El cliente retrocedió lentamente.
La mujer seguía acercándose con el cuchillo en la mano.
Su sonrisa era inquietantemente tranquila.
—Nadie sale de aquí sin cenar primero —dijo con voz serena.
El camarero dio un paso al frente.
—Jefa, por favor…
Ella lo fulminó con la mirada.
Bastó ese gesto para hacerlo callar.
El jefe del restaurante continuaba inmóvil detrás del mostrador.
Sus manos temblaban mientras evitaba levantar la cabeza.
El cliente comprendió que aquel hombre no era el verdadero dueño de nada.
La mujer apoyó lentamente el cuchillo sobre la mesa.
—¿Sabes por qué este restaurante nunca recibe inspecciones?
Él negó con la cabeza.
Ella soltó una pequeña risa.
—Porque nadie se atreve a denunciarme.

En ese instante volvió a escucharse un golpe procedente del sótano.
Esta vez fue más fuerte.
El cliente miró instintivamente hacia la puerta metálica.
—¿Qué hay ahí abajo?
La mujer no respondió.
El camarero aprovechó un instante de distracción.
Se acercó al cliente y le susurró casi sin mover los labios.
—No es un almacén.
—Esconde a alguien.
La jefa giró bruscamente.
—¡Basta!
El silencio volvió a apoderarse del comedor.
Entonces sonó el timbre de la entrada.
Todos quedaron inmóviles.
La mujer frunció el ceño.
Nadie esperaba visitas a esa hora.
Abrió la puerta con aparente tranquilidad.
Un anciano vestido con ropa sencilla esperaba en el umbral.
—Vengo a buscar a mi hijo.
Ella respondió sin cambiar el gesto.
—Aquí no trabaja nadie con ese nombre.
El anciano sacó una fotografía.
Era la imagen del joven camarero.
—Hace tres meses desapareció después de aceptar un empleo en este restaurante.
El cliente sintió un escalofrío.
Miró al camarero.
El muchacho estaba allí, a pocos metros.
Pero el anciano parecía incapaz de verlo.
La jefa cerró lentamente la puerta.
—Se ha equivocado de lugar.
Cuando el anciano se marchó, el camarero comenzó a llorar en silencio.
El cliente no entendía nada.
—¿Por qué no saliste con él?
El joven levantó lentamente la vista.
Su respuesta hizo que el restaurante entero pareciera congelarse.
—Porque ese hombre no busca a un empleado.
—Busca a su hijo.
—Y la jefa lleva tres meses diciéndole a todo el pueblo que yo abandoné a mi familia por voluntad propia.
Antes de que pudiera explicar algo más, la mujer abrió la puerta del sótano.
Una voz masculina resonó desde la oscuridad.
—Ya basta de mentiras.
—Ha llegado el momento de que todos sepan quién dirige realmente este restaurante.
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