Parte 2: THE PRICE OF BETRAYAL

El director financiero sostuvo mi teléfono unos segundos más.

Su expresión dejó de ser de simple curiosidad para convertirse en una mezcla de incredulidad y enojo.

—Andrés —dijo con voz firme—. Ven conmigo. Ahora mismo.

Mi esposo intentó sonreír.

—Director, esto es un asunto personal entre mi esposa y yo.

—Dejó de ser personal cuando utilizaste documentos relacionados con la empresa.

Todo el salón permanecía en silencio.

Los cubiertos habían dejado de sonar.

Hasta el mariachi observaba la escena desde un rincón.

Paola seguía abrazando la canasta de cosméticos como si no supiera qué hacer con ella.

Sus manos temblaban.

—Yo… yo no sabía nada del departamento —murmuró.

La miré directamente a los ojos.

—Entonces explícame por qué mi esposo escribió una tarjeta diciendo que pronto dejaría de volver a casa conmigo.

Ella rompió a llorar.

—Porque me dijo que ustedes llevaban meses separados… que solo seguían viviendo juntos por cuestiones del banco.

Sentí un vacío en el pecho.

No porque me sorprendiera.

Sino porque entendí hasta dónde había llegado la mentira.

Andrés dio un paso hacia mí.

—Mariana, podemos hablar en casa.

—¿En cuál? —pregunté con una sonrisa amarga—. ¿En la nuestra o en el departamento que pensabas comprar con mi historial crediticio?

Algunas personas soltaron una exclamación.

El director financiero extendió la mano.

—Necesito ver esos documentos.

Le mostré todas las fotografías que había tomado esa mañana.

Fue pasando una por una.

Su rostro se endurecía con cada página.

Finalmente levantó la vista.

—¿Sabes qué firmó tu esposa?

Andrés permaneció callado.

—Le pregunté si lo sabes.

Después de unos segundos respondió.

—Era una inversión.

El director negó lentamente.

—No.

Le devolvió el teléfono.

—Era una autorización para que una tercera persona obtuviera un crédito hipotecario utilizando la solvencia financiera de tu esposa como respaldo.

Un murmullo recorrió el salón.

Recursos Humanos se acercó inmediatamente.

—Director…

Él señaló las fotografías.

—Llama al departamento jurídico.

Ahora.

Andrés perdió el color del rostro.

Intentó quitarme el celular.

—Mariana, basta.

Retiré la mano.

—¿Basta de qué?

—Estás exagerando.

—¿Exagerando?

Levanté la pequeña tarjeta que había encontrado dentro de la canasta.

—¿También exageré esto?

La leí en voz alta una vez más.

“Para que empieces el año como mereces. Ya falta poco para que no tenga que volver a casa con ella.”

Nadie dijo una palabra.

El director tomó la tarjeta.

Observó la letra.

Después miró a Andrés.

—¿Es tuya?

Él no respondió.

Ese silencio fue suficiente.

Paola dejó lentamente la canasta sobre la mesa.

La empujó hacia mí.

—Yo no la quiero.

Se quitó el anillo que Andrés le había regalado meses atrás y lo dejó encima del moño dorado.

—Tampoco quiero esto.

Andrés abrió los ojos.

—Paola…

Ella dio un paso atrás.

—Me dijiste que eras un hombre libre.

Me dijiste que tu matrimonio solo existía en papeles.

Me utilizaste igual que a ella.

Por primera vez aquella noche, comprendí que Paola también había sido engañada.

Quizá no era inocente.

Pero tampoco conocía toda la verdad.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era mi hermana.

Contesté en altavoz.

—¿Mariana?

—Sí.

—Acabo de revisar completamente el expediente.

Hay algo mucho más grave.

Todo el salón volvió a guardar silencio.

—¿Qué encontraste?

—El supuesto departamento no cuesta lo que aparece en los documentos.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

—Inflaron artificialmente el valor del inmueble.

La diferencia supera varios millones de pesos.

El director financiero levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Millones?

Mi hermana continuó.

—Y el préstamo fue solicitado mediante un convenio empresarial.

Si ese crédito se aprueba usando documentos alterados, alguien dentro de la empresa podría estar participando.

El director tomó aire lentamente.

Ya no parecía estar frente a un simple problema matrimonial.

Miró fijamente a Andrés.

—¿Quién más está involucrado?

—Nadie.

—No te creo.

Andrés permanecía inmóvil.

Recursos Humanos regresó con una carpeta.

—Director…

Encontramos algo.

Le entregó varios documentos.

El director los revisó durante unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—Esto explica muchas cosas.

Yo fruncí el ceño.

—¿Qué pasa?

Él levantó la vista.

—El trámite del departamento no fue iniciado por Andrés.

Todos giramos hacia él.

—Fue iniciado hace cuatro meses utilizando la cuenta de otro empleado.

El salón entero quedó inmóvil.

Andrés abrió los ojos con auténtico pánico.

—Eso… eso no puede ser.

El director cerró lentamente la carpeta.

—Y ese empleado renunció hace dos semanas… después de denunciar irregularidades que nadie investigó.

Un guardia de seguridad entró apresuradamente al salón.

—Director…

Acaba de llegar un hombre preguntando por usted.

Dice que trabajaba en el departamento jurídico.

Y asegura que tiene pruebas de quién organizó realmente todo este fraude.

El director respiró hondo.

—Háganlo pasar.

Todos voltearon hacia la entrada.

Un hombre de traje oscuro apareció sujetando un sobre color café.

Cuando cruzó la puerta, miró directamente a Andrés.

Luego me miró a mí.

Y pronunció una frase que hizo que el salón entero contuviera la respiración.

Si abro este sobre, descubrirán que Andrés no es el cerebro de este plan… sino la persona que estaba a punto de ser traicionada por alguien mucho más cercano de lo que imagina.

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