Parte 2: EL HOMBRE QUE CREÍA QUE TODAVÍA PODÍA RECUPERARME

El brillo desapareció del rostro de Adrian apenas leyó el nombre que aparecía en la pantalla de mi teléfono.

Marcus Hamilton.

Su hermano mayor.

El hombre al que siempre había admirado y, al mismo tiempo, envidiado en silencio.

—¿Por qué te escribe Marcus? —preguntó con una sonrisa forzada.

Guardé el teléfono en el bolso con absoluta calma.

—Porque me está esperando.

Adrian frunció el ceño.

—¿Desde cuándo ustedes hablan?

Antes de que pudiera responder, un elegante sedán negro se detuvo frente al hotel. El conductor descendió de inmediato y abrió la puerta trasera.

—Buenas noches, señora Hamilton.

Durante un segundo, el tiempo pareció detenerse.

Adrian giró lentamente la cabeza hacia el conductor.

Luego volvió a mirarme.

—¿Qué acaba de decir?

El chófer mantuvo la compostura.

—El señor Marcus Hamilton pidió que llevara a la señora a casa.

Vi cómo el color abandonaba el rostro de Adrian.

Soltó una risa nerviosa.

—Muy gracioso.

Nadie respondió.

Su sonrisa comenzó a deshacerse.

—¿Qué clase de broma es esta?

Entré al automóvil sin contestarle.

Antes de que la puerta se cerrara, Adrian dio un paso adelante.

—¡Elena!

Lo miré por última vez a través del cristal.

—Buenas noches, señor Hamilton.

El coche arrancó.

Por el espejo retrovisor vi cómo permanecía inmóvil bajo las luces del hotel, incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir.


Durante todo el trayecto no dejé de pensar en aquella noche de hacía cuatro años.

En el apartamento donde habíamos pasado nuestra primera noche juntos.

En cómo me había abrazado con tanta ternura que jamás imaginé que ya tenía preparado el equipaje.

Mientras yo soñaba con elegir las flores del compromiso, él comparaba horarios de vuelos hacia Boston.

Aquella mañana desperté sola.

La almohada todavía conservaba su perfume.

Y sobre la mesa encontré aquel mensaje que reducía nuestro futuro a unas pocas líneas.

Durante meses creí que el problema había sido yo.

Que no había sido suficiente.

Que Clara era más inteligente.

Más brillante.

Más digna de acompañarlo.

Tardé mucho tiempo en comprender la verdad.

No me había abandonado porque yo valiera menos.

Me había abandonado porque él siempre elegía lo que deseaba sin pensar en las consecuencias para los demás.


Cuando llegué a la mansión Hamilton, Marcus me esperaba en la biblioteca.

Llevaba aún el traje oscuro de la reunión a la que había asistido aquella tarde.

Al verme entrar, dejó el expediente que estaba revisando.

—¿Te molestó?

Negué con la cabeza.

—Solo intentó llevarme a casa.

Marcus suspiró lentamente.

—Era cuestión de tiempo.

Me sirvió una taza de té.

Ese gesto sencillo seguía sorprendiéndome incluso después de dos años de matrimonio.

Con Marcus nunca había promesas grandiosas.

Ni discursos perfectos.

Solo hechos.

Cuando mi padre enfermó, fue Marcus quien consiguió al mejor especialista sin decirle a nadie.

Cuando mi madre perdió la casa familiar por un problema legal, fue Marcus quien solucionó todo discretamente.

Y cuando yo decidí reconstruir mi vida lejos del escándalo que Adrian había provocado, jamás me preguntó por mi pasado.

Simplemente caminó a mi lado.

—Mi madre intentará hablar contigo mañana —dijo.

—Lo imagino.

—Está preocupada.

Lo miré.

—¿Por Adrian?

Marcus tardó unos segundos en responder.

—Por toda la familia.

Guardó silencio antes de añadir:

—Hay cosas que él todavía desconoce.

Aquella frase despertó inmediatamente mi curiosidad.

—¿Como cuáles?

Marcus sonrió apenas.

—No puedo decírtelo todavía.

Sabía perfectamente cuándo evitaba una respuesta.

No insistí.


A la mañana siguiente, Miami entera parecía comentar el regreso del hijo menor de los Hamilton.

Las revistas publicaban fotografías de la fiesta.

Los periodistas hablaban del brillante futuro de Adrian después de Harvard.

Nadie mencionaba que cuatro años atrás había abandonado a su prometida dos semanas antes del compromiso.

Esa parte de la historia había sido cuidadosamente enterrada.

Alrededor del mediodía recibí una llamada inesperada.

Era la señora Hamilton.

—Elena, ¿podrías venir a almorzar conmigo?

Acepté.

Cuando llegué, encontré a Adrian sentado en el jardín.

Se levantó inmediatamente.

—Necesitamos hablar.

Seguí caminando como si no hubiera escuchado nada.

Él se colocó delante de mí.

—¿Estás casada con Marcus?

Su voz había perdido toda la arrogancia de la noche anterior.

Lo observé serenamente.

—Sí.

Pareció quedarse sin aire.

—¿Desde cuándo?

—Hace dos años.

Retrocedió un paso.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Se pasó ambas manos por el cabello.

—Marcus jamás haría algo así.

—¿Así cómo?

—Casarse contigo.

La respuesta me hizo sonreír.

—¿Por qué no?

No contestó.

Porque ambos conocíamos la verdadera razón.

Durante años creyó que yo seguiría perteneciendo a su pasado.

Que mi vida permanecería detenida exactamente donde él la había dejado.

Nunca imaginó que el tiempo también avanzaría para mí.

Entré en la casa dejando a Adrian completamente inmóvil.

La señora Hamilton me recibió con un abrazo.

Su expresión estaba llena de culpa.

—Perdóname, Elena.

Negué con suavidad.

—Usted nunca me hizo daño.

Ella bajó la mirada.

—Debí detenerlo hace cuatro años.

Nos sentamos frente a frente.

Después de unos minutos de silencio, tomó mi mano.

—Hay algo que Adrian aún no sabe.

Sentí un extraño presentimiento.

—¿Qué ocurre?

La señora Hamilton respiró profundamente.

—Cuando desapareció rumbo a Boston, su abuelo cambió varias decisiones relacionadas con la empresa familiar.

Fruncí el ceño.

—¿Qué clase de decisiones?

Antes de responder, el mayordomo apareció apresuradamente.

—Señora…

Parecía nervioso.

—El señor Adrian acaba de entrar al despacho del señor Marcus.

La señora Hamilton palideció.

—¿Marcus está allí?

—Sí.

El mayordomo tragó saliva.

Y el señor Adrian acaba de encontrar un documento que jamás debía ver todavía.

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