Parte 2: LA CÁMARA QUE REVELÓ AL VERDADERO LADRÓN

Lucía sintió que las piernas dejaban de responderle.

El reloj seguía dentro de su bolso.

Ella jamás lo había visto.

Mucho menos lo había tomado.

Mauricio alzó la voz para que toda la casa lo escuchara.

—¡Alejandro! ¡Ven inmediatamente!

Alejandro apareció apoyado en su bastón y con los lentes oscuros puestos.

—¿Qué ocurre?

Mauricio levantó el reloj con gesto triunfal.

—Te dije que era cuestión de tiempo.

Lo encontramos en su bolso.

Lucía apenas podía respirar.

—Yo no lo puse ahí.

—Claro que no —se burló Mauricio—. Los ladrones nunca reconocen nada.

Alejandro permaneció en silencio.

—¿Estás segura de que no sabes cómo llegó ahí?

Lucía levantó la mirada.

Había miedo en sus ojos.

Pero no vergüenza.

—Si creyera que robé, entendería que me despidiera.

Pero no voy a confesar algo que no hice.

Mauricio sonrió.

—Todavía tiene el descaro de mentir.

Alejandro permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después habló con absoluta calma.

—Mauricio…

¿En qué momento revisaste su bolso?

Él respondió sin vacilar.

—Mientras ella limpiaba el comedor.

—¿Con su permiso?

—No hacía falta.

Era mi obligación protegerte.

Alejandro asintió lentamente.

—Entiendo.

Entonces levantó ligeramente la cabeza.

—Sistema.

Reproducir cámara del pasillo de servicio.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué?

Una enorme pantalla descendió lentamente desde el techo del estudio.

Lucía abrió los ojos.

Ella ni siquiera sabía que existía.

La grabación comenzó.

Se veía el pasillo.

Lucía limpiando las ventanas.

Su bolso apoyado junto a la puerta.

Un minuto después apareció Mauricio.

Miró hacia ambos lados.

Se acercó al bolso.

Lo abrió.

Sacó el reloj del bolsillo de su saco.

Y lo dejó cuidadosamente dentro.

Después cerró la mochila y salió como si nada hubiera ocurrido.

La habitación quedó completamente en silencio.

Mauricio perdió el color.

—Eso…

Eso no demuestra nada.

Alejandro permanecía inmóvil.

—Continúa la grabación.

El video avanzó.

Ahora mostraba otra escena.

Tres meses antes.

La antigua empleada doblando ropa.

Mauricio entrando al dormitorio.

Abriendo un cajón.

Guardando varios fajos de dinero dentro de la mochila de la mujer.

Dos horas después.

La policía registrando la mochila.

Encontrando exactamente ese dinero.

Lucía llevó una mano a la boca.

—¿Las otras empleadas…?

Alejandro respondió sin apartar la vista de la pantalla.

—Nunca robaban.

Yo también tardé demasiado en entenderlo.

Mauricio dio un paso hacia la puerta.

—Alejandro…

Puedo explicarlo.

—Todavía falta.

La tercera grabación comenzó.

Era la más antigua.

Aparecía Mauricio utilizando la computadora del despacho.

Realizando una transferencia bancaria.

Un millón ochocientos mil pesos.

Exactamente la cantidad que años atrás alguien intentó sacar de las cuentas de Alejandro.

El destinatario era una empresa desconocida.

Pero el beneficiario final aparecía claramente en la pantalla.

Mauricio Ledesma.

Nadie habló.

Durante años Alejandro había buscado a un ladrón entre las personas que limpiaban su casa.

Mientras el verdadero responsable administraba todas sus cuentas.

Mauricio comenzó a sudar.

—Yo…

Solo pensaba devolverlo.

Alejandro soltó una risa amarga.

—Cinco años.

Cinco años haciéndome desconfiar de mujeres honestas.

Cinco años despidiendo personas inocentes.

Cinco años haciéndome creer que el enemigo estaba dentro del personal doméstico.

Respiró profundamente.

—Y siempre fuiste tú.

En ese momento sonó la voz de Emilia desde el pasillo.

—Mamá…

La niña apareció abrazando su muñeca de trapo.

Miró a Mauricio.

Luego a Alejandro.

Y preguntó con la inocencia de sus cinco años.

—¿El monstruo era él?

Nadie pudo responder.

Alejandro caminó lentamente hasta ella.

Se quitó por primera vez los lentes oscuros delante de todos.

Lucía quedó completamente inmóvil.

—Usted…

Él sonrió.

—Nunca fui ciego.

Toda la casa quedó en silencio.

Lucía comprendió inmediatamente.

Las preguntas.

Las pruebas.

El dinero dejado sobre las mesas.

Las joyas.

Todo había sido un experimento.

Bajó la cabeza.

—Entonces también me estaba poniendo a prueba.

—Sí.

—¿Y aprobé?

Alejandro miró a Emilia.

Después volvió a verla a ella.

—Hace mucho tiempo.

No por no tocar el dinero.

Ni por devolver las joyas.

La aprobaste el día que creíste que un hombre ciego jamás descubriría las pequeñas marcas que hiciste en los frascos de sus medicamentos para ayudarlo a vivir con más facilidad.

Porque hiciste el bien cuando estabas convencida de que nadie te observaba.

En ese instante sonó el timbre principal.

Alejandro ni siquiera necesitó mirar las cámaras.

Ya sabía quién era.

La policía.

Y mientras los agentes esposaban lentamente a Mauricio, Alejandro observó el viejo reloj de su abuelo regresar finalmente a sus manos.

Solo entonces comprendió que la mejor decisión que había tomado no fue fingir ser ciego.

Fue detenerse, por primera vez, a mirar con atención a las personas que realmente tenían buen corazón.

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