Ella cerró los ojos esperando sentir cómo la sombra terminaba con todo.
Sin embargo, el abrazo se desvaneció de repente.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando el tejado viejo.
Ella cayó de rodillas junto a la mancha oscura.
Respiraba con tanta dificultad que apenas podía mantenerse consciente.
—Esto no es real.
Repitió aquellas palabras varias veces, intentando convencerse.
Entonces una voz surgió detrás de la puerta.
—Tienes razón.
—Él no está aquí.
Ella levantó la cabeza lentamente.
La puerta se abrió con un crujido prolongado.
Un hombre desconocido entró sosteniendo una linterna.
Llevaba el abrigo empapado y una cicatriz atravesaba su rostro.
Ella retrocedió asustada.
—¿Quién eres?
El desconocido iluminó el suelo.
Después observó la mancha que ella había intentado borrar.
—Soy la persona que sacó a tu esposo del automóvil antes de que cayera por el precipicio.
Ella quedó completamente inmóvil.
—Eso es imposible.
—Yo lo vi dentro del coche.
El hombre negó con frialdad.
—Viste un cuerpo.
—Pero nunca comprobaste que fuera él.
La mujer sintió que las piernas volvían a temblarle.

El desconocido sacó un teléfono antiguo del bolsillo.
En la pantalla apareció una grabación hecha pocas horas antes.
Su esposo estaba vivo.
Permanecía sentado en una habitación desconocida, con el rostro cansado.
Miraba directamente hacia la cámara.
—Si estás viendo esto, significa que ella regresó a la casa.
La mujer dejó escapar un grito ahogado.
El video continuó.
—No confíes en la sombra.
—No soy yo quien la está persiguiendo.
La grabación terminó de golpe.
Ella miró hacia el rincón donde había aparecido aquella figura.
—Entonces, ¿qué era eso?
El desconocido señaló la mancha del suelo.
—Algo que estaba enterrado debajo de esta casa mucho antes de que ustedes llegaran.
Ella observó la madera.
Debajo de la mancha había unas letras talladas.
No las había visto antes porque estaban cubiertas de suciedad.
Formaban un nombre.
El suyo.
El hombre de la cicatriz respiró profundamente.
—Tu esposo descubrió que esta casa perteneció a tu familia.
—También descubrió que el accidente de esta mañana no fue casual.
Ella sintió que el corazón se le paralizaba.
—¿Dónde está él?
Antes de que el desconocido pudiera responder, todas las ventanas se cerraron de golpe.
La luz de la linterna se apagó.
Unos brazos helados volvieron a rodearla desde atrás.
Pero esta vez la voz que susurró junto a su oído no era la de su esposo.
Era la voz de su propia madre, fallecida muchos años atrás.
—No permitas que abra el sótano.
En ese instante, el suelo comenzó a temblar.
Una trampilla oculta apareció bajo la vieja alfombra.
Y desde el interior alguien golpeó tres veces.
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