PARTE 2
Victoria permaneció de rodillas, incapaz de apartar la mirada del frasco vacío.
El anciano multimillonario señaló a Diego con su bastón.
—¿Qué confesión quieres que firme?
Diego sacó una carpeta gruesa del interior de su abrigo.
—La verdad sobre lo que ocurrió hace diez años en la habitación oculta de la mansión.
El rostro del anciano se endureció.
—Esa habitación no existe.
Victoria soltó una risa amarga entre lágrimas.
—Claro que existe. Yo estuve allí.
El silencio cayó sobre el cuarto.
El esposo de Victoria se volvió hacia ella con incredulidad.
—Me aseguraste que jamás habías entrado en esa parte de la casa.
—Te mentí —confesó ella—. Todos te hemos mentido.
Diego dejó varias fotografías sobre la cama.
En ellas aparecía una joven encerrada tras una puerta metálica. Tenía las manos atadas y el rostro cubierto de miedo.
El hombre del bastón palideció.
—¿Dónde conseguiste eso?
—La mujer de las fotografías era mi madre —respondió Diego.
Victoria cerró los ojos.
Por fin comprendía por qué aquel joven había entrado en sus vidas, fingiendo ser un simple empleado y acercándose lentamente a cada miembro de la familia.
No buscaba dinero.
Buscaba venganza.
—Tu madre intentó robarnos —dijo el anciano.
—Mi madre descubrió que falsificabais testamentos y provocabais enfermedades para controlar las herencias.
Diego abrió la carpeta.
Dentro había informes médicos, documentos notariales y fotografías de antiguos miembros de la familia que habían muerto en circunstancias sospechosas.
Victoria miró el frasco vacío.
—Ese veneno pertenecía a la mansión.
El anciano golpeó el suelo con el bastón.
—¡Cállate!
Ella se puso de pie lentamente.
—Me obligaste a administrárselo a tu primera esposa.
El marido de Victoria retrocedió horrorizado.
—¿Mi madre fue envenenada?
Victoria comenzó a llorar.
—Yo era enfermera. Tu padre amenazó con destruir a mi familia si no obedecía.
—Y después te casaste conmigo —respondió él con la voz rota.
—Porque necesitaba permanecer cerca de él para encontrar pruebas.
El hombre la miró con absoluto desprecio.
—Durante quince años compartiste mi cama mientras ocultabas que participaste en la muerte de mi madre.
Victoria no pudo defenderse.
La puerta del cuarto se abrió.
Las sombras del pasillo entraron finalmente.
No eran hombres armados.
Eran agentes acompañados por una fiscal.
Diego había transmitido toda la conversación desde un micrófono escondido bajo su camisa.
El anciano levantó el bastón para atacar, pero uno de los guardias se lo arrebató.
—Queda detenido por homicidio, falsificación y secuestro —anunció la fiscal.
El multimillonario soltó una carcajada.
—No tienen el cuerpo de esa mujer. Sin él, no pueden demostrar nada.
Diego lo miró fijamente.
—Por eso abrimos la habitación oculta esta mañana.
Sacó su teléfono y mostró una grabación.
Las autoridades habían derribado una pared falsa en el sótano de la mansión.
Detrás encontraron pertenencias, archivos médicos y restos que podían pertenecer a varias víctimas.
El hombre del bastón perdió toda su arrogancia.
Victoria se aferró al borde de la cama.
—¿Había una mujer con un medallón azul?
Diego asintió lentamente.
—Mi madre.
El joven había esperado años para encontrarla.
Sin embargo, su expresión no reflejaba alivio.
Solo un dolor que parecía imposible de sanar.
El esposo de Victoria se acercó a ella.
—¿El veneno de este cuarto estaba destinado a mi padre?
Ella bajó la mirada.
—Sí.
Todos quedaron inmóviles.
—Pensaba terminar lo que comenzó hace diez años —continuó Victoria—. Pero no pude hacerlo.
El anciano sonrió con desprecio.
—No por compasión. No lo hiciste porque sabías que el testamento quedaría anulado si sospechaban de ti.
Victoria abrió el cajón y sacó otro documento.
—No existe ninguna herencia.
El multimillonario dejó de sonreír.
Ella había transferido meses atrás la mayor parte de la fortuna a un fondo secreto destinado a compensar a las familias de las víctimas.
—¿Me robaste? —rugió él.
—Devolví lo que tú robaste primero.
La fiscal tomó el documento.
—Estas transferencias también serán investigadas.
Victoria extendió las manos.
—Estoy dispuesta a pagar por todo lo que hice.
Los agentes se llevaron al anciano.
Su hijo no intentó detenerlos.
Tampoco miró a Victoria cuando ella fue detenida por su participación en los crímenes del pasado.
Antes de salir, Victoria se detuvo frente a Diego.
—Tu madre me entregó algo la noche que la encerraron.
Sacó una pequeña llave oculta dentro de su collar.

—Dijo que abría la última habitación.
Diego frunció el ceño.
—Solo había una habitación secreta.
Victoria negó lentamente.
—La que encontraste era una prisión.
Dejó la llave en su mano.
—La otra era el lugar donde tu madre guardó la prueba definitiva.
Horas después, Diego regresó a la mansión acompañado por la fiscal.
La llave abrió una puerta diminuta detrás de la antigua biblioteca.
Dentro encontraron una grabadora, decenas de cartas y una fotografía que hizo temblar a Diego.
Su madre aparecía junto al padre de Victoria.
Ambos sostenían un contrato con las firmas de varias familias poderosas.
En la parte posterior había una advertencia:
“La muerte del multimillonario no terminará la venganza, porque él nunca fue quien daba las órdenes.”
Diego levantó la mirada.
Alguien más había creado aquella red de crímenes.
Y seguía libre.