Sostuve el sobre durante varios segundos antes de abrirlo.
Las manos me temblaban.
Reconocía perfectamente la caligrafía de mi padre.
“Para Valeria. Solo ábrelo si alguien intenta quedarse con esta casa.”
Sentí un nudo en la garganta.
Respiré hondo y deslicé lentamente la carta fuera del sobre.
“Hija…”
“Si estás leyendo estas líneas, significa que algunas personas confundieron mi enfermedad con debilidad.”
Las lágrimas comenzaron a empañar mis ojos.
“No discutas con ellas.”
“Déjalas hablar.”
“Mientras más hablen, más fácil será demostrar quiénes son realmente.”
Escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
La licenciada Penélope llegó pocos segundos después.
Entró al jardín y me encontró leyendo la carta.
—¿Lo encontraste?
Asentí en silencio.
Ella leyó las primeras líneas y sonrió con discreción.
—Sabía que don Ernesto no dejaría nada al azar.
Dentro del sobre apareció una pequeña llave dorada.
También había una memoria USB.
Y una nota escrita al reverso.
“La caja fuerte del estudio.”
Subimos inmediatamente al despacho de mi padre.
Penélope introdujo la llave en una pequeña cerradura oculta detrás de una biblioteca.
El mecanismo se abrió lentamente.
Dentro descansaban varias carpetas perfectamente organizadas.
Una de ellas llevaba un título escrito en letras negras.
“Sebastián, Renata y Julián.”
Mi corazón se aceleró.
Penélope abrió el expediente.
Había fotografías.
Estados de cuenta.
Copias de transferencias.
Y grabaciones de reuniones realizadas durante los últimos ocho meses.
—¿Mi padre investigó todo esto?
—No exactamente.
Penélope levantó la memoria USB.
—Lo documentó mientras aún estaba vivo.
Conectamos la memoria al ordenador del despacho.
Apareció un video grabado por mi padre apenas unas semanas antes de morir.
Su voz sonaba débil.
Pero completamente lúcida.
“Si este video está siendo visto…”
“Es porque intentaron convencer a alguien de que yo había perdido la capacidad para decidir sobre mi patrimonio.”
Penélope detuvo la reproducción.
Sacó otra carpeta.
—Aquí están los informes médicos.
Todos firmados por tres especialistas independientes.
Cada uno confirmaba que don Ernesto conservó plenamente sus facultades mentales hasta el último día de su vida.
Comprendí de inmediato por qué Renata había mencionado el “estado mental” de mi padre.
Ya conocían esa parte del plan.
Solo que ignoraban que él también había previsto ese ataque.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era Julián.
Contesté.
—Valeria…
No vayas mañana a la lectura del testamento.
Será mejor para todos.
Miré a Penélope.
Ella activó discretamente la grabadora de su teléfono.
—¿Por qué sería mejor?
Mi hermano guardó silencio unos segundos.
Después respondió con una tranquilidad que me heló la sangre.

—Porque ya no puedes cambiar nada.
Todo quedó firmado hace meses.
Sonreí sin que él pudiera verme.
—¿Estás completamente seguro de eso?
—Absolutamente.
Colgué lentamente.
Penélope levantó la vista.
—Acaba de admitir que conoce documentos que todavía permanecen sellados ante el notario.
Antes de que pudiera responder, alguien llamó con fuerza a la puerta principal.
Era el notario encargado del testamento.
Entró con el rostro completamente serio.
Traía en las manos una carpeta azul lacrada.
—Señora Valeria…
Tenemos un problema.
Hace apenas una hora alguien intentó presentar un segundo testamento firmado supuestamente por su padre.
Pero el documento contiene un detalle imposible.
La firma fue fechada…
Dos días después del fallecimiento de don Ernesto.
Lee la Parte 3.