era?
Diego se limpió la sangre de la boca.
—Tu verdadero enemigo.
Sacó una fotografía doblada del bolsillo interior de su chaqueta.
En ella aparecía un empresario estrechando la mano de un hombre encapuchado.
Alejandro reconoció inmediatamente aquel rostro.
Era Esteban Rivas.
Su propio socio.
El hombre en quien había confiado durante más de diez años.
Laura rompió a llorar.
—Él fue quien me obligó a guardar silencio.
Alejandro permanecía inmóvil.
—¿Por qué?
Diego respondió con voz agotada.
—Porque descubrió que ibas a denunciar el desvío de millones de la empresa.
La lluvia seguía cayendo sin descanso.
Todas las piezas comenzaron a encajar.
Las llamadas anónimas.
Las falsas pruebas.
La supuesta infidelidad de Laura.
Todo había sido preparado para enfrentar a los dos mejores amigos.
En ese instante sonó el teléfono de Alejandro.
Contestó sin apartar la vista de Diego.
—¿Sí?
La voz del inspector de policía sonó con urgencia.
—Acabamos de encontrar la camioneta utilizada en el secuestro.
Alejandro contuvo la respiración.
—¿Y mi hijo?
El inspector hizo una breve pausa.
—Está vivo.
Laura cayó de rodillas, incapaz de contener el llanto.
Pero el inspector continuó hablando.
—Hay algo más.
—¿Qué ocurrió?
—El niño no estaba solo.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Quién estaba con él?
La respuesta dejó el callejón completamente en silencio.
—Había un hombre herido protegiéndolo.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Quién es?
El inspector respondió lentamente.
—Según su documentación… es su padre.
Alejandro quedó paralizado.
—Eso es imposible.
El inspector respiró hondo antes de añadir la última frase.
—Lo sabemos. Porque el certificado de defunción que usted recibió hace quince años… era completamente falso.